El pacto de Turnberry, alcanzado en julio de 2025 entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y Trump en el complejo de golf escocés propiedad del mandatario estadounidense, estableció un techo arancelario general del 15% para la mayoría de las exportaciones europeas a Estados Unidos. La cifra quedó muy por debajo del 30% que Washington había amagado con imponer meses antes, en plena escalada comercial.
Aquel acuerdo, conducido por el comisario de Comercio, Maroš Šefčovič, evitó una guerra arancelaria abierta entre los dos mayores bloques comerciales del mundo. A cambio de la rebaja, la UE se comprometió a incrementar sus compras de energía estadounidense y a facilitar inversiones europeas en suelo norteamericano en los años siguientes, según el marco político entonces divulgado.
Un año después, la Casa Blanca ha anunciado nuevos gravámenes del 10%, una cifra que el Ejecutivo comunitario considera compatible con lo pactado al no superar el límite acordado. La decisión, ha trasladado la Comisión, "aporta un impulso positivo para seguir trabajando en la búsqueda de nuevas exenciones", en lo que Bruselas presenta como una oportunidad y no como una amenaza.
El margen para nuevas exenciones
La Comisión entiende que el movimiento facilita continuar las conversaciones técnicas orientadas a lograr exenciones adicionales en sectores considerados sensibles, como el automovilístico, el farmacéutico o el del acero, que quedaron parcialmente al margen del acuerdo original o sujetos a revisiones periódicas. El propio marco de Turnberry contemplaba mecanismos de diálogo permanente para revisar caso por caso los aranceles aplicables a productos concretos, en un formato que recuerda a los comités mixtos previstos en otros acuerdos comerciales de la UE, como el CETA con Canadá.
La patronal europea de la automoción y otras organizaciones sectoriales han reclamado en los últimos meses que cualquier revisión arancelaria incluya garantías de estabilidad a medio plazo, ante el temor de que la Administración Trump utilice los aranceles como herramienta de presión recurrente en negociaciones paralelas, ya sea sobre gasto en defensa dentro de la OTAN o sobre regulación digital en el mercado único europeo.
La actual dinámica hunde sus raíces en el primer mandato de Trump (2017-2021), cuando Washington impuso gravámenes al acero y aluminio europeos invocando razones de seguridad nacional, medida a la que la UE respondió con aranceles espejo sobre productos icónicos estadounidenses como el bourbon o las motocicletas Harley-Davidson. Aquella disputa se congeló parcialmente durante la Administración Biden, pero resurgió tras el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025.
El acuerdo de Turnberry se negoció precisamente para evitar una repetición de aquel episodio en un contexto de fragilidad económica global, con la industria alemana, especialmente expuesta al mercado estadounidense, atravesando una fase de ralentización vinculada en parte a la incertidumbre comercial. La fórmula del techo general, en lugar de una eliminación completa de aranceles, refleja el reconocimiento por ambas partes de que el proteccionismo se ha consolidado como elemento estructural de la política comercial estadounidense, una tendencia que ya se apuntaba con los gravámenes de la etapa Biden a los vehículos eléctricos chinos.
Las cautelas internas y el calendario negociador
El acuerdo no ha estado exento de tensiones internas. Gobiernos como el de Francia han expresado reservas sobre su equilibrio, al considerar que las concesiones europeas en materia energética y de inversión resultaron elevadas frente a la rebaja arancelaria obtenida. Alemania, más dependiente de las exportaciones industriales al mercado estadounidense, ha respaldado con mayor decisión la vía negociadora frente a la confrontación abierta.
El Parlamento Europeo, que no participó directamente en la negociación por tratarse de un pacto marco de naturaleza política y no de un tratado comercial formal sujeto a ratificación, ha reclamado en distintas ocasiones mayor transparencia sobre el contenido íntegro de los compromisos asumidos por la Comisión, incluidos los relativos a compras energéticas e inversión.
El comisario Šefčovič deberá concretar en las próximas semanas el alcance exacto de los nuevos aranceles del 10% y determinar qué categorías de productos quedarían afectadas, un extremo que Bruselas no ha detallado públicamente. El foco de los próximos meses estará en si la Comisión logra materializar exenciones concretas dentro del ciclo de revisión previsto y en si Washington mantiene la disciplina del techo del 15% o introduce nuevas excepciones, en un ejercicio marcado también por las negociaciones comerciales paralelas que Estados Unidos mantiene con China y otros socios asiáticos.
