Los datos desglosados por provincia a las 17:00 dibujan un mapa electoral partido en dos mitades casi simétricas. En la mitad costera — Málaga, Cádiz, Huelva y Almería —, la participación se sitúa entre el 54,2% de Cádiz y el 57,1% de Málaga, cifras que están entre uno y tres puntos por encima de las registradas en 2022 a la misma hora y que los analistas interpretan como una señal de movilización superior a la esperada, especialmente en los núcleos urbanos de más de 100.000 habitantes donde el PP concentra el grueso de su electorado. En Málaga capital, los datos por mesa que El Hemiciclo ha podido recopilar de fuentes de todos los partidos muestran participaciones del 59-62% en los distritos de Teatinos, Campanillas y Ciudad Jardín, zonas de clase media y media-alta donde el PP arrasó en 2022 con porcentajes superiores al 45%, lo que sugiere que la maquinaria de movilización del partido de Moreno Bonilla ha funcionado con eficacia quirúrgica en su principal feudo. En Sevilla capital, el panorama es más matizado: la participación global a las 17:00 es del 55,8%, pero la distribución por distritos revela una brecha significativa entre el centro y el extrarradio. En los distritos del Casco Antiguo, Nervión y Los Remedios — territorio tradicional del PP —, la participación supera el 58%, mientras que en Polígono Sur, Torreblanca y el Cerro del Águila — bastiones históricos del PSOE — se queda entre el 49% y el 52%, una diferencia de seis a nueve puntos que, si se mantiene hasta el cierre, podría traducirse en un escaño adicional para el PP en la circunscripción de Sevilla.
En la mitad interior — Jaén, Córdoba, Granada y en menor medida Sevilla provincia —, el panorama es radicalmente distinto. Jaén registra a las 17:00 una participación del 44,8%, más de ocho puntos por debajo de la media regional y la cifra más baja de las ocho provincias con una diferencia abismal. Las razones son exclusivamente meteorológicas: la alerta naranja que la AEMET activó a las 06:00 de esta mañana se ha cumplido con precisión de reloj — entre las 10:00 y las 14:00 se registraron acumulaciones de 47 litros por metro cuadrado en Linares, 52 en Andújar y 61 en Úbeda, esta última superando el umbral de la alerta naranja y situándose en territorio de alerta roja durante dos horas —, y aunque la lluvia ha amainado a partir de las 15:30, los efectos sobre la participación son irreversibles. Los votantes que no acudieron a las urnas durante la mañana — cuando tradicionalmente vota el 60% del electorado total — no van a compensar esa ausencia por la tarde: los estudios electorales demuestran que la participación matinal perdida no se recupera nunca íntegramente, y que como máximo un 30-40% de los ausentes matinales acuden por la tarde, lo que significa que Jaén cerrará la jornada con una participación estimada entre el 52% y el 56%, entre seis y diez puntos por debajo de la media regional prevista. Córdoba presenta un patrón similar aunque ligeramente menos dramático: 46,3% a las 17:00, con acumulaciones de lluvia que alcanzaron los 38 litros en la capital y los 44 en Lucena, suficientes para desalentar al electorado moderado pero no para paralizar la jornada. Granada, protegida parcialmente por la sierra que actuó como barrera orográfica contra la DANA, se sitúa en un 51,2% que está en la media de lo esperado.
