El hogar nuclear —parejas con o sin hijos, o un progenitor con hijos— descendió de 54.7% a 54.0% entre 2020 y 2025, mientras que el hogar ampliado, que suma a otros parientes bajo el mismo techo, cayó de 26.8% a 24.3% en el mismo lapso, según la misma medición del Inegi. El dato de los hogares de una sola persona creció a mayor ritmo que los demás modelos registrados.
Juan Carlos, de 31 años, vive solo desde hace siete y no contempla el matrimonio ni la paternidad, al menos no en el corto plazo. "Con el tiempo me di cuenta de que no necesariamente tienes que hacer tu propia familia para ser funcional", explica sobre una decisión que, dice, chocó con las expectativas de sus padres. "A mí, por ejemplo, no me dan ganas de tener hijos porque ¿con qué dinero? ¿Y con qué estabilidad?", cuestiona.
Gibrán Miguel Castañeda, especialista en Derecho Fiscal de la Universidad La Salle, sostiene que el fenómeno no admite lecturas morales ni novedosas, sino que responde a una transformación gradual de la estructura social capitalina. "Esta estructura está siguiendo una tendencia, mínima al parecer, son cambios muy pequeños, muy ligeros, pero que sí demuestran hacia dónde se está moviendo la sociedad", apuntó el académico.
El especialista vincula el alza de viviendas unipersonales con el envejecimiento de la población: la edad promedio en el país ronda hoy los 30 o 32 años, frente a los 29 años previos a la pandemia. Según explicó, el modelo demográfico que durante décadas se representó como una pirámide con base ancha de jóvenes se aproxima ahora a una figura de vasija, con una inversión progresiva. El propio Inegi ha documentado desde los censos de los años setenta esa transición de una población mayoritariamente infantil a una estructura cada vez más envejecida.
"La población está envejeciendo, número uno; número dos, la tasa de fecundidad en la Ciudad de México está en 1.8, es decir, cada pareja tiene en promedio 1.8 hijos. Ya estamos teniendo incluso menos hijos que los necesarios para mantener la población", señaló Gibrán Miguel Castañeda, especialista en Derecho Fiscal de la Universidad La Salle.
Castañeda añade un tercer elemento a la ecuación: la disminución de parejas que optan por el matrimonio como proyecto de vida, lo que refuerza el crecimiento de los hogares de una sola persona en la capital del país.
Javier Santiago Castillo, profesor del departamento de Sociología de la UAM Iztapalapa, atribuyó el fenómeno a una combinación de factores culturales y económicos. Señaló que, en el caso de las mujeres, la maternidad suele percibirse como una limitación para el desarrollo personal y profesional, mientras los intereses de las nuevas generaciones se desplazan hacia otros ámbitos de realización.
"Los jóvenes están pensando en no tener hijos [.] los intereses de los jóvenes se enfocan en otras cosas cuando en la cultura tradicional tener hijos es un aspecto sustantivo de la vida. Este aspecto, culturalmente está cambiando", dijo Santiago Castillo, quien identifica varios factores detrás de la caída de los matrimonios y el aumento de jóvenes que viven solos.
El profesor de la UAM Iztapalapa subrayó también la dimensión económica del cambio. "Un salario ya no es suficiente para sostener a una familia, hacen falta al menos dos", advirtió, lo que obliga a que ambos integrantes de una pareja trabajen y orienten sus proyectos de vida hacia caminos distintos, una presión que coincide con el relato de quienes, como Juan Carlos, posponen o descartan formar una familia tradicional mientras la ciudad se prepara para celebrar el Día de Muertos con su calendario habitual de festejos.
