Deisseroth, de 54 años, reconoció que durante unos segundos tras recibir la llamada sintió que había perdido la capacidad de formar palabras. Pasado ese primer desconcierto, atendió a la prensa y resumió en una frase su doble condición de clínico e investigador: «Soy psiquiatra», dijo, recordando a sus pacientes, personas «que tienen autismo, que tienen depresión».
«Pero también soy un científico básico, y me importa comprender este increíble órgano, el cerebro, cómo funciona, cómo integra, cómo computa y cómo genera todo aquello que nos hace humanos» — Karl Deisseroth, profesor de Bioingeniería y Psiquiatría en Stanford.
Esa doble mirada clínica y experimental explica buena parte de su trayectoria. Deisseroth, médico de formación, ha trabajado durante años en los departamentos de Bioingeniería y Psiquiatría de Stanford, consciente de una limitación que arrastra su especialidad: numerosos trastornos mentales se tratan todavía sin saber con precisión qué falla en los circuitos cerebrales que los originan. De ahí que se propusiera crear herramientas capaces de estudiar esos circuitos con una precisión inédita.
El origen del descubrimiento se remonta a 2003, cuando Hegemann y Nagel describieron en la revista PNAS una proteína del alga unicelular Chlamydomonas reinhardtii bautizada como canalrodopsina. Al recibir luz azul, esa proteína abre un canal en la membrana celular que deja pasar iones y genera una señal eléctrica, el mismo mecanismo que emplean las neuronas al activarse.
Deisseroth dio el paso decisivo poco después. Junto a un equipo del que formaban parte Edward Boyden y Feng Zhang, introdujo el gen de la canalrodopsina en neuronas de rata y demostró que la luz azul las hacía disparar en milisegundos. Los resultados se publicaron en 2005 en Nature Neuroscience y el método se extendió enseguida a experimentos con ratones vivos.
Del alga a la retina humana
La optogenética se ha convertido desde entonces en una herramienta habitual para estudiar los circuitos de la memoria y el miedo, los mecanismos de la adicción y la recompensa, trastornos del movimiento como el párkinson o estados vinculados a la depresión y la ansiedad, al permitir aislar qué grupo concreto de neuronas interviene en cada conducta, algo inalcanzable con fármacos o electrodos convencionales. El propio comité subrayó en la red social X que el método «se usa hoy en laboratorios de todo el mundo para desvelar los misterios del cerebro».
La aplicación más llamativa en humanos llegó en 2021, cuando un equipo dirigido por el oftalmólogo José-Alain Sahel publicó en Nature Medicine el caso de un hombre con retinitis pigmentosa que recuperó parte de la visión gracias a una terapia optogenética combinada con unas gafas especiales, lo que le permitió volver a localizar y tocar objetos. Esa esperanza de tratamientos más precisos recorre también otros campos de la neurociencia, como el estudio de factores de riesgo en trastornos mentales.
Según relató la agencia AP, la noticia llegó mientras sus hijos dormían, y Deisseroth pidió una pausa de una hora a partir de las 6:30 para prepararles la comida del colegio antes de seguir atendiendo llamadas. Preguntado por cuánto había dormido, respondió con humor que «no se logró un sueño real». Su esposa, Michelle Monje-Deisseroth, neurooncóloga pediátrica e investigadora del Instituto Médico Howard Hughes, abrió la puerta a un fotógrafo hacia las 3:30 de la madrugada y, consultada sobre el revuelo, recordó que residen en viviendas para profesores de Stanford: «Hay muchos Nobel en el barrio».
El galardón corona una lista de reconocimientos previos del investigador, que ya había recibido el Premio Lasker en 2021, compartido con Hegemann, y el Premio Japón en 2023.
