La jerarquía que durante décadas enseñaron los libros de texto —nadar como la opción más barata, volar algo más costoso y correr como la más gravosa— procede de un trabajo de 1972 del fisiólogo Knut Schmidt-Nielsen, publicado también en Science. Aquellas mediciones se obtuvieron con animales nadando en tanques, volando en túneles de viento o corriendo sobre cintas mecánicas, entornos sin viento ni térmicas que alterasen el cálculo.
El nuevo estudio combina 17 años de seguimiento por GPS y acelerómetros de 850 individuos pertenecientes a 38 especies de aves y murciélagos, a los que se sumaron cuatro años de registros de radar para incluir a pequeñas aves paseriformes migradoras. En total, el equipo de 68 investigadores analizó 1,4 millones de localizaciones GPS y cerca de 195.000 segmentos de vuelo cruzados con datos atmosféricos de viento y corrientes ascendentes.
"Nuestro estudio demuestra que aves planeadoras pueden desplazarse con un coste energético incluso inferior al de la natación, considerada hasta ahora la forma más barata de locomoción en vertebrados", explica Ainara Cortés Avizanda, investigadora del CSIC en la Estación Biológica de Doñana (EBD), centro que ha aportado datos de seguimiento de cientos de aves recogidos a lo largo de décadas, junto a la Universidad Miguel Hernández y la Universidad de Granada.
El contraste más citado por los autores enfrenta a dos aves de peso similar, alrededor de 11 kilos: el cóndor andino (Vultur gryphus) y el cisne trompetero (Cygnus buccinator). Según el análisis, el cóndor recorre cada kilómetro con una quinta parte de la energía que necesita el cisne, pese a compartir masa corporal. La diferencia está en el uso del aire: el cóndor bate las alas solo durante el 0,1% del tiempo de vuelo porque se deja llevar por corrientes ascendentes, mientras que el cisne aletea cerca del 99% del trayecto.
"Las reglas del laboratorio nos dicen que cóndores y cisnes deberían pagar la misma factura energética porque tienen la misma masa corporal", apunta Emily Shepard, catedrática de la Universidad de Swansea y coautora sénior del trabajo. "Pero al verlos volar, sabemos que tiene que haber una diferencia".
"Cuando los animales voladores tienen acceso a los flujos atmosféricos naturales, disponen de combustible gratuito del cielo. Las aves planeadoras lo utilizan para desplazarse con costes más baratos que nadar", resume Emily Shepard, catedrática de la Universidad de Swansea.
Entre las aves planeadoras, el tamaño corporal invierte la lógica muscular esperada: cuanto mayor es el ave, menos necesita batir las alas y menor es su coste energético de transporte. José Antonio Donázar, investigador del CSIC en la EBD, precisa que estas aves "logran costes de transporte hasta un 79% menores que los de aves de masa similar que vuelan mediante aleteo continuo".
Los buitres ilustran el fenómeno a gran escala: las siete especies analizadas acumularon 128.000 días de vuelo y recorrieron más de 4,3 millones de kilómetros, equivalentes a más de 100 vueltas a la Tierra, batiendo las alas solo entre el 0,1% y el 7% del tiempo. La estrategia, no obstante, depende de condiciones atmosféricas favorables, y las aves planeadoras de mayor tamaño tienen menos margen para elegir cuándo y dónde volar. La misma línea del CSIC cribó recientemente miles de fármacos con inteligencia artificial, como relató esta sección cuando una IA halló un antibiótico veterinario contra el neumococo.
"Para nosotros, el cielo puede parecer un simple telón de fondo para los animales voladores, pero es un recurso esencial que puede cambiar drásticamente el coste de un viaje", señala Martina Scacco, investigadora del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal y primera autora del estudio.