El diseño buscaba aislar el movimiento de cualquier otro factor ambiental. En la primera prueba, los voluntarios respondían al test sentados y después caminando sobre una cinta frente a una pared blanca, sin estímulos visuales añadidos. Según los resultados del estudio, el 81% de los participantes mejoró su puntuación al caminar respecto a cuando permanecía sentado. En los sucesivos ensayos la proporción de caminantes con respuestas más creativas alcanzó el 88%, el 95% e incluso el 100%.
En un segundo experimento se invirtió el orden: primero caminaban y después se sentaban. Ese grupo mantuvo un rendimiento superior al de quienes habían permanecido sentados durante toda la prueba, un fenómeno que los autores describen como un efecto residual que persiste una vez terminado el paseo.
El último de los cuatro ensayos comparó cuatro condiciones: sentarse en interior, caminar sobre una cinta, pasear al aire libre y recorrer el exterior en silla de ruedas empujada por otra persona. Esta última situación permitía separar el estímulo visual del paisaje del esfuerzo físico de caminar. El resultado, según el estudio, confirmó que el efecto creativo se debe al acto de caminar y no a lo que los participantes observan, aunque pasear al aire libre produjo las analogías más originales.
El trabajo también fijó un límite. El efecto no se replicó igual en el pensamiento convergente, el que busca una única respuesta correcta: en una prueba de asociación de palabras, solo el 23% de los participantes mejoró al ponerse en marcha. Es decir, caminar favorece la generación de ideas, pero no tanto la tarea posterior de seleccionar la más acertada.
Oppezzo y Schwartz enmarcan el hallazgo en una tradición filosófica. El propio estudio recoge una referencia de Friedrich Nietzsche, que en Crepúsculo de los ídolos (1889) respondió a Gustave Flaubert, defensor de que solo se podía pensar y escribir sentado. Para el filósofo alemán, pasar horas en una silla era «el pecado contra el espíritu santo».
«Solo tienen valor los pensamientos caminados», escribió Friedrich Nietzsche en Crepúsculo de los ídolos (1889).
Según la tradición, Aristóteles enseñaba mientras paseaba por el Liceo de Atenas, de donde procede el nombre de escuela peripatética. Charles Darwin recorría a diario un sendero de grava en su casa de Kent, al que llamaba su «camino para pensar», e Immanuel Kant salía a caminar a la misma hora cada tarde en Königsberg. Steve Jobs, ya en el siglo XX, convirtió los paseos en su formato preferido para las reuniones de trabajo más importantes.
«Mucha gente asegura que piensa mejor cuando camina», explicó Marily Oppezzo al presentar los resultados del estudio.
La aplicación práctica, según Schwartz, no exige un esfuerzo físico intenso. «Pedir a alguien que salga a correr 30 minutos para mejorar su creatividad en el trabajo sería una receta impopular para mucha gente», afirmó el coautor, que subrayó que el beneficio se obtiene con un simple paseo.