|
PortadaParlamentoDeportesOpinión
IBEX 35
Última hora
  1. Una nueva denuncia por agresión sexual señala al alcalde de Algeciras, que no dimite
  2. El vicealcalde de Alicante niega conocer el caso VPP: «Ni tengo constancia»
  3. Las lluvias de otoño arrastran ceniza y lodo del incendio de Burgohondo a los embalses
Editorial

La noche de los siete duelos: España gestiona siete crisis simultáneas y la pregunta no es si el sistema aguanta, sino cuánto más puede aguantar sin que algo se quiebre

Huelva llora a sus guardias civiles, el Hondius trae el hantavirus a aguas españolas, Llarena redacta la sentencia que puede definir una era, Begoña acumula recursos, Trump aprieta el nudo arancelario, Mascate negocia la paz del petróleo y Andalucía vota en siete días con la campaña suspendida. Un editorial sobre la capacidad de las instituciones democráticas para absorber la sobrecarga sin perder la brújula.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
20 min de lectura
Comentarios
La noche de los siete duelos: España gestiona siete crisis simultáneas y la pregunta no es si el sistema aguanta, sino cuánto más puede aguantar sin que algo se quiebre
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Hay noches en las que un país se mira al espejo y no reconoce su propio reflejo. Esta es una de ellas. España cierra el sábado diez de mayo de dos mil veintiséis con siete carpetas de crisis abiertas sobre la mesa del Consejo de Ministros, siete frentes simultáneos que exigen atención presidencial, recursos institucionales y capacidad de gestión en una magnitud que la democracia española no ha experimentado desde los primeros meses de la pandemia del covid-19, y que plantea una pregunta que ningún manual de ciencia política responde con la precisión que la ciudadanía necesita: ¿cuántas crisis simultáneas puede absorber un sistema democrático antes de que la sobrecarga empiece a generar fallos, no espectaculares ni dramáticos, sino silenciosos, burocráticos, imperceptibles hasta que ya es demasiado tarde?

Enumeremos las siete carpetas porque la enumeración, por sí sola, produce un efecto de acumulación que ningún análisis individual puede reproducir. Primera: Huelva entierra a dos guardias civiles muertos en acto de servicio durante una persecución contra narcotraficantes que, según la investigación interna, nunca debió autorizarse sin apoyo aéreo. Segunda: el crucero MV Hondius fondea esta noche frente a Granadilla de Abona con cuarenta y siete personas infectadas por un hantavirus cuya cepa es la única conocida que se transmite entre humanos, seis muertos a bordo y un caso sospechoso en Barcelona que podría confirmar que el virus ya ha llegado a la Península. Tercera: el magistrado Llarena comienza a redactar la sentencia del caso Koldo, trescientas páginas que decidirán si un exministro del Gobierno de España pasa los próximos dieciséis años en prisión, mientras el PP exige que el fallo se conozca antes de las elecciones andaluzas y el PSOE denuncia presión judicial. Cuarta: Begoña Gómez acumula recursos contra un instructor que la ha convertido en la mujer más investigada de la España reciente, mientras el caso Kitchen programa cirugía para Villarejo y adelanta plazos procesales. Quinta: Trump amenaza con aranceles del veinticinco por ciento a los coches europeos con fecha límite del cuatro de julio, una fecha que los negociadores europeos ven acercarse con la inevitabilidad de un tren sin frenos. Sexta: en Mascate, la sesión nocturna de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos ha producido avances en cuatro de los catorce puntos del acuerdo mientras el barril de Brent oscila en función de cada tuit del presidente estadounidense. Y séptima: Andalucía vota en siete días con la campaña suspendida por el luto de Huelva y con unas encuestas que apuntan a un terremoto político que podría darle al PP su primera mayoría absoluta en la comunidad que el PSOE gobernó durante casi cuatro décadas.

