La primera espada es judicial y lleva el nombre de José Luis Ábalos. Mañana a las diez, Manuel Marchena leerá una sentencia que, según todas las fuentes jurídicas consultadas, será condenatoria y unánime. Veinticuatro años de prisión para un exsecretario de Organización del PSOE, un exministro de Transportes, un hombre que durante años fue el fontanero que hacía funcionar la maquinaria sanchista. La sentencia del caso Koldo no es solo un veredicto sobre la corrupción en la compra de mascarillas durante la pandemia: es el fin de un ciclo político que empezó en 2018 con la moción de censura contra Rajoy y que mañana recibirá su primera herida mortal. Porque si hay algo que la historia de la democracia española enseña es que ningún gobierno sobrevive intacto a la condena de uno de los suyos. Ni Felipe González sobrevivió a los GAL sin transformarse, ni Rajoy sobrevivió a la Gürtel sin caer. Sánchez tiene la ventaja de que Ábalos ya no es formalmente del partido, pero tiene la desventaja de que todo el mundo sabe que lo fue, que él le puso donde estaba, y que las mascarillas se compraron bajo su supervisión.
La segunda espada es orgánica y corta por dentro. El PSOE lleva meses sangrando en silencio, pero esta noche la hemorragia se ha hecho pública con la brutalidad de un comité andaluz que ha votado seis a dos por pedir un congreso extraordinario. El dato del 44% de militancia crítica no es una estadística: es una fractura que atraviesa el partido de norte a sur y de izquierda a derecha. Page, Montero, los barones del norte, los cuadros medios que llevan años tragando con decisiones que no comparten: todos han encontrado en la sentencia del Koldo el pretexto perfecto para decir en voz alta lo que llevaban murmurando en los pasillos. Sánchez ha respondido convocando él mismo el congreso para septiembre, un movimiento de ajedrez que demuestra que aún tiene reflejos tácticos, pero que no resuelve el problema de fondo: una parte significativa de su partido ya no le quiere como líder, y esa parte crece cada vez que una nueva crisis — judicial, económica, sanitaria — demuestra que el modelo de gestión basado en la resistencia permanente tiene fecha de caducidad.
La tercera espada es sanitaria y tiene un nombre que la mayoría de los españoles no habían escuchado nunca antes de la semana pasada: hantavirus, cepa Andes. La muerte esta noche en el hospital Gómez Ulla de un barcelonés de cincuenta y ocho años evacuado del crucero Hondius marca un antes y un después en la gestión de la crisis. Hasta hoy, el hantavirus era un problema extranjero que afectaba a un barco fondeado en Canarias. Desde esta noche, es un problema español que ha matado en suelo español. La activación del protocolo de nivel 3 por Sanidad, la convocatoria de la OMS para el viernes y el despliegue de epidemiólogos del ISCIII en Tenerife indican que las autoridades sanitarias se toman la amenaza con la seriedad que merece. Pero la experiencia de la COVID nos enseñó que la diferencia entre una crisis sanitaria gestionable y una catástrofe no la marca la gravedad del virus sino la velocidad de la respuesta. Y esta noche, mientras el país miraba a Moncloa y al Supremo, la respuesta sanitaria competía por la atención con seis espadas más.
La cuarta espada es geopolítica y lleva el sello personal de Donald Trump. El ultimátum de cuarenta y ocho horas a Irán, que expira mañana a las seis y cuarto de la tarde hora española, coloca al mundo al borde de un conflicto que podría redefinir el mapa energético global. El Estrecho de Ormuz, ese cuello de botella por el que pasa un veinte por ciento del petróleo mundial, es esta noche el escenario de una partida de póker en la que ninguno de los jugadores parece dispuesto a levantarse de la mesa sin llevarse el bote. Trump quiere una victoria que presentar a sus votantes. Irán quiere preservar su programa nuclear. Europa quiere que no suban los precios del petróleo. Y en medio de todos ellos, los marineros del USS Eisenhower duermen con un ojo abierto en un portaaviones anclado a tiro de misil de la costa iraní. Si mañana el reloj llega a cero sin acuerdo, las consecuencias no se medirán solo en barriles de petróleo: se medirán en puestos de trabajo, en hipotecas impagadas, en facturas de la luz y en la capacidad de los gobiernos europeos para mantener la cohesión social.
