El distanciamiento neozelandés llega en un momento en el que Infantino ha basado buena parte de su estrategia de permanencia en tejer alianzas con federaciones de menor tradición pero con voto igual de valioso en el Congreso de la FIFA, el órgano supremo que reúne a las 211 asociaciones miembro y que elige al presidente. En ese foro, cada federación dispone de un voto con independencia de su tamaño o de su historial deportivo, un principio que multiplica el peso relativo de las confederaciones más pequeñas.
Ese sistema, heredado de los estatutos aprobados tras la reforma institucional de 2016, convirtió a confederaciones como la OFC —que agrupa a una decena de federaciones insulares del Pacífico— en un actor influyente en las votaciones globales. La reforma fue consecuencia directa del escándalo de corrupción que en 2015 llevó a la detención en Zúrich de varios dirigentes de la FIFA por orden de la justicia estadounidense y provocó la caída de Joseph Blatter, presidente durante 17 años.
Nueva Zelanda es la federación con mayor infraestructura y recursos dentro de la OFC, con presencia habitual en las fases finales de la Copa de Oceanía y clasificaciones a fases mundialistas. Su desmarque de la línea de apoyo a Infantino, de confirmarse en los términos filtrados, supondría una grieta más simbólica que numérica, pero relevante en un contexto en el que el presidente busca blindar su base electoral.
El mandato de Infantino, reelegido sin oposición en los congresos de 2019 y 2023 tras sucesivas reformas estatutarias que ampliaron los límites de permanencia, se extiende formalmente hasta 2027, año en el que debería celebrarse un nuevo proceso electivo. Distintos sectores del fútbol internacional han denunciado en los últimos meses supuestas maniobras para explorar una fórmula que le permita continuar más allá de esa fecha, algo que desde el entorno de la FIFA se ha negado reiteradamente.
El Mundial de 64 equipos como palanca de apoyos
En esa pugna por consolidar respaldos se enmarca la insistencia de Infantino en ampliar el Mundial de 2030 —que se disputará de forma inédita en tres continentes, con partidos en España, Portugal, Marruecos, Argentina, Paraguay y Uruguay para conmemorar el centenario de la primera Copa del Mundo— hasta un formato de 64 selecciones, el doble de las 48 que debutarán en la edición de 2026 en Estados Unidos, México y Canadá.
Esa propuesta, que según fuentes del sector beneficiaría de forma directa a las federaciones más pequeñas al multiplicar sus opciones de clasificación, ha sido interpretada por dirigentes críticos como una herramienta de fidelización electoral más que como una decisión deportiva. La Confederación Europea de Fútbol (UEFA) y la Confederación Sudamericana (Conmebol) han expresado reticencias públicas al formato, alegando saturación del calendario y riesgo de devaluación competitiva.
El precedente más claro de una maniobra comparable se remonta a la ampliación de 32 a 48 selecciones aprobada en 2017 para el Mundial de 2026, una decisión leída en su momento como un gesto de Infantino hacia las federaciones de Asia, África y Oceanía, que vieron multiplicadas sus plazas de clasificación directa frente al reparto histórico dominado por Europa y Sudamérica.
La gobernanza de la FIFA, regulada por sus estatutos y sometida en última instancia a la legislación suiza por su condición de asociación registrada en Zúrich, ha sido objeto de escrutinio por parte de organizaciones como Transparencia Internacional, que han cuestionado la falta de contrapesos reales al poder presidencial pese a la creación en 2016 de un Consejo de la FIFA con mayor representación regional.
Desde el organismo no se ha ofrecido hasta el momento una respuesta oficial sobre el episodio neozelandés, y la propia OFC tampoco ha emitido un comunicado que confirme o desmienta la ruptura de consenso interno. La ausencia de pronunciamiento obliga a mantener la cautela sobre el alcance real de la decisión atribuida a la federación de Nueva Zelanda.
El Congreso de la FIFA, que se reúne con carácter ordinario una vez al año y de forma extraordinaria cuando lo solicita un tercio de los miembros, será previsiblemente el escenario en el que se dirima en los próximos meses tanto el formato del Mundial de 2030 como el futuro liderazgo del organismo, en vísperas del torneo de 2026 que arrancará en junio del próximo año en Norteamérica.
La fractura, circunscrita por ahora a una sola federación de una confederación pequeña, se produce en un contexto de mayor sensibilidad hacia las prácticas de gobernanza en el fútbol mundial, alimentado por el precedente de la fallida Superliga europea de 2021 y por las tensiones recurrentes entre la FIFA y las confederaciones sobre el reparto de competencias e ingresos por derechos, que en el ciclo 2023-2026 superaron los 11.000 millones de dólares, según cifras del propio organismo.
A partir de ahora, el foco estará en si otras federaciones de la OFC o de confederaciones mayores siguen el gesto atribuido a Nueva Zelanda y en si Infantino ofrece explicaciones públicas sobre sus planes para 2027. El calendario del fútbol mundial, marcado por el sorteo del Mundial de 2026 previsto para diciembre y por la proximidad del centenario de 2030, convierte los próximos meses en un termómetro de la solidez de sus apoyos.