Lo que llama la atención de esta convergencia no es la gravedad de cada crisis individual —España ha afrontado crisis peores en cada una de esas categorías— sino la simultaneidad, que genera un efecto multiplicador cuya gestión excede la capacidad de cualquier gobierno, independientemente de su signo político. Un gobierno que debe organizar un funeral de Estado el lunes mientras evacúa un crucero infectado, delibera sobre aranceles con Bruselas, gestiona la presión de una sentencia judicial histórica y mantiene la ficción de una campaña electoral normal no es un gobierno que pueda dedicar a cada una de esas tareas el cien por cien de su atención. Y un gobierno que no puede dedicar el cien por cien de su atención a una crisis sanitaria con un virus de transmisión interhumana fondado a un kilómetro de sus costas es un gobierno que corre el riesgo de cometer errores que la ciudadanía no le perdonará. No es una acusación: es una constatación de los límites de la capacidad institucional cuando la realidad desborda los protocolos, los organigramas y las jornadas laborales de los funcionarios que, a esta hora de un sábado noche, trabajan en siete ministerios diferentes intentando que ninguna de las siete carpetas se descontrole.

El Consejo de Ministros tiene prevista una reunión extraordinaria para el martes que, según fuentes de la Moncloa, abordará al menos cuatro de las siete crisis: la evacuación del Hondius, la propuesta de inversión en el SERMAR, la contrapropuesta arancelaria a Washington y las medidas de apoyo a las familias de los guardias civiles fallecidos. Las otras tres —el caso Koldo, el caso Begoña y las elecciones andaluzas— quedan fuera del orden del día por razones que combinan la separación de poderes con el cálculo político: el Gobierno no puede —ni debe— pronunciarse sobre una deliberación judicial en curso, no puede —ni quiere— opinar sobre la instrucción que afecta a la esposa del presidente, y no puede —ni le conviene— convertir el Consejo de Ministros en un comité de campaña cuando la suspensión del luto ha establecido una tregua que todos los partidos tienen interés en respetar. Pero la exclusión de esos tres asuntos del orden del día no significa que desaparezcan de la conversación: los ministros que se sienten alrededor de esa mesa el martes llevarán en la cabeza la sentencia de Koldo, el recurso de Begoña y las encuestas del diecisiete de mayo con la misma intensidad con la que llevarán los informes del Hondius y los cables de Bruselas, y esa presión cruzada condicionará inevitablemente la calidad de las decisiones que tomen sobre las crisis que sí figuran en la agenda.

La democracia española ha demostrado en las últimas décadas una resiliencia institucional que los analistas internacionales suelen subestimar. Sobrevivió a un golpe de Estado en mil novecientos ochenta y uno, a la crisis del terrorismo de ETA, a la burbuja inmobiliaria de dos mil ocho, a la crisis de deuda de dos mil doce, al procés catalán de dos mil diecisiete, a la pandemia de dos mil veinte y a la crisis energética de dos mil veintidós. En cada una de esas pruebas, las instituciones flexionaron pero no se quebraron, los partidos se enfrentaron pero no dinamitaron el consenso constitucional, y la ciudadanía protestó pero no abandonó los cauces democráticos. Sin embargo, cada crisis dejó grietas que la siguiente amplió: la desconfianza en la Justicia es mayor después del procés, la credibilidad de los partidos es menor después de los casos de corrupción, la confianza en el sistema sanitario es más frágil después de la pandemia, y la paciencia de los ciudadanos con la clase política es más corta después de cada legislatura que promete reformas y entrega parches. Las siete carpetas de este sábado caen sobre unas instituciones que, individualmente, podrían gestionarlas, pero que, juntas y simultáneamente, ponen a prueba la capacidad de un Estado cuya arquitectura fue diseñada para afrontar crisis secuenciales, no paralelas.

El caso del Hondius es, quizá, el que mejor ilustra los riesgos de la sobrecarga institucional. Un brote de hantavirus con transmisión interhumana en un buque que fondea frente a las costas de un país europeo es, por sí solo, una emergencia sanitaria de primer orden que requiere la movilización coordinada de Sanidad, Interior, Defensa, Asuntos Exteriores y Transición Ecológica, además de la coordinación con la OMS, con los gobiernos de los países de origen de los pasajeros y con las autoridades portuarias de Canarias. Pero esta noche, esa coordinación se produce mientras el mismo Ministerio de Interior que gestiona la evacuación del buque investiga la cadena de mando que dejó sin apoyo aéreo a dos guardias civiles en Huelva, mientras el mismo Ministerio de Defensa que ha enviado fragatas y lanchas sanitarias a Granadilla prepara la logística del funeral de Estado del lunes, y mientras el mismo equipo de comunicación de la Moncloa que debe transmitir calma sobre el hantavirus tiene que gestionar la narrativa del caso Koldo, las declaraciones de Armengol y la suspensión de la campaña andaluza. La dispersión de la atención institucional es inevitable, pero sus consecuencias podrían ser graves si un error logístico en la evacuación del Hondius, una filtración descontrolada en el caso Koldo o un incidente de seguridad en el funeral de Huelva obligan a improvisar respuestas en un escenario donde la improvisación multiplica los riesgos.

