La pata de Barcelona es, en apariencia, la más brillante y la menos relevante para la vida cotidiana de los ciudadanos españoles. La cumbre del GPM, con sus 3.000 participantes, sus mandatarios progresistas y sus declaraciones de 32 puntos, cumple una función esencial en la narrativa de Sánchez: proyectar la imagen de un líder que convoca y dirige mientras su país atraviesa una crisis interna que le impide aprobar un simple decreto de bonificaciones a autónomos. La foto de Barcelona es poderosa —Lula, Sheinbaum, Ramaphosa, Petro, Orsi, Costa—, pero su poder es efímero: el lunes, cuando los aviones hayan despegado y las cámaras vuelvan al hemiciclo, la imagen que quedará no será la del líder global sino la del presidente que necesita siete votos que no tiene. La cumbre ha servido, eso sí, para poner de manifiesto una verdad que el progresismo europeo lleva años evitando: que su capacidad de convocar es inversamente proporcional a su capacidad de gobernar. Sánchez puede reunir a los líderes de quince países en Barcelona, pero no puede reunir los votos de siete diputados de Junts en Madrid. La contradicción es tan evidente que ni siquiera necesita ser señalada por la oposición: se señala sola.
La pata de Waterloo es la más destructiva y la más impredecible. La ruptura de Puigdemont con Sumar tras las declaraciones de Díaz no es un episodio más de la serie infinita de crisis entre el independentismo y el Gobierno: es un punto de inflexión que altera las reglas del juego porque introduce en la ecuación un elemento nuevo: la mención explícita a una posible moción de censura del PP. Que Puigdemont hable de apoyar a Feijóo —aunque sea con la ambigüedad calculada que le caracteriza— supone una transgresión del pacto no escrito que ha sostenido la legislatura: el independentismo puede negociar duro, puede bloquear, puede exigir contrapartidas exorbitantes, pero no puede cruzar la línea de entregar el poder a la derecha española. Si esa línea se ha difuminado —y el comunicado del jueves sugiere que, al menos retóricamente, se ha difuminado—, la aritmética parlamentaria de Sánchez deja de ser difícil para convertirse en imposible. No porque Junts vaya realmente a votar una moción de censura, sino porque la mera posibilidad de que lo haga convierte cada negociación en un ejercicio de chantaje asimétrico donde el independentismo tiene todo el poder de amenaza y el Gobierno toda la vulnerabilidad.
La pata de Mérida es la más silenciosa de las tres pero quizá la más transformadora a medio plazo. El acuerdo PP-Vox en Extremadura no es solo un pacto autonómico: es la primera pieza de un mosaico territorial que la derecha lleva meses diseñando y que aspira a ofrecer una alternativa de gobierno visible y funcional frente a la parálisis del Gobierno de Sánchez. Si la coalición extremeña funciona —si sobrevive a las primeras crisis, si aprueba presupuestos, si gestiona servicios públicos sin escándalos—, el efecto demostración será formidable: otras comunidades seguirán el modelo, Vox dejará de ser percibido como un socio tóxico y el PP podrá presentarse ante los ciudadanos como la fuerza capaz de construir mayorías estables. Si fracasa —como fracasaron las coaliciones de 2023—, el daño será igualmente simétrico y alimentará la narrativa de que la derecha española es tan incapaz de gobernar unida como la izquierda de mantener sus alianzas. Mérida, en definitiva, es el laboratorio donde se testea la viabilidad de la alternativa, y el resultado del experimento condicionará las elecciones generales cuando quiera que estas lleguen.
Lo que hace excepcional este momento no es cada una de las tres crisis por separado —la diplomacia progresista, la ruptura independentista y la coalición de derechas son fenómenos recurrentes en la política española— sino su convergencia simultánea en un lapso de 48 horas que ha dejado al descubierto la fragilidad estructural del sistema. España opera, desde noviembre de 2023, con un gobierno que no tiene presupuestos, que no tiene mayoría estable, que depende de aliados que no comparten ni sus valores ni su proyecto y que compensa su debilidad interna con una hiperactividad exterior que los ciudadanos empiezan a percibir como huida hacia adelante. La oposición, por su parte, carece de los votos para forzar un cambio de gobierno por vía parlamentaria pero tiene la capacidad de erosionar al ejecutivo día a día, decreto a decreto, crisis a crisis. Y en medio, siete diputados de un partido independentista liderado desde Bélgica por un prófugo de la justicia que tiene más poder real sobre la estabilidad de España que la mayoría de los ministros del Consejo. El sistema funciona, pero funciona como un alambre tenso: soporta la carga mientras nadie lo agita, y esta semana lo han agitado desde tres direcciones a la vez.
