El punto de partida: familias que llegan tarde y con miedo
El perfil de familia que describe Más en su consulta no es el de la negligencia, sino el de la desinformación. Padres que han seguido revisiones pediátricas ordinarias, que no han recibido señales de alarma y que, sin embargo, se encuentran de pronto frente a un diagnóstico de trastorno del neurodesarrollo —ya sea un trastorno del espectro autista, un déficit de atención con o sin hiperactividad, un retraso en la adquisición del lenguaje u otras alteraciones del desarrollo— sin haber sido preparados para identificar señales previas ni para actuar ante ellas. Según datos del Ministerio de Sanidad recogidos en su Estrategia de Atención Temprana (actualizada en 2022 en colaboración con las comunidades autónomas), entre el 5% y el 10% de los menores de seis años presenta alguna condición que requiere o justificaría atención temprana especializada, una proporción que contrasta con la cobertura real de los servicios públicos disponibles, sensiblemente inferior en la mayoría de territorios.
Más describe esa situación con una imagen precisa: las familias viven las revisiones del niño sano —el calendario de controles establecido en el carnet de salud infantil, que en España se estructura en consultas periódicas hasta los catorce años según los protocolos de la Asociación Española de Pediatría— como si fueran exámenes en los que ellas son las evaluadas. Esa presión, sostiene, genera ansiedad contraproducente y distorsiona la relación entre padres e hijos, porque convierte la crianza en una performance de resultados en lugar de un proceso de acompañamiento. El objetivo explícito del libro es desactivar esa dinámica ofreciendo a los progenitores un mapa comprensible del funcionamiento cerebral infantil.
La plasticidad cerebral como argumento clínico, no como consuelo
Uno de los ejes conceptuales del libro es la neuroplasticidad, y Más es cuidadosa en no usarla como comodín tranquilizador vacío. La plasticidad cerebral —la capacidad del sistema nervioso central para reorganizarse funcionalmente en respuesta a la experiencia, el aprendizaje y el entorno— no es ilimitada ni uniforme a lo largo del desarrollo: tiene ventanas temporales en las que determinados circuitos son especialmente sensibles a la estimulación externa, y fuera de esas ventanas la misma intervención produce efectos menores. Esta es, precisamente, la razón por la que los primeros años de vida concentran tanta atención en la neurociencia del desarrollo. Investigaciones como las del grupo de la Universidad de Harvard liderado por Jack Shonkoff —cuyos trabajos han informado políticas públicas en varios países de la OCDE desde los años noventa— documentan que las conexiones sinápticas se forman a un ritmo de hasta un millón por segundo durante el primer año de vida, y que la arquitectura resultante condiciona el funcionamiento cognitivo, emocional y conductual a largo plazo.
Más traduce este marco teórico en una advertencia práctica: los primeros cuatro años de vida son el período en el que se construye el vínculo de apego y se sientan las bases del funcionamiento ejecutivo —la capacidad para regular emociones, planificar acciones y adaptarse a situaciones nuevas—. No se trata, insiste, de saturar al niño de estímulos ni de adelantar hitos, sino de garantizar un entorno estable, predecible y afectivamente responsivo. El caos —entendido como ausencia de rutinas, respuestas inconsistentes de los cuidadores o exposición sostenida a estrés crónico— no es un factor neutro: dificulta la consolidación de los circuitos prefrontales que regulan la conducta.
El lenguaje: el sistema que conecta todo el cerebro
Si hay un capítulo al que Más dedica especial atención clínica es el del desarrollo del lenguaje, y la razón es técnica antes que pedagógica. A diferencia del desarrollo motor —que sigue rutas neurales relativamente bien delimitadas y cuyo itinerario es bastante predecible entre individuos— la adquisición del lenguaje implica redes distribuidas que conectan regiones frontales, temporales y parietales de ambos hemisferios. El área de Broca, en el córtex frontal inferior izquierdo, y el área de Wernicke, en el lóbulo temporal superior, son los nodos más conocidos de ese circuito, pero las neuroimágenes funcionales han mostrado que el procesamiento lingüístico activa de forma consistente zonas mucho más amplias, incluyendo el cerebelo y los ganglios basales. Por eso Más sostiene que el lenguaje es «nuclear en la conducta y en la cognición»: no es solo un vehículo de comunicación, sino una herramienta de pensamiento que regula la capacidad de anticipar consecuencias, de inhibir respuestas impulsivas y de construir categorías conceptuales.