Hay un concepto en la teoría de sistemas complejos que resulta útil para entender lo que España atraviesa esta noche: el de acoplamiento estrecho, definido por el sociólogo Charles Perrow como la condición de un sistema donde las partes están tan interconectadas que un fallo en una de ellas se propaga rápidamente a las demás. España en mayo de dos mil veintiséis es un sistema estrechamente acoplado: el luto de Huelva suspende la campaña andaluza, la suspensión de la campaña altera el cálculo electoral que condiciona la presión sobre la sentencia de Koldo, la sentencia de Koldo afecta a la estabilidad del Gobierno que gestiona la evacuación del Hondius, y la evacuación del Hondius consume recursos de Interior que deberían estar dedicados al narcotráfico en el Estrecho que mató a los guardias civiles de Huelva. El círculo se cierra sobre sí mismo con una elegancia perversa que ningún gestor diseñó y que ningún protocolo puede romper, porque cada crisis alimenta a las demás en un bucle de retroalimentación que solo se detendrá cuando alguna de ellas se resuelva o cuando alguna de ellas estalle.

No sabemos cuál de las siete carpetas se cerrará primero. Quizá sea la de Mascate, si las negociaciones entre Irán y Estados Unidos producen un acuerdo que estabilice el precio del petróleo y devuelva una variable de certidumbre a una ecuación que tiene demasiadas incógnitas. Quizá sea la del Hondius, si la evacuación del lunes se ejecuta sin complicaciones y el caso sospechoso de Barcelona resulta ser negativo. O quizá sea la de Andalucía, si las elecciones del diecisiete de mayo producen un resultado tan claro que elimine la incertidumbre electoral del paisaje y permita a la clase política concentrarse en las crisis que realmente importan. Pero tampoco sabemos cuál de las siete carpetas estallará primero, y esa incertidumbre es la que convierte esta noche de sábado en una de esas noches que los cronistas recordarán como el momento en que todo pendía de un hilo y nadie sabía cuál de los siete hilos se rompería antes.

España cierra el sábado con las mismas siete carpetas del amanecer. Solo que ahora pesan más. Los guardias civiles de Huelva siguen muertos, el Hondius sigue fondeado, Llarena sigue escribiendo, Camacho sigue recurriendo, Trump sigue amenazando, Rubio sigue negociando y las urnas andaluzas siguen esperando. La democracia española tiene por delante una semana que pondrá a prueba su capacidad de gestionar lo imposible con los medios de lo posible. Si lo consigue, habrá demostrado una vez más la resiliencia que la ha sostenido durante casi medio siglo. Si no lo consigue, las grietas que se abran esta semana tardarán años en cerrarse. Y entonces, cuando los historiadores miren hacia atrás, señalarán esta noche como el momento en que las siete carpetas dejaron de ser siete crisis separadas y se convirtieron en una sola: la crisis de un país que intentó hacer todo a la vez y descubrió, demasiado tarde o justo a tiempo, que la democracia no es un sistema infalible sino un mecanismo frágil que funciona porque las personas que lo manejan deciden, cada día, que siga funcionando.

¿Qué te ha parecido esta pieza?

Siguiente en Opinión →El Estado como único postor
¿Tienes información para ampliar esta noticia? Escríbenos por el canal para informantes — protegemos a las fuentes.¿Error en este artículo? → Infórmanos

Comentarios

Comentas como Anónimo — seudónimo generado localmente, sin cuenta
0/1000

Cargando la conversación…

Los comentarios son anónimos. El Hemiciclo no registra IPs ni vincula comentarios a cuentas de usuario. Tu seudónimo y tus comentarios se guardan solo en este dispositivo. Conexión cifrada (HTTPS).

Sigue leyendo en El Hemiciclo