Aceptemos también la segunda premisa, porque está en el documento y porque es verdad: el fenómeno no responde a un capricho de la demanda, sino a una contracción de la oferta. Se dañan los cultivos, se cortan los caminos, el camión no llega al mercado de abasto. Hasta aquí, nada que objetar. Los propios autores lo dicen con la precisión de quien no quiere equívocos: el mecanismo es congruente con un choque de oferta, no de demanda. Guárdese usted esa distinción, que más adelante la vamos a necesitar.
Aceptemos la tercera, que es la más incómoda y la más honesta: el golpe no cae igual para todos. El estudio documenta una asimetría geográfica sin pudor. Donde la infraestructura es menos desarrollada, el precio sube más. El sureste y las costas del Pacífico, históricamente más expuestos, pagan la cuenta más abultada; las zonas metropolitanas con mercados diversificados la absorben mejor. Es decir: quien ya tenía peores caminos, peor almacenamiento y peor logística, también se come la inflación más alta. El viento no discrimina, pero la carretera sí.
Y aceptemos, para no dejar cabo suelto, la cuarta premisa, la que mira al futuro con cara de advertencia: el cambio climático podría aumentar la severidad de los ciclones, en particular de los huracanes mayores, de modo que las presiones sobre los precios de los alimentos serían mayores en los años próximos. Los investigadores lo escriben sin dramatismo: los huracanes más intensos provocarían mayores aumentos. No es un pronóstico, es una deducción. La verdura, señoras y señores, va a seguir subiendo con el termómetro.
Vamos sumando, entonces, cuatro verdades que nadie firma con reparo. Que el ciclón encarece la comida. Que lo hace por el lado de la oferta. Que castiga más a quien peor infraestructura tiene. Que el futuro trae ciclones más bravos. Cuatro premisas, cuatro casillas marcadas. Y aquí es donde conviene detenerse, porque el documento, con una frialdad que se agradece, pronuncia la frase que lo cambia todo: los ciclones tropicales son, dice, un factor estructural y no coyuntural en la formación de precios de los alimentos en el país. Estructural. No una desgracia que pasa, sino una ley que rige.
Escribió Octavio Paz que el Estado mexicano es un ogro filantrópico: una mano que da con la izquierda lo que quita con la derecha, y que vive de que usted necesite siempre la mano. Pues bien: si el clima es estructural, el ogro ya tiene su coartada permanente. Porque observe usted lo que ocurre cuando se juntan las cuatro premisas que acabamos de conceder sin chistar. Si el precio sube por un choque de oferta —y no de demanda—, los propios autores lo dicen con todas sus letras: la solución no es controlar precios al consumidor, sino intervenir en la producción y la logística. Es decir, en los caminos. En el almacenamiento. En los mercados de abasto. En la infraestructura cuya ausencia, según el mismo estudio, explica por qué al sureste le va peor.
Siga usted el hilo hasta el final, que es donde revienta solo. La infraestructura que faltaba en 1988, cuando Gilberto devastó la península de Yucatán, es la misma cuya falta encarece hoy el jitomate en las mismas costas. La carretera que no absorbió el golpe de Wilma en 2005, en Quintana Roo, es la misma que no lo absorbe ahora. Treinta y ocho años de huracanes puntualísimos y la variable que los convierte en inflación —los caminos, los mercados, el abasto— sigue siendo exactamente la que no depende del viento, sino de quién firma el PEF. El ciclón es estructural, de acuerdo. Pero la infraestructura que lo amplifica también lo es, y esa no la manda el Pacífico: la mandan en San Lázaro, renglón por renglón, cada vez que se discute el paquete económico.
De modo que la conclusión que nadie quiere firmar es esta: si el clima es un factor permanente y la vulnerabilidad es geográfica y conocida desde Gilberto, entonces cada 3.1% que sube la verdura tras un ciclón no mide la furia de la naturaleza. Mide la puntualidad con que, año tras año, se decidió no construir lo que el propio banco central señala como remedio. El estudio ofrece la base cuantitativa para que Banxico, las dependencias de abasto y protección civil dimensionen el componente climático de la inflación. Perfecto. Ya está dimensionado. El número existe desde septiembre. Lo que no existe —y eso el documento, honestamente, no lo puede inventar— es el nombre de quien, teniendo el número, decide que el camino al sureste espere un sexenio más.
Así que la pregunta queda colgada, y no es retórica: cuando el próximo huracán vuelva a subir la verdura 3.1% en las costas del Pacífico y el sureste, y la cuenta vuelva a pagarla quien tiene los peores caminos, ¿quién firmará el renglón del PEF que decidió, otra vez, que la culpa fuera del viento?



