|
PortadaPanamáDeportesEconomía
MERCADOS PA
Cargando cotizaciones…
Última hora
  1. Contraloría retira a sus funcionarios de las juntas directivas estatales por la norma PEP

El Oktoberfest nació de una boda real bávara en 1810, según historiadores de Múnich

El príncipe Luis de Baviera admitió el cálculo del enlace con Teresa de Sajonia-Hildburghausen: «Me caso sin pasión, ya que es más provechoso para el futuro».

Por Redacción de El Hemiciclo·
3 min de lectura
Comentarios

El Oktoberfest, la mayor fiesta cervecera del mundo con más de seis millones de asistentes cada año, tiene su origen en la boda real de Luis de Baviera y Teresa de Sajonia-Hildburghausen, celebrada en Múnich en 1810, según registros históricos recogidos por BBC News Mundo. Lo que empezó como una carrera de caballos ante 40,000 personas se transformó, tras dos guerras mundiales y la extinción de la monarquía bávara, en el festival folclórico de la pradera de Theresienwiese.

El matrimonio respondió más a cálculo político que a afecto personal. Napoleón Bonaparte buscaba entonces una esposa de sangre real en una Europa fragmentada bajo su influencia, y Teresa de Sajonia-Hildburghausen figuraba entre las candidatas. Luis, heredero del recién proclamado reino de Baviera y opositor a la imposición cultural francesa, se adelantó y le propuso matrimonio casi de inmediato, según relatan los historiadores.

"Me caso sin pasión, ya que es más provechoso para el futuro", escribió Luis de Baviera a su hermana, la princesa Carolina Augusta de Baviera.

Lo inusual no fue la falta de romance —común en los enlaces reales de la época— sino la manera de celebrarlo. En vez de una ceremonia reservada a la aristocracia, la corona bávara convocó una fiesta pública de cinco días con ópera y baile gratuitos, mesas costeadas por el rey y desfiles infantiles con trajes de regiones recién anexadas, como Franconia y Suabia. Según varios historiadores, el diseño buscaba que comunidades culturalmente distintas se percibieran como una sola nación, en pleno auge del nacionalismo cultural germano cuando Alemania aún no existía como país unificado.

La celebración culminó el 17 de octubre de 1810 con una carrera de caballos que congregó a unas 40,000 personas, cifra considerable frente a los 40,638 habitantes que la ciudad tenía entonces, de acuerdo con el Servicio de Estadística de la Ciudad de Múnich. El éxito llevó al rey a bautizar la pradera en honor de su nuera, dando origen al nombre Theresienwiese y, con él, al Oktoberfest.

De la muestra agrícola a las carpas de cerveza

Al año siguiente se sumó una muestra agrícola, práctica que se mantiene cada tres años; las primeras casetas cerveceras y el primer carrusel llegaron en 1818. En 1872, ante quejas por el clima otoñal, las autoridades trasladaron el grueso del festejo a septiembre, cuando los días son más largos y templados, conservando el nombre original pese al cambio de fecha.

El festival cargó con las cicatrices de la historia política alemana. La Primera Guerra Mundial obligó a cancelarlo por completo entre 1914 y 1918, sin cebada para maltear ni ánimo festivo, mientras la monarquía bávara se extinguía con la huida del último rey, Luis III. La posguerra trajo una versión reducida, el Kleineres Herbstfest, hasta que en 1921 se recuperaron el nombre y las carpas grandes. La peor hiperinflación del país forzó una nueva cancelación en 1923, y con la llegada de Adolf Hitler al poder en 1933 el festival fue instrumentalizado: ese mismo año se prohibió que los judíos trabajaran en él, y tras la anexión de Austria y los Sudetes el régimen lo rebautizó.

Desde 1950, la apertura sigue un ritual fijo: cada primer sábado tras el 15 de septiembre, a las 12 del mediodía, el alcalde de Múnich perfora un barril con un mazo de madera en una carpa de Theresienwiese y grita "O'zapft is!" (¡Ya está abierto!), seguido de doce salvas de cañón. Hoy el festival se extiende 16 o 18 días, con seis grandes carpas donde se sirve cerveza suficiente para llenar casi tres piscinas olímpicas, acompañada de más de 1.2 millones de brezn horneados durante el evento.

Los asistentes suelen vestir lederhosen y dirndls, los trajes tradicionales bávaros cuyo lazo del delantal —atado a la izquierda o a la derecha— indica el estado sentimental de quien lo porta. La costumbre ha sobrevivido más de dos siglos de transformaciones políticas en la región alpina, del mismo modo que otras tradiciones europeas se reivindican hoy como iconos culturales, como muestra la exposición con que el Museo de Orsay reivindica a Bartholdi, el escultor de la Estatua de la Libertad.

¿Qué te ha parecido esta pieza?

Siguiente en Cultura →Verstappen afronta Singapur tras ganar en Malasia, un circuito donde nunca ha triunfado
¿Tienes información para ampliar esta noticia? Escríbenos por el canal para informantes — protegemos a las fuentes.¿Error en este artículo? → Infórmanos

Comentarios

Comentas como Anónimo — seudónimo generado localmente, sin cuenta
0/1000

Cargando la conversación…

Los comentarios son anónimos. El Hemiciclo no registra IPs ni vincula comentarios a cuentas de usuario. Tu seudónimo y tus comentarios se guardan solo en este dispositivo. Conexión cifrada (HTTPS).

Sigue leyendo en El Hemiciclo