Barcons (L'Hospitalet de Llobregat, 1959) encabezó una organización intergubernamental de la que España es miembro desde 2006, con un presupuesto anual de unos 400 millones de euros y algunos de los telescopios terrestres más avanzados del planeta, con base en Garching (Alemania) y observatorios en Chile. Antes fue el primer director del Instituto de Física de Cantabria y participó en el equipo ministerial que negoció la entrada española en ESO. La gestión, reconoce, lo apartó de la investigación sobre agujeros negros, su campo original.
«Es lo que tocaba y no me arrepiento en absoluto, porque me he dedicado a posibilitar que otros sí lo hicieran», afirma Xavier Barcons, exdirector general del Observatorio Europeo Austral.
Su argumento central se apoya en la evolución del catálogo de exoplanetas. Desde el descubrimiento del primero en 1995, orbitando otra estrella, la cifra ha crecido hasta los 8.000 confirmados, de los cuales siete u ocho serían potencialmente habitables. Para avanzar más allá del recuento, sostiene, hace falta examinar la atmósfera de esos mundos en busca de biomarcadores, algo que exige un espejo mayor y más preciso que los actuales de 8 o 10 metros: el ELT tendrá 39 metros de diámetro.
El físico cita como precedente reciente el hallazgo de dióxido de carbono en la atmósfera de un exoplaneta por parte del Telescopio Espacial James Webb. «Eso no indica que haya vida, pero sí que vamos en el buen camino», señala. Pone como ejemplo Alfa Centauri, la estrella más próxima al Sol, a menos de cuatro años luz, que tendría al menos dos planetas potencialmente habitables de contar con agua líquida, aunque matiza que la intensa radiación de esa estrella lo hace poco probable.
Preguntado por el escepticismo ante promesas similares formuladas desde principios de los años 2000, Barcons rechaza la comparación con otras tecnologías de progreso estancado. «No, no, esto no es como la fusión nuclear. Avanzamos. Ya hemos encontrado planetas terrestres», responde. El primer exoplaneta, por el que Michel Mayor y Didier Queloz recibieron el Nobel de Física en 2019, abrió hace tres décadas una disciplina que hoy el ESO quiere llevar al estudio atmosférico, en la misma línea de innovación técnica que distinguió a Karl Deisseroth, Nobel de Medicina 2026 por la optogenética.
Retrasos por la pandemia y la guerra
El ELT, cuya primera luz está prevista para 2029, ha acumulado contratiempos. Barcons detalla que la pandemia retrasó la obra civil casi año y medio, y que la guerra en Europa, que continúa, disparó los precios y afectó a la cadena de suministro. Entre los retos técnicos pendientes menciona la fabricación de uno de los cinco espejos, el de estabilización de campo, construido en carburo de silicio por su necesidad de oscilar muchas veces por segundo siendo extraordinariamente ligero. El proyecto afrontó además la amenaza de una planta de hidrógeno verde que habría degradado las condiciones de observación en Atacama, finalmente retirada tras un periodo de intenso trabajo legal y de movilización de la comunidad científica internacional.
«No estoy seguro de que lo consiguiéramos nosotros. Fue una combinación de presiones políticas y de que, posiblemente, el plan de negocio no estaba muy maduro. Pero va a haber más, no me cabe ninguna duda», sostiene Barcons.
La principal preocupación que expresa es la contaminación lumínica, tanto por actividad humana en superficie como por las megaconstelaciones de satélites en órbita baja. Según sus cifras, en 2019 había 3.500 satélites en esa órbita, unos 2.000 de ellos de defensa; hoy rondarían los 15.000, con planes creíbles de alcanzar los 100.000 y proyecciones de hasta uno o dos millones. Advierte de que esa última magnitud no solo arruinaría la astronomía desde tierra, sino que generaría colisiones y basura espacial capaces de inutilizar toda la órbita baja terrestre.
Barcons remata apuntando a una tendencia más amplia que afectaría a la ciencia básica: algunas grandes infraestructuras científicas «poco sólidas» no sobrevivirán, en un contexto de competencia presupuestaria entre los países que sostienen proyectos como el ELT.
