Para Barnes, la reputación de un escritor mientras vive depende de modas pasajeras, críticas del momento y campañas de promoción editorial. La categoría de gran novelista, sostiene, solo se alcanza cuando la obra sobrevive sin la presencia física de quien la escribió, y generaciones posteriores siguen abriendo sus páginas sin el ruido mediático que acompañó su publicación original.
La frase cobra un peso particular en su contexto personal. Barnes cumplió 80 años el pasado enero y ha explicado públicamente que padece un cáncer de sangre poco común, diagnosticado hace unos años. Ante la vejez, el amor y la muerte —los tres ejes que atraviesan buena parte de su narrativa desde 'Niveles de vida', el libro de 2013 sobre el duelo por su esposa, la agente literaria Pat Kavanagh, fallecida en 2008—, el prestigio literario le resulta, dice, secundario.
Tres veces finalista antes de ganar el Booker
Su relación con los galardones ha tenido siempre un componente irónico. Barnes fue finalista del Premio Booker en tres ocasiones —con 'El loro de Flaubert', 'Inglaterra, Inglaterra' y 'Arthur y George'— antes de alzarse con él en 2011 gracias a 'El sentido de un final'. Años atrás había llegado a describir ese mismo galardón como un «bingo de lujo», en una muestra temprana del escepticismo que mantendría hacia los reconocimientos institucionales.
El jurado del Princesa de Asturias, presidido por Santiago Muñoz Machado, le concedió el premio en Oviedo el pasado 10 de junio. En su acta destacó su condición de «extraordinario narrador y ensayista», dotado de humor e ironía, y recogió una definición acuñada por el propio autor para describir su mirada sobre la existencia.
«Optimismo melancólico y un pesimismo alegre», reza la definición de Julian Barnes recogida en el acta del jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026.
El acta subraya además su visión «lúcida, cálida y compasiva» del género humano, su manera de emplear la memoria para construir la identidad sin renunciar a la imaginación, y el amor como principio esencial de su obra. Según el jurado, Barnes reelabora con mirada europeísta la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía.
La paradoja resulta evidente: el autor que relativiza el reconocimiento recibe uno de los galardones más importantes de las letras, entregado cada otoño en el Teatro Campoamor de Oviedo y dotado con 50.000 euros además de una escultura de Joan Miró. Barnes no lo rechaza; recuerda que el veredicto definitivo sobre su obra no lo dicta ningún jurado, sino el paso del tiempo, una idea sobre la permanencia de la literatura que conecta con lecturas como la de Dostoievski en 'Diario de un escritor'.
Nacido el 19 de enero de 1946 en Leicester, Barnes estudió Lenguas Modernas en la Universidad de Oxford y trabajó como lexicógrafo para el diccionario Oxford antes de ejercer la crítica literaria y televisiva en la prensa británica. Su primera novela, 'Metroland', se publicó en 1980 y ganó al año siguiente el premio Somerset Maugham. Perteneciente a la generación que irrumpió en los años ochenta junto a Martin Amis, Ian McEwan y Salman Rushdie, también firmó varias novelas policiacas bajo el seudónimo de Dan Kavanagh, apellido tomado de su esposa.
'Despedidas', publicada a principios de este 2026, es según el propio Barnes su último libro, a medio camino entre la memoria y la ficción. Con él cierra una trayectoria de más de cuatro décadas en la que nunca dejó de sostener que el verdadero juicio sobre un escritor llega solo cuando ya no puede escucharlo.