La aritmética que los gabinetes de los partidos están calculando con febrilidad en estas últimas horas antes del cierre de urnas es sencilla en su planteamiento pero diabólica en sus implicaciones. La ley D'Hondt, que rige el reparto de escaños en el Parlamento andaluz, castiga con dureza la abstención en las circunscripciones pequeñas y medianas: cuando la participación cae, el umbral efectivo para obtener representación sube porque los restos electorales se concentran en menos votos, lo que beneficia a los partidos grandes pero solo hasta un punto — cuando la caída es tan severa como la que se registra en Jaén, el efecto se invierte porque los escaños de la circunscripción se reparten entre tan pocos votos que las formaciones minoritarias pueden colarse con porcentajes que en una jornada de participación normal no les darían representación. En Jaén, que elige 12 escaños, las proyecciones que manejan los partidos a las 17:00 — basadas en la participación observada y en los patrones históricos de voto por franja horaria — oscilan entre 5 y 6 escaños para el PP, entre 3 y 4 para el PSOE y entre 2 y 3 para Vox, con Adelante Andalucía al filo del escaño. Si el PP obtiene 5 en lugar de 6 en Jaén — un escaño que depende de apenas 3.000-4.000 votos según los modelos —, la mayoría absoluta pasa de ser probable a ser incierta. En Córdoba (11 escaños), la diferencia entre 5 y 4 escaños para el PP es igualmente estrecha: los modelos sitúan el umbral en torno al 37,5% de voto popular en la provincia, y una participación deprimida reduce el número absoluto de votos necesarios para alcanzar ese porcentaje pero también amplifica el peso de los votantes movilizados de Vox y Adelante, que acuden a las urnas independientemente del tiempo.
En la sede del PP-A en la calle San Fernando de Sevilla, el equipo de análisis de datos dirigido por el vicesecretario de organización Antonio Repullo monitoriza en tiempo real la participación mesa a mesa en las ocho provincias a través de un sistema de mensajería cifrada que conecta a los 1.247 interventores del partido. A las 17:15, Repullo ha trasladado a Moreno — que permanece en su domicilio de Málaga desde que votó a las 10:00 — un mensaje que fuentes cercanas al presidente resumen como «cautamente optimistas en el global, preocupados por Jaén». La preocupación no es abstracta: si el PP pierde un escaño en Jaén y otro en Córdoba respecto a las proyecciones previas a la jornada, su resultado total caería de los 55-56 que las encuestas le asignaban a 53-54, obligándole a negociar con Vox. En la sede del PSOE-A, el ambiente es de resignación combativa. Teresa Montero ha trasladado a sus coordinadores provinciales un mensaje breve: «Cada voto cuenta, no paramos hasta las 20:00». Los socialistas saben que la participación deprimida en Jaén y Córdoba les perjudica tanto o más que al PP — el PSOE tiene allí votantes fieles pero poco movilizados, especialmente jubilados en municipios rurales donde la lluvia ha convertido los caminos de acceso a los colegios en barrizales —, pero confían en que el desplome de Jaén arrastre al PP más que a ellos porque en esa provincia el PP tiene más margen de caída desde un porcentaje base más alto.
Vox vive la jornada con una satisfacción discreta que sus dirigentes se cuidan de no mostrar ante las cámaras. Manuel Gavira ha votado a las 11:30 en Sevilla y ha pronunciado una declaración ante los medios en la que ha pedido «una participación masiva porque Andalucía merece un gobierno fuerte», pero en privado las fuentes del partido reconocen que la baja participación en Jaén y Córdoba es una bendición inesperada. El electorado de Vox en Andalucía tiene un perfil demográfico específico: varones de 35-55 años, residentes en municipios de 20.000-100.000 habitantes, con empleo fijo y alta motivación ideológica. Este perfil se traduce en un votante que acude a las urnas con independencia del tiempo, que no se deja disuadir por la lluvia y que no necesita que nadie le llame por teléfono para recordarle que hoy se vota. Los modelos de Vox, más sofisticados de lo que su imagen pública sugiere, proyectan que con una participación final del 58-60%, el partido podría obtener entre 18 y 21 escaños, un resultado que le permitiría exigir condiciones duras en una eventual negociación con el PP si Moreno no alcanza la absoluta. La paradoja es deliciosa: cuanto más llueve en Jaén y Córdoba, más fuerte sale Vox, y cuanto más fuerte sale Vox, más incómoda es la negociación para Moreno, que durante toda la campaña ha repetido como un mantra que prefiere la mayoría absoluta para gobernar sin hipotecas a la derecha.