La implicación práctica que Más extrae de ese sustrato neurológico es de una simplicidad desconcertante: hay que hablar con los niños. Desde antes de que puedan responder, desde el período neonatal, la exposición a lenguaje verbal —no a pantallas, sino a interacción cara a cara— activa los circuitos que luego sostendrán la comprensión y la producción lingüística. La metáfora que usa para ilustrarlo tiene una lógica clínica nítida: para que un niño no aprenda a caminar habría que impedirle activamente cualquier práctica motriz; para que no aprenda a hablar basta, en cambio, con no dirigirle la palabra. El lenguaje, a diferencia de la marcha, no emerge de forma autónoma: depende de un input sostenido del entorno. Las investigaciones de Betty Hart y Todd Risley publicadas en los años noventa —y ampliamente replicadas desde entonces— mostraron diferencias de hasta treinta millones de palabras escuchadas antes de los tres años entre niños de distintos entornos socioeconómicos, con correlaciones estadísticamente significativas con el rendimiento escolar posterior. Estos datos han servido de base a programas de intervención temprana en varios países europeos.
El «malentendido adulto» y la trampa de la precocidad
Más acuña en el libro el concepto de «malentendido adulto» para describir un fenómeno que observa con frecuencia en consulta: los progenitores interpretan las conductas infantiles con categorías propias de la cognición adulta y extraen conclusiones erróneas sobre la intencionalidad o la capacidad del niño. Un bebé que llora no «manipula»; un niño de dos años que no comparte no es «egoísta» en el sentido moral que esa palabra tiene en el vocabulario adulto: está simplemente en la fase evolutiva en que la teoría de la mente —la capacidad de atribuir estados mentales a otros y diferenciarlos de los propios— aún no está consolidada. El desarrollo de esa capacidad, documentado extensamente por el psicólogo suizo Jean Piaget a lo largo del siglo XX y refinado posteriormente por investigadores como Simon Baron-Cohen en el contexto del autismo, sigue un itinerario que no se puede acelerar mediante presión o corrección sistemática.
Relacionado con ese malentendido está lo que Más identifica como la «obsesión por la precocidad»: la tendencia de una parte significativa de los progenitores actuales a buscar que sus hijos alcancen hitos del desarrollo —hablar, leer, contar— antes de las edades en que esos hitos son estadísticamente esperables. La autora es rotunda al respecto desde una perspectiva clínica: no se puede estimular lo que el sustrato neural todavía no está en condiciones de sostener. Forzar un aprendizaje para el que el cerebro no está maduro no adelanta el hito; en el mejor de los casos, no produce ningún efecto; en el peor, puede generar frustración y asociaciones negativas con el aprendizaje que persisten. El ejemplo que usa —pedirle a un bebé de seis meses que construya una frase completa— es deliberadamente absurdo para subrayar que la precocidad, cuando aparece de forma aislada y precoz, no es un logro: es una señal de alerta.
Vínculo, rutinas y el papel de los cuidadores principales
El tercer eje del libro es el vínculo de apego, concepto que Más sitúa como hilo conductor de todo el neurodesarrollo temprano. La teoría del apego, formulada por el psiquiatra británico John Bowlby en la segunda mitad del siglo XX y desarrollada empíricamente por Mary Ainsworth mediante los experimentos de la «situación extraña», establece que la calidad del vínculo entre el bebé y sus cuidadores principales condiciona no solo el desarrollo emocional, sino también el cognitivo y el social. Un apego seguro —construido sobre la base de respuestas predecibles, afectivas y contingentes por parte del cuidador— proporciona al niño la «base segura» desde la que explorar el entorno y afrontar la frustración. Más traslada esta idea a términos concretos: el cuidador que responde de forma consistente a las señales del bebé —con contacto físico, expresión facial, voz— está literalmente entrenando los circuitos de regulación emocional del niño.