La visita de María Corina Machado ha añadido una cuarta dimensión al tablero que complica aún más la posición de Sánchez. La Nobel de la Paz venezolana, recibida con honores por Feijóo, Ayuso y Abascal, ha puesto de manifiesto que la derecha española es capaz de construir consensos simbólicos —la causa venezolana— que el Gobierno no puede ni abrazar ni rechazar sin coste político. Sánchez no puede recibir a Machado sin romper el canal con Maduro, pero no puede ignorarla sin parecer cómplice de una dictadura. La trampa es perfecta y la oposición lo sabe: cada foto de Machado con un líder de la derecha española es un recordatorio de que Moncloa ha elegido la diplomacia del silencio frente a una causa que la mayoría de los ciudadanos apoya. La cuestión venezolana, dormida durante meses, ha resucitado en el peor momento posible para un presidente que necesita el fin de semana para que las fotos de Barcelona dominen los informativos, no las de Génova.
El editorial que este periódico publicó ayer noche anticipaba que la semana pasaría factura al equilibrio del Gobierno, pero la velocidad y la profundidad de los acontecimientos han superado cualquier previsión razonable. Hace siete días, Sánchez se preparaba para presidir una cumbre internacional que debía reforzar su imagen de estadista; hoy se enfrenta a una crisis parlamentaria que amenaza con tumbar el decreto social, a un juicio en el Supremo que cada día produce titulares más comprometedores, a una oposición que ha encontrado en Machado y en Extremadura dos argumentos que le permiten dominar la agenda del fin de semana, y a un socio independentista que ha decidido que las palabras de una vicepresidenta valen más que la estabilidad de un gobierno. La política española ha entrado en un período de turbulencia múltiple donde cada crisis retroalimenta a las demás y donde la capacidad de gestión del ejecutivo se mide no por lo que hace sino por lo que consigue evitar que se derrumbe.
¿Qué puede hacer Sánchez ante un tablero de tres patas en el que cada una amenaza con ceder? Las opciones son limitadas y todas implican costes. Puede ceder ante Puigdemont —retractar a Díaz, ofrecer concesiones al independentismo, comprar tiempo—, pero cada cesión refuerza la imagen de un gobierno rehén de Waterloo. Puede plantar cara —mantener a Díaz, asumir la derrota del decreto, esperar que Junts vuelva cuando necesite algo—, pero esa estrategia de aguante tiene un límite temporal que se llama presupuestos de 2027. O puede optar por lo que algunos en Moncloa empiezan a susurrar como escenario posible: la remodelación del gobierno, el cambio de narrativa y la búsqueda de un nuevo ciclo político que permita llegar a la primavera de 2027 sin depender exclusivamente de los siete votos de Junts. Ninguna de las tres opciones es buena, y todas revelan la verdad incómoda que este editorial quiere señalar: España necesita un gobierno con mayoría, y mientras no lo tenga, cada semana será una versión nueva de esta misma crisis con actores ligeramente diferentes pero con la misma estructura de fondo.
El triángulo Barcelona-Waterloo-Mérida es, en última instancia, la radiografía de un país que funciona sin consenso. Las democracias maduras requieren, por definición, la capacidad de construir acuerdos amplios que trasciendan las fronteras ideológicas y territoriales. España lleva tres años funcionando con acuerdos estrechos, transaccionales y efímeros que se rompen a la primera tensión. La cumbre de Barcelona es la manifestación internacional de una ambición que no tiene correlato interno. La ruptura de Waterloo es la demostración de que los acuerdos transaccionales solo duran mientras ambas partes calculan que el beneficio supera al coste. Y el pacto de Mérida es la evidencia de que la alternativa, cuando llega, no resuelve la fragmentación sino que la replica con otros actores. El tablero de tres patas no necesita que una ceda para colapsar: basta con que las tres se muevan al mismo tiempo en direcciones opuestas. Esta semana, se han movido.