La quinta espada es económica y tiene filos múltiples. El Brent a un paso de los cien dólares, el oro en máximos históricos, el euríbor subiendo como si no hubiera mañana, el IBEX cayendo por sexta sesión consecutiva, Grifols desplomada, SEAT anunciando ERTEs, los aranceles de Trump cerniéndose como nubes de tormenta sobre el sector automovilístico europeo. Cada uno de estos datos, tomado individualmente, sería preocupante pero manejable. Juntos, configuran un panorama económico que los analistas comparan con las peores fases de la crisis energética de 2022. La diferencia es que en 2022 la crisis tenía un origen identificable — la invasión rusa de Ucrania — y una respuesta coordinada — las sanciones y la diversificación energética —. En mayo de 2026, la crisis económica es hija de múltiples padres que no se ponen de acuerdo ni entre ellos: Trump, Jamenei, los mercados, los virus y la propia incapacidad de Europa para construir una autonomía energética que lleva décadas prometiéndose.
La sexta espada es diplomática y tiene acento venezolano. El rechazo de Bruselas a la exención para Delcy Rodríguez es, en sí mismo, un asunto menor comparado con las otras seis espadas. Pero su significado simbólico no lo es. El episodio demuestra que el Gobierno español ha dedicado capital diplomático a intentar facilitar la asistencia de una representante del régimen de Maduro a una cumbre en Madrid, y que Europa le ha dicho que no. Para un gobierno que lleva años defendiendo su compromiso con los derechos humanos y la democracia, la imagen de estar negociando excepciones para la vicepresidenta de una dictadura es devastadora. Y la conexión con Ábalos — que fue quien recibió a Delcy en Barajas en 2020, en un episodio que nunca se explicó satisfactoriamente — añade una capa de ironía que los columnistas del PP explotarán mañana con la precisión de un cirujano.
La séptima espada es atmosférica y se llama Telma. La borrasca que durante dos días ha castigado el interior peninsular con lluvias intensas y vientos huracanados pierde fuerza esta noche, pero deja un rastro de más de cien incidencias que recuerdan algo que la política tiende a olvidar: que gobernar no es solo gestionar crisis mediáticas sino también limpiar alcantarillas, reparar carreteras y atender a los ciudadanos que se han quedado sin luz. Telma es la espada más silenciosa de las siete, la que no sale en los titulares, la que no genera tuits ni comunicados de prensa. Pero para el vecino de Ávila que ha pasado la noche con el sótano inundado o para el agricultor de Segovia que ha perdido parte de su cosecha, Telma es la única espada que importa. Y eso debería ser un recordatorio para todos los que esta noche, desde Moncloa hasta Ferraz, desde el Supremo hasta los mercados, están tan concentrados en sus propias batallas que han olvidado que gobernar es, ante todo, servir.
España se acuesta esta noche, decíamos, bajo siete espadas. Mañana, cuando amanezca, algunas de esas espadas se habrán descargado — la sentencia del Koldo se conocerá, la borrasca se habrá ido del todo — pero otras seguirán suspendidas: el ultimátum de Ormuz no expira hasta la tarde, el hantavirus no tiene cura mágica, los mercados abrirán con el miedo instalado, el PSOE seguirá en guerra y Delcy Rodríguez seguirá sin poder venir a Madrid. Lo que convierte esta noche en excepcional no es la gravedad individual de cada crisis — España ha enfrentado crisis peores — sino su simultaneidad. Es la convergencia la que agota, la acumulación la que desborda, la sensación de que no hay un solo frente sino siete, y que atender uno significa desatender los otros seis. Esa es la verdadera espada: no cada crisis por separado, sino la imposibilidad de gestionarlas todas a la vez con los recursos, la atención y la seriedad que cada una merecería. Y sin embargo, mañana amanecerá, los periódicos se imprimirán, los mercados abrirán, los jueces dictarán sentencia, los médicos seguirán tratando enfermos y los ciudadanos irán a trabajar. Porque eso es lo que hacen los países: sobrevivir a sus noches más largas y seguir adelante, espada a espada, herida a herida, amanecer a amanecer.