La secuencia que describe es evolutiva y progresiva: primero el contacto físico —el abrazo, la caricia, la respuesta inmediata al llanto—; después, a medida que el niño gana autonomía motriz, la guía se hace más distante pero no menos presente; finalmente, es la mirada del adulto la que orienta al niño en la exploración del mundo. Esa gradación —de brazos a mano, de mano a mirada— es también una descripción del proceso de individuación que la pediatría del desarrollo y la psicología evolutiva consideran necesario para la construcción de una identidad segura. El vínculo, insiste Más, no es exclusividad de la lactancia materna —cuyas ventajas reconoce sin convertirlas en obligación moral— ni de la presencia permanente: es el resultado acumulado de miles de interacciones cotidianas en las que el niño aprende que puede contar con sus cuidadores.
Antes de la concepción: lo que sí está en manos de los adultos
Un aspecto que distingue 'Neuronas en crecimiento' de otros libros de divulgación sobre neurodesarrollo infantil es que el foco no empieza en el nacimiento ni siquiera en el embarazo, sino en el período preconcepcional. Más dedica una parte del libro a subrayar que la salud de los futuros padres —entendida en sentido amplio: alimentación, descanso, nivel de estrés crónico, calidad de las relaciones afectivas— influye en las condiciones en que se producirá la fecundación, la implantación y el desarrollo fetal temprano. La epigenética —el campo que estudia cómo los factores ambientales modifican la expresión génica sin alterar la secuencia del ADN— ha documentado en los últimos veinte años que determinadas condiciones de estrés crónico o deficiencias nutricionales en los progenitores pueden dejar marcas epigenéticas con efectos sobre el desarrollo del sistema nervioso del futuro hijo. La autora, no obstante, es cuidadosa en no convertir esa información en una fuente adicional de ansiedad: el mensaje es de agencia, no de culpa.
Frente a la medicalización creciente de la fertilidad y el embarazo —un fenómeno que los datos del Instituto Nacional de Estadística muestran correlacionado con el retraso de la maternidad en España, donde la edad media al primer parto superaba los 31 años según las últimas cifras disponibles del INE, frente a los 29 de la media europea según Eurostat—, Más propone un enfoque de cuidado cotidiano accesible: reducir el estrés en la medida de lo posible, priorizar el sueño reparador, cuidar la alimentación y mantener relaciones personales estables. Son factores sobre los que, a diferencia de la genética o determinadas condiciones médicas, los adultos sí tienen margen real de actuación.
Qué viene después: el vacío en la cadena de atención temprana
El libro de Más llega en un momento en que el debate sobre la atención temprana en España está sobre la mesa de varias administraciones. El Real Decreto que debería desarrollar la Ley de Atención Temprana —un marco normativo que lleva años en discusión entre el Ministerio de Sanidad, el de Educación y las comunidades autónomas, con competencias transferidas y modelos de gestión muy heterogéneos entre territorios— permanece pendiente de aprobación definitiva, lo que genera una desigualdad estructural en el acceso a servicios de intervención temprana en función del lugar de residencia. Comunidades como Murcia o Cataluña tienen modelos consolidados de centros de desarrollo infantil y atención temprana (CDIAT); otras carecen de una red pública equivalente y derivan a las familias hacia recursos privados o concertados con listas de espera que pueden superar el año en determinadas especialidades.
En ese contexto, la publicación de obras de divulgación rigurosa como la de Más cumple una función que, en un sistema de salud mejor articulado, debería cubrir la atención primaria pediátrica: dotar a las familias de un marco conceptual que les permita observar el desarrollo de sus hijos sin alarma injustificada, pero también sin ignorar señales que merecen derivación. La autora ya ha participado en jornadas de formación para pediatras de atención primaria, y su consulta actúa como segundo escalón al que llegan casos derivados desde centros de salud de varias provincias. El siguiente paso, según ha indicado en presentaciones recientes del libro, es desarrollar materiales de apoyo para profesionales de educación infantil —el otro gran agente de detección precoz en la franja de cero a seis años— que permitan sistematizar la observación del desarrollo en el aula y mejorar los protocolos de comunicación con las familias y con los equipos de orientación educativa.

