El libro da continuidad al universo narrativo que Belmonte y Landaluce iniciaron con La mala víctima y Donde caiga la flecha, y recupera a su personaje fetiche, la periodista Socorro Núñez, que vuelve a moverse entre redacciones y salones de la clase alta con el desparpajo de quien conoce ambos terrenos desde dentro. Sobre la arquitectura moral del relato, Landaluce resumió que todo es inventado, pero nada es mentira.
La trama detectivesca convive con una sátira sobre el oficio periodístico que contrapone dos generaciones de la profesión: la que se nutría de confidencias en barras de bar y fuentes anónimas, y la actual, sometida a los gabinetes de comunicación y a la lógica de las redes sociales. Esa tensión funciona como columna vertebral de la crítica social que recorre toda la novela, que alterna varias perspectivas narrativas para construir un retrato polifónico y esquivar el punto de vista único del detective clásico.
El mito de Asunción Sánchez de Tudela
Sobre esa trama contemporánea se proyecta un episodio del exilio comunista español: el de Asunción Sánchez de Tudela, primera esposa de Santiago Carrillo. Según una narrativa oficiosa que circula como leyenda urbana desde hace décadas, Sánchez de Tudela no habría muerto en el exilio caribeño o soviético, sino que habría sido estrangulada y enterrada bajo los rosales del jardín de la casa parisina de Dolores Ibárruri, La Pasionaria.
Belmonte y Landaluce no recurren a ese episodio con voluntad documental, sino como herramienta narrativa para sostener una tesis: la violencia silenciada contra las mujeres no es un fenómeno reciente ligado a las drogas de sumisión química en discotecas de lujo, sino una constante que atraviesa el siglo XX español con independencia de la ideología que la encubriera. Esa conexión entre los pactos de silencio del presente y los del pasado, afirma la novela, opera con idéntica frialdad y pragmatismo sin importar el bando.
El procedimiento aporta al relato una densidad que no tenía la misma intensidad en las dos entregas anteriores de la saga, en una ruptura deliberada con las convenciones del thriller nórdico de lluvia y detectives atormentados. La novela negra ambientada en el mundo del periodismo tiene precedentes reconocibles en las letras españolas: Manuel Vázquez Montalbán situó a su detective Pepe Carvalho entre la crónica social y la trama criminal desde 'Tatuaje', en 1974, y fijó un molde castizo frente al modelo escandinavo que Belmonte y Landaluce retoman medio siglo después.
Humor negro frente al sermón moralizante
Las autoras evitan el tono solemne habitual en la novela negra que aborda agresiones sexuales: no hay discursos moralizantes ni la figura de la víctima presentada desde la compasión fácil. El humor negro y una prosa directa, trufada de diálogos y retratos reconocibles, sostienen la crítica a la decadencia mediática y al abuso de poder sin renunciar a la gravedad del asunto que narran.
El tándem formado por Belmonte y Landaluce, dos periodistas con trayectoria en medios españoles, insiste con esta tercera novela en una fórmula que combina la investigación policial con la radiografía de las clases dominantes, un terreno que en la ficción española reciente ha encontrado también eco en otras relecturas de la memoria, como la que suscitó una frase de 'Muerte de un viajante' citada en la crisis de la vivienda. Espasa publica 'Corazón de sílex' como tercera entrega de la serie.