La investigación parte de un diagnóstico compartido por buena parte del sector agrícola: el uso intensivo del suelo y unas condiciones climáticas cada vez más extremas han ido erosionando la vida microbiana bajo los cultivos. En el caso del viñedo, esa pérdida de biodiversidad no es un asunto meramente ecológico, sino que repercute directamente en la nutrición de la planta, su resistencia a enfermedades y, en última instancia, en la calidad del mosto que se transforma en vino. «La principal ventaja de su uso es la mejora integral del ecosistema al incrementar la biodiversidad del suelo y mitigar su degradación», resumió Labarga sobre la conclusión central de su trabajo.
Durante tres campañas consecutivas, el equipo tomó 246 muestras de suelo, rizosfera y mosto en dos parcelas comerciales, una en Logroño y otra en Aldeanueva de Ebro, ambas dentro de la Denominación de Origen Calificada Rioja. El análisis se realizó mediante técnicas de secuenciación genética de nueva generación, que permiten identificar con precisión las comunidades de bacterias y hongos presentes en el terreno, algo inviable con los métodos de cultivo microbiológico tradicionales. Se compararon tres tipos de acolchado orgánico —paja, restos de poda de la propia vid y sustrato postcultivo de champiñón— frente a las estrategias convencionales de manejo entre las cepas: el uso de herbicida y el laboreo mecánico.
El acolchado consiste en cubrir la superficie del suelo con estos materiales orgánicos, una técnica agronómica extendida en otros cultivos pero que en el viñedo español ha tenido, hasta ahora, un papel secundario frente a métodos más agresivos con el terreno. Uno de los hallazgos con mayor recorrido práctico es que los cambios en la diversidad microbiana no son inmediatos: los muestreos anuales mostraron que las diferencias significativas entre el acolchado orgánico y las prácticas convencionales solo emergen a partir del tercer año de aplicación continuada. Esta circunstancia tiene una lectura relevante para los viticultores, pues valorar el impacto de la técnica con ensayos de uno o dos años puede llevar a conclusiones erróneas sobre su eficacia real.
El comportamiento tampoco resultó uniforme entre los distintos grupos microbianos. Los hongos se mostraron más sensibles que las bacterias a los cambios de manejo del suelo, lo que sugiere que las comunidades fúngicas podrían actuar como un indicador más temprano y preciso de la salud edáfica. Tampoco hubo un material de acolchado universalmente superior: en la parcela de Logroño, los restos de poda de la propia vid —un subproducto que de otro modo se retira o se quema— fueron los que más impulsaron la diversidad fúngica; en Aldeanueva de Ebro, en cambio, fue la paja la que marcó la diferencia más clara. Según la tesis, no existe una fórmula única y la elección del acolchado debe adaptarse a las condiciones concretas de cada suelo.
Beneficios agronómicos detectados
Entre los efectos concretos que el estudio atribuye a los acolchados orgánicos figura la regulación de la temperatura y la humedad del suelo bajo las cepas, un factor cada vez más relevante en un contexto de veranos más cálidos y secos en la cuenca del Ebro. Ninguno de los tres materiales ensayados favoreció, además, la aparición de hongos patógenos de la madera de la vid, un grupo de enfermedades —como la yesca o la eutipiosis— que preocupa al sector porque carece de tratamientos curativos eficaces una vez instaladas en la planta.
El equipo detectó también levaduras fermentativas compartidas entre las muestras de suelo y las de mosto, lo que apunta a que el terreno podría funcionar como un reservorio microbiano que alimenta después los procesos de fermentación espontánea, un aspecto de interés directo para bodegas que trabajan con levaduras autóctonas en lugar de cepas comerciales seleccionadas. El propio equipo investigador plantea estos resultados como una hoja de ruta para diseñar sistemas vitícolas más resilientes frente al cambio climático y menos dependientes de los productos químicos convencionales.
La financiación del proyecto corrió a cargo del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, dentro de las líneas de apoyo a la investigación agroalimentaria. La tesis, dirigida por Pou Mir y calificada con sobresaliente cum laude y mención internacional, se enmarca en la línea de trabajo del ICVV sobre viticultura de precisión y sostenible, un centro creado en 2009 que ha ido consolidando colaboraciones con bodegas de la región para trasladar sus hallazgos a la práctica comercial.
La preocupación por la degradación del suelo agrícola no es exclusiva de La Rioja ni del sector vitivinícola. La Comisión Europea presentó en 2023 una propuesta de directiva sobre monitorización y resiliencia del suelo que advierte de que la mayoría de los suelos de la Unión no se encuentran en buen estado, una iniciativa legislativa todavía en tramitación. En España, el marco para las prácticas agrícolas sostenibles se articula sobre todo a través de la Política Agraria Común y sus ecoesquemas, que desde 2023 incluyen ayudas ligadas a la cubierta vegetal y el manejo del suelo en cultivos leñosos como el viñedo.
El precedente más directo de este tipo de investigaciones se remonta a los años noventa, cuando distintos centros del CSIC comenzaron a estudiar el efecto de las cubiertas vegetales entre calles de viñedo como alternativa al laboreo, una práctica que ya entonces mostró beneficios en la retención de agua y la prevención de la erosión, aunque sin la resolución genética que ahora permiten las técnicas de secuenciación masiva empleadas en este trabajo. La Rioja, con decenas de miles de hectáreas de viñedo inscritas en su Denominación de Origen Calificada, constituye un banco de pruebas de primer orden para técnicas que podrían extenderse después a otras zonas vitivinícolas españolas con condiciones edáficas y climáticas distintas.
La adopción generalizada de acolchados orgánicos por parte de los viticultores dependerá, no obstante, de factores adicionales que el estudio no abordó directamente: el coste logístico de transportar y aplicar estos materiales a gran escala, su disponibilidad estable —en el caso del sustrato de champiñón, ligada a la producción de otro sector— y la necesidad de mantener el compromiso al menos tres años antes de constatar resultados, un horizonte temporal que exige planificación económica por parte de las explotaciones. El siguiente paso, según el enfoque del propio ICVV, pasa por trasladar estos hallazgos a ensayos en más parcelas y afinar qué material conviene a cada tipo de suelo antes de una recomendación agronómica generalizable.

