El texto recuerda que Bolsonaro había ganado la primera vuelta el 4 de octubre con el 47.03% de los votos válidos frente al 45.16% de Lula, y que las encuestas previas al segundo turno anticipaban un empate técnico. El resultado final, atribuye el autor, respondió a un repunte de la participación poco habitual en los balotajes brasileños, donde la abstención suele crecer: esta vez bajó, junto con los votos en blanco y los nulos. «El que no fue a votar el 4 de octubre fue a votar el 25», resume la columna.
El artículo describe terminales de buses llenas en el nordeste, embarcaciones con banderas de campaña y filas de votantes que no se dispersaron pese a fallas en el transporte público de São Paulo y Bahía, al punto de que el Supremo Tribunal Federal extendió el horario de votación hasta las siete de la noche. Esa persistencia, según el autor, revela una voluntad organizada más que una reacción espontánea.
La presión de la administración Trump
La columna sitúa el proceso electoral brasileño en un contexto de presión externa: señala que la administración de Estados Unidos encabezada por Donald Trump respaldó en 2025 la causa de Jair Bolsonaro, hoy condenado por la trama golpista, y que ese respaldo se sumó a presiones arancelarias sobre el país suramericano. El autor interpreta el resultado del balotaje como una afirmación de soberanía frente a ese escenario y frente a lo que describe como poderes económicos de corte neofascista.
El texto también apunta a la disputa en el terreno digital: cita que el propio Partido de los Trabajadores reconocía una desventaja frente al ecosistema digital de la derecha brasileña, y sostiene que la respuesta no fue resignarse sino disputar ese espacio con organización. «Empinarse sobre la manipulación cibernética no consiste en apagar el teléfono, sino en ocupar ese espacio con gente organizada», escribe.
El paralelismo con los gremios panameños
El autor traslada la reflexión al caso panameño y enumera una secuencia de conflictos sectoriales recientes: primero los maestros, después el Suntracs y ahora los médicos. Plantea que la diferencia con Brasil no es la unidad —el propio país suramericano quedó partido por la mitad en las urnas— sino la capacidad de convergencia entre organizaciones distintas, a veces rivales, para caminar hacia el mismo lado en momentos decisivos.
El texto sostiene que, en Panamá, cada gremio enfrenta sus reclamos de forma aislada, lo que permitiría al gobierno del mandatario José Raúl Mulino abordar los conflictos sector por sector sin que el resto de la sociedad se involucre. La reflexión se inscribe en un año de movilizaciones sucesivas y de llamados a la acción coordinada en distintos ámbitos públicos, como el de Ciedu, que ha propuesto un protocolo educativo nacional tras el sismo del 9 de octubre.
El autor concluye que la movilización no garantiza por sí sola una victoria, pero advierte que la desmovilización sí garantiza, tarde o temprano, la derrota de quienes la practican.
«El triunfo de Lula no borra la polarización de un país en el que casi la mitad votó en su contra. Pero deja una certeza: cuando las organizaciones abren el camino y la ciudadanía lo recorre, ni el dinero, ni los algoritmos, ni las encuestas tienen la última palabra», sostiene el autor.