Adelante Andalucía, la formación de Inmaculada Nieto, afronta las últimas horas con la ansiedad existencial de quien sabe que el umbral de representación puede ser su verdugo o su salvador. Con un 6-8% en las encuestas, el partido necesita que la participación sea alta en las capitales de provincia — especialmente en Sevilla, Cádiz y Córdoba, donde concentra su electorado — para superar la barrera efectiva del 5% que la ley D'Hondt impone en las circunscripciones más pequeñas. El dato de Sevilla capital a las 17:00 — 55,8% — les da oxígeno, pero el de Córdoba — 46,3% — les ahoga. Los analistas de Adelante calculan que necesitan al menos un 54% de participación en Córdoba para tener opciones a un segundo escaño en esa provincia; con el 46,3% registrado, ese escaño se evapora y con él la posibilidad de llegar a los 8-9 escaños que les permitirían ser una fuerza parlamentaria con peso suficiente para negociar. Por Andalucía, la coalición liderada por Toni Valero, vive un drama similar pero agravado: sus encuestas le sitúan en el 3,5-4,5%, peligrosamente cerca del umbral de representación en las circunscripciones grandes, y una participación baja en Sevilla podría dejarles fuera del Parlamento, un escenario que sus dirigentes consideran posible pero que no quieren verbalizar en público.
Los últimos noventa minutos antes del cierre de urnas son, en la tradición electoral española, los más intensos y los más impredecibles. Entre las 18:30 y las 20:00, los partidos despliegan sus últimas reservas de movilización: voluntarios con listas de votantes pendientes que llaman por teléfono, vehículos que ofrecen transporte a personas mayores, mensajes de WhatsApp — que técnicamente no constituyen propaganda electoral si no incluyen petición explícita de voto — recordando que los colegios cierran a las 20:00 y que todo ciudadano que esté dentro del recinto o en la cola antes de esa hora tiene derecho a votar aunque la cola se prolongue más allá de las 20:00. En esta recta final, cada voto pesa más que al principio de la jornada porque los márgenes son más estrechos: si la diferencia entre la absoluta y el pacto se reduce a un escaño, y ese escaño depende de 3.000 votos en Jaén, entonces los 3.000 votantes que decidan acudir al colegio en los últimos noventa minutos de una tarde que empieza a despejarse serán, sin saberlo, los arquitectos del gobierno de Andalucía durante los próximos cuatro años. A las 20:00 en punto, las puertas de los 9.106 colegios se cerrarán y comenzará el escrutinio. Los exit polls de Canal Sur, TVE y Forta ofrecerán su primera proyección simultáneamente, y en ese momento la especulación se convertirá en dato, la incertidumbre en certeza o en sorpresa, y la tarde de las urnas mojadas revelará si la lluvia fue un accidente meteorológico o un actor político que cambió el destino de Andalucía.
Queda una imagen que resume esta jornada mejor que cualquier dato: a las 16:45, en el colegio público Andrés de Vandelvira de Linares, provincia de Jaén, una mujer de unos setenta años ha llegado con un paraguas roto y los zapatos empapados tras caminar quince minutos desde su domicilio por calles con varios centímetros de agua. Los interventores de todos los partidos la han aplaudido espontáneamente cuando ha introducido su sobre en la urna. Ella ha sonreído y ha dicho, según el interventor del PSOE que ha relatado la escena a un corresponsal de El Hemiciclo: «He votado en todas las elecciones desde 1977 y no va a ser una tormenta la que me quite esto.» En ese gesto — un paraguas roto, unos zapatos mojados, un sobre depositado con la solemnidad de quien sabe que cada voto es un acto de fe en la democracia — está condensada toda la épica silenciosa de una jornada que la historia recordará como el 17-M de la lluvia, el día en que Andalucía votó bajo siete tormentas y solo una fue meteorológica.


