El mismo informe estimó que los disfraces y la ropa asociados con Halloween podían generar más de 2.000 toneladas de residuos plásticos en Reino Unido. La cifra no corresponde a una medición mundial ni a una estimación específica para este año, y proviene de un mercado con hábitos de consumo distintos a los colombianos. Pero el diagnóstico de fondo trasciende fronteras: buena parte de los productos de temporada se fabrican para una vida útil de apenas unas horas y terminan convertidos en desechos tan pronto acaba la fiesta.
El reporte no se limita a los disfraces. Señala que buena parte de las decoraciones tradicionales de la fecha —esqueletos, telarañas artificiales, murciélagos y calabazas ornamentales— están elaboradas también con materiales plásticos. A esto se suman los envoltorios individuales de caramelos, chocolatinas y galletas, que con frecuencia combinan plástico y aluminio en capas que no siempre son separables ni reciclables bajo los esquemas de recolección.
El desperdicio no se limita a lo que se compra y se desecha de inmediato: aparece también cuando se adquieren más dulces o alimentos de los que finalmente se consumen, y cuando calabazas y otros elementos orgánicos usados como decoración terminan en la basura sin aprovechamiento posterior, pese a que podrían destinarse a compostaje doméstico o comunitario.
Reducir el impacto ambiental de la celebración no exige renunciar a los disfraces ni a la decoración, según el planteamiento recogido en el informe. La primera recomendación es revisar el clóset antes de salir a comprar: camisas blancas, prendas negras y ropa en desuso pueden convertirse en la base de un disfraz, completado con accesorios y maquillaje sin adquirir un conjunto nuevo.
La segunda alternativa es reutilizar o intercambiar disfraces a través de mercados de segunda mano, tiendas de intercambio o acuerdos informales entre familiares, amigos o compañeros de trabajo. Cuando la compra de una prenda nueva resulte inevitable, la tercera recomendación es priorizar piezas que puedan incorporarse al vestuario habitual o reutilizarse en otras celebraciones, en lugar de disfraces de un solo uso difíciles de aprovechar después del 31 de octubre.
La cuarta sugerencia apunta a darle otra vida a la decoración —guardar los adornos para el año siguiente— y a separar correctamente los residuos de empaques según las posibilidades de reciclaje de cada material y las normas de aseo de cada ciudad, teniendo en cuenta que no todos los envoltorios de dulces son reciclables pese a su apariencia.
La quinta recomendación propone convertir la celebración en una actividad solidaria: concursos de disfraces elaborados con materiales reutilizados pueden incentivar la creatividad al tiempo que reducen el desperdicio, y algunas actividades alrededor de la fecha pueden destinar recursos a iniciativas en beneficio de niños y niñas en situación vulnerable.
El debate sobre el impacto ambiental de las celebraciones de temporada no es exclusivo de Halloween. En el plano internacional, discusiones sobre el consumo de recursos y sus efectos estructurales han ocupado análisis recientes, como el que atribuye las protestas sociales en Europa a cinco fallas estructurales señaladas por el expresidente Iván Duque, que incluyen tensiones económicas y de consumo en distintas sociedades.
El reporte de Fairyland Trust y Hubbub, pese a sus siete años de antigüedad y su alcance geográfico limitado al Reino Unido, sigue siendo una de las referencias más citadas por organizaciones ambientales para ilustrar el costo material de una celebración que, según plantea el propio informe, no requiere renunciar a su esencia festiva para reducir su huella.
La diferencia, según concluye el material, está en lo que se compra, lo que se reutiliza y lo que termina desechado cuando acaba la fiesta. Antes de elegir un atuendo pensado para una sola noche, vale la pena revisar si en casa ya existen los elementos necesarios para construir un disfraz sin sumar más residuos a la cadena de recolección urbana.