La primera campanada es la más esperanzadora y, quizá por eso, la que menos atención mediática recibirá. TSK, una empresa de ingeniería fundada en Gijón hace cuarenta años por un puñado de técnicos asturianos, ha debutado en bolsa con una subida del 4,4 por ciento y una demanda que triplicó la oferta. La cifra importa menos que el símbolo: en un país que lleva quince meses sin una sola salida a bolsa, en un continente que pierde competitividad tecnológica frente a Asia y América y en un sector, el de la transición energética, que necesita capital privado como un desierto necesita agua, TSK demuestra que es posible construir una empresa global desde la periferia industrial sin renunciar a las raíces ni vender el alma al capital especulativo. La campana del Palacio de la Bolsa no suena a menudo. Cuando suena, conviene escucharla.
La segunda campanada es política y tiene el sonido inconfundible de la desesperación contenida. Sánchez viaja a Pulianas, un pueblo del cinturón de Granada, para arropar a una Montero que las encuestas sitúan en el umbral del desastre histórico. El gesto tiene la generosidad de quien arriesga su propio capital político para sostener a un camarada, pero también la impotencia de quien sabe que ningún mitin a cuatro días de las urnas puede revertir una tendencia que lleva semanas consolidándose. El PSOE andaluz no se hunde porque Montero sea una mala candidata ni porque Sánchez sea un lastre: se hunde porque ha perdido la conexión con una parte de su electorado que ya no reconoce al partido que fundó la autonomía andaluza en el partido que hoy le pide el voto. Recuperar esa conexión requiere mucho más que un mitin en un pabellón de deportes.
La tercera campanada es sanitaria y debería resonar con más fuerza de la que los titulares le otorgan. La reforma del copago farmacéutico que el Consejo de Ministros aprobó ayer es, más allá de la polémica competencial, una medida que afectará directamente al bolsillo de ocho millones de pensionistas. Pasar de tres a seis tramos de renta no es una revolución fiscal, pero es un acto de justicia redistributiva que reconoce una realidad obvia: un jubilado que cobra 700 euros al mes no puede pagar lo mismo por sus medicamentos que uno que cobra 2.500. Que el PP anuncie un recurso de inconstitucionalidad es su derecho; que lo haga a cuatro días del 17-M, con 1,2 millones de pensionistas andaluces como telón de fondo, dice más sobre el calendario electoral del recurso que sobre su fundamento jurídico.
La cuarta campanada es judicial y suena con la gravedad de un proceso que lleva meses pendiente de resolución. El Supremo ha rechazado excarcelar a Koldo García, y Marchena trabaja en una ponencia que el propio tribunal califica de compleja. Compleja es la palabra que los jueces utilizan cuando quieren decir que la sentencia no será ni rápida ni sencilla, y que el resultado no satisfará a quienes esperan un veredicto rotundo en una dirección o en otra. El caso Koldo es, antes que un proceso penal, un test de resistencia para el Estado de derecho: si la sentencia es condenatoria, demostrará que la justicia funciona contra la corrupción en el poder; si es absolutoria, demostrará que funciona contra la presión política. En ambos casos, la democracia sale ganando, siempre que la sentencia sea fruto de la deliberación y no de la precipitación.
La quinta campanada es geopolítica y llega desde el otro lado del Atlántico con el estruendo que caracteriza todo lo que toca Trump. La tregua con Irán, que hace diez días era presentada como un triunfo diplomático, está ahora, según su propio artífice, en cuidados intensivos. La metáfora médica es involuntariamente reveladora: un paciente en cuidados intensivos puede recuperarse o morir, y la diferencia depende de la calidad del tratamiento, no de los deseos del médico. Trump ha demostrado una capacidad notable para provocar crisis y una capacidad mucho menor para resolverlas, y la tregua con Irán amenaza con convertirse en otro ejemplo de una diplomacia que confunde los anuncios con los logros y las declaraciones con los acuerdos.
La sexta campanada es financiera y su eco se mide en puntos del IBEX. La caída del 1,56 por ciento del lunes, hasta los 17.573 puntos, es la respuesta de un mercado que ha acumulado demasiadas incertidumbres en demasiado poco tiempo. Los inversores no temen una recesión ni un colapso: temen que la combinación de la crisis con Irán, los aranceles de Trump, las elecciones andaluzas y la inestabilidad política cree un entorno en el que cualquier predicción sea inútil y cualquier posición sea vulnerable. La volatilidad no es el enemigo de los mercados; la imprevisibilidad sí lo es. Y este miércoles de mayo, la imprevisibilidad es la única certeza.
Las seis campanadas no suenan en el vacío. Resuenan en un país que ha aprendido a vivir en estado de alerta permanente, donde cada semana trae una crisis nueva que se superpone a la anterior sin que ninguna se resuelva del todo. La metáfora del campanario es deliberada: las campanas de un campanario no compiten entre sí, sino que forman un acorde cuyo sentido solo se percibe cuando se escuchan todas juntas. TSK toca la campana del futuro industrial. Sánchez, la campana de un pasado electoral que se resiste a morir. El copago, la campana de una justicia social que avanza a trompicones. Koldo, la campana de una justicia penal que no puede permitirse fallar. Trump, la campana de un orden mundial que cruje. Y el IBEX, la campana que traduce todas las demás a un número que parpadea en una pantalla verde.
Lo que este editorial no puede hacer, y sería irresponsable intentar, es predecir cuál de las seis campanadas sonará con más fuerza cuando el día termine. Quizá sea TSK, si la cotización confirma el optimismo de los inversores y España descubre que tiene empresas capaces de competir en la liga global de las infraestructuras limpias. Quizá sea Sánchez, si el mitin de Pulianas enciende una chispa que las encuestas no han captado. Quizá sea Koldo, si la ponencia de Marchena avanza más rápido de lo previsto. O quizá sea Trump, si la tregua con Irán pasa de cuidados intensivos a la morgue diplomática. Lo único seguro es que este miércoles de las seis campanadas no será el último día en que España suene como un campanario desbordado. Porque esa es, nos guste o no, la banda sonora de nuestro tiempo.

