El ácido acetilsalicílico daña las mitocondrias, las estructuras celulares encargadas de producir energía, y ese deterioro provoca una acumulación de grasa en el hígado que compromete su capacidad para depurar toxinas. Cuando el órgano falla, sustancias como el amoníaco se acumulan en la sangre y alcanzan el cerebro, donde generan una inflamación que puede derivar en convulsiones, delirio y coma, los síntomas característicos del síndrome de Reye.
El riesgo se agrava cuando el menor atraviesa una infección viral común, como la gripe o la varicela, precisamente los cuadros para los que antes se prescribía el medicamento con mayor frecuencia. Dado que resulta extremadamente difícil identificar con certeza qué virus concreto provoca la fiebre de un niño en el momento de la consulta, las autoridades sanitarias optaron por eliminar el fármaco de forma generalizada en toda la población pediátrica, en lugar de restringirlo solo a determinados diagnósticos.
La nota informativa que la AEMPS emitió en 2003 recogió la decisión del Comité de Seguridad de Medicamentos de Uso Humano de retirar del mercado las especialidades infantiles con ácido acetilsalicílico, exigir receta médica para las dosis inferiores a 500 miligramos e incluir en el prospecto la contraindicación explícita en procesos febriles, gripe o varicela en menores de 16 años. El límite de edad no marca el punto en el que el fármaco deja de ser peligroso, sino un margen de seguridad respaldado por la evidencia clínica disponible.
El hígado y los sistemas enzimáticos que metabolizan los medicamentos no completan su maduración hasta el final de la adolescencia, lo que mantiene al organismo vulnerable a la toxicidad mitocondrial del ácido acetilsalicílico antes de esa edad. Los estudios clínicos e históricos revisados por el comité confirmaron además que el síndrome de Reye se concentraba casi en exclusiva en bebés, niños y adolescentes, con casos excepcionales a partir de los 16 años.
La restricción española siguió la estela de las agencias anglosajonas, que habían actuado dos décadas antes: la administración estadounidense alertó sobre la relación entre aspirina y síndrome de Reye en 1982 y, a partir de 1986, los envases en Estados Unidos incorporaron una advertencia explícita contra su uso en menores con cuadros febriles. La incidencia de la enfermedad cayó drásticamente en los países que adoptaron esas medidas.
Paracetamol e ibuprofeno como alternativa
El paracetamol se ha consolidado como la primera opción cuando solo hay fiebre y malestar general, por resultar más suave para el estómago. En adolescentes de entre 12 y 16 años la dosis habitual ronda los 500 o 650 miligramos por toma, cada cuatro u ocho horas, sin superar los tres gramos diarios para evitar daños hepáticos. El ibuprofeno se recomienda cuando la fiebre viene acompañada de un proceso inflamatorio, como una amigdalitis o un dolor de oídos, con una dosis de 400 miligramos cada seis u ocho horas y siempre junto con la ingesta de alimentos para proteger la mucosa gástrica.
Los pediatras desaconsejan alternar ambos fármacos por iniciativa propia sin indicación médica. A partir de los 12 años, la dosis depende más del peso del adolescente que de su edad exacta, por lo que conviene revisar siempre el etiquetado de los antigripales de farmacia para evitar duplicar principios activos sin darse cuenta, un error frecuente cuando se combinan varios preparados contra el resfriado. La misma lógica de leer la composición antes de aplicar un producto rige fuera del botiquín: un experto en trucos de hogar desaconseja meter las zapatillas blancas en la lavadora por los daños que provoca.

