El atractivo de Lekeitio no se limita al recuerdo de sus visitantes ilustres. La localidad ofrece dos playas urbanas, Isuntza y Karraspio, situadas a ambos lados de la desembocadura del río Lea, que atraviesa el municipio. Isuntza, la más cercana al centro, permite combinar el baño con las vistas al puerto pesquero; Karraspio, algo más alejada, ofrece una panorámica más abierta hacia el interior de la bahía.
El elemento que distingue a Lekeitio de otros enclaves costeros vascos es la isla de San Nicolás, conocida también como Garraitz. Se trata de un islote al que se accede a pie durante la bajamar a través de una franja de arena que la marea cubre de nuevo pocas horas después, un fenómeno que convierte el paseo hasta la isla en una de las postales más repetidas del verano vizcaíno y que exige calcular bien los horarios de marea para no quedar aislado.
El casco histórico conserva la trama de un pueblo que creció mirando al mar y que no ha sido sustituido por un desarrollo urbanístico ajeno a su carácter original. Entre sus calles y plazas se conservan palacios como los de Uriarte, Oxangoiti, Uribarri o Abaroa, edificaciones que rompen la línea de las casas marineras tradicionales y que dan testimonio del paso de familias acomodadas por la villa.
El edificio de referencia del municipio es la Basílica de la Asunción de Santa María, de estilo gótico. En su interior conserva un retablo dorado que ocupa buena parte del presbiterio, considerado uno de los conjuntos escultóricos góticos más relevantes del País Vasco. Junto a la basílica, la plaza de la Independencia funciona como punto de encuentro del pueblo, con comercios y bares que sostienen la vida local al margen de la afluencia estival.
El puerto y el legado real
El puerto pesquero sigue siendo el elemento que organiza la vida de Lekeitio, aunque la actividad marinera haya cedido terreno frente al turismo en las últimas décadas. Por el muelle conviven embarcaciones de pesca, redes tendidas y paseantes, en un espacio que no ha sido reconvertido en un paseo meramente ornamental. Desde la ermita de San Juan Talako, situada en un promontorio próximo, se obtiene una de las panorámicas más citadas de la costa vizcaína, con el pueblo y su bahía como telón de fondo.
El vínculo de Lekeitio con la realeza se remonta a finales del siglo XIX, cuando la aristocracia europea comenzó a buscar destinos de veraneo en el norte de España. La reina Isabel II y su hijo Alfonso XII frecuentaron la zona en ese periodo, en el marco de una tradición de veraneo regio que tuvo su epicentro más conocido en San Sebastián —donde la regente María Cristina impulsó el Palacio de Miramar a finales del siglo XIX— pero que se extendió también a otros puntos de la costa cantábrica.
La huella más singular de ese pasado es la estancia de la emperatriz Zita de Austria, viuda del último emperador de Austria-Hungría, Carlos I, quien tras la disolución del imperio en 1918 vivió un largo exilio por distintos países europeos. Zita se alojó durante un periodo en el antiguo Palacio Uribarren de Lekeitio, un episodio que conecta la localidad vizcaína con uno de los capítulos más convulsos de la historia europea del siglo XX, el fin de los grandes imperios centrales tras la Primera Guerra Mundial.
Ese pasado aristocrático dejó una impronta arquitectónica visible en el municipio, con la construcción de viviendas y palacetes de veraneo que hoy forman parte de su patrimonio. A diferencia de otros destinos que capitalizaron su relación con la realeza para convertirse en enclaves de lujo, Lekeitio mantuvo un perfil más modesto y siguió desarrollándose en torno a la pesca y, más adelante, al turismo familiar.
La comparación con Santander y San Sebastián, que también fueron destino de la realeza, permite entender el fenómeno en su contexto: mientras estas ciudades desarrollaron desde principios del siglo XX una infraestructura hotelera de gran escala —simbolizada en el Gran Casino donostiarra o el Sardinero santanderino—, Lekeitio conservó una dimensión más reducida, lo que hoy constituye parte de su atractivo diferencial frente a destinos más masificados.
El calendario estival local se prolonga hasta las fiestas patronales de San Antolín, en septiembre, que incluyen la tradicional prueba de las gansas y constituyen otro de los reclamos turísticos del municipio. La combinación de patrimonio histórico, entorno natural y una actividad pesquera todavía presente sigue definiendo la identidad de una localidad que, más de un siglo después de acoger a la realeza europea, continúa atrayendo visitantes por razones muy similares a las de entonces: la discreción, el paisaje y el ritmo marcado por el mar.

