El planteamiento se apoya en el concepto que Gates denominó "Human Reserved" (reservado para humanos), un dominio que buscaría delimitar sectores donde la presencia humana se mantendría como condición, no como opción, con independencia de la eficiencia técnica o económica de sustituirla por algoritmos. En entrevistas posteriores, el empresario insistió en fijar ese umbral en 40% de las ocupaciones actuales.
Entre los sectores que identificó como candidatos a esa reserva figuran la educación, la salud y, de manera particular, los cuidados a personas mayores o con enfermedades terminales. Gates sostuvo que ciertas tareas exigen un componente de trato humano que ninguna máquina, por sofisticada que sea, podría replicar sin que se perdiera algo esencial en la interacción.
El caso que Gates usa como argumento
Para ilustrar su tesis, el fundador de Microsoft recurrió a un episodio personal: el cuidado que recibió su padre, fallecido en 2020 por la enfermedad de Alzheimer. "En las últimas etapas de su enfermedad, fue atendido día y noche por cuidadores remunerados que lo comprendían incluso cuando le costaba expresarse. No siempre podía decirles cuándo tenía hambre, pero ellos siempre lo sabían", relató. "La atención que le brindaron a mi padre fue insustituiblemente humana. Ningún robot podría ni debería haberlo hecho".
Gates extendió ese razonamiento a situaciones sensibles como comunicar un diagnóstico irreversible. "No hay ninguna razón técnica por la que no pudiera hacerlo", admitió respecto de la capacidad de una máquina para dar una noticia terrible. "Sin embargo, no debería". El empresario también advirtió que la transición hacia la nueva era de la IA será, en sus palabras, "uno de los momentos más turbulentos en la historia humana", incluso bajo las mejores circunstancias, y cuestionó que la sociedad y las instituciones se estén preparando adecuadamente.
La segunda justificación que expuso es económica: la dificultad de reconvertir a trabajadores con décadas en un mismo oficio. "No se le puede decir a una persona de 55 años que ha trabajado en la construcción toda su vida, que tiene que trabajar en una residencia de ancianos y esperar que lo encuentre gratificante", sostuvo, para argumentar que la automatización acelerada desplazaría a quienes no pueden cambiar de empleo con facilidad.
Gates precisó que la frontera entre lo reservado y lo automatizable no sería estática, sino que evolucionaría con el tiempo. Por ello propuso implementar la IA de manera gradual, a lo largo de años o décadas, y reservar desde ahora algunos empleos, con el compromiso de preservarlos. Anticipó que áreas como la educación y la salud mental serán mixtas, con una persona a cargo que utilice la tecnología para ampliar sus capacidades.
El empresario reconoció que las normas variarán y su contexto demográfico. Algunos podrían exigir que sean personas quienes cuiden a los adultos mayores; Japón, con una fuerza laboral cada vez menor y pocos jóvenes para atender a su población envejecida, "podría ver con buenos ojos un robot cuidador", planteó como contraste.
En el terreno fiscal, la propuesta de gravar a la IA y la robótica apunta principalmente a las empresas que utilicen los llamados "tokens" —resultados generados por los modelos— para sustituir mano de obra. Gates planteó que esos ingresos podrían destinarse a financiar una red de seguridad social frente a la pérdida de empleos, y resumió la disyuntiva de fondo: "En términos de igualdad, la IA será o el mayor igualador jamás inventado, o la peor fuente de injusticia".
El debate sobre la automatización del trabajo no es nuevo. Oleadas previas, como la robotización de las líneas de manufactura desde la década de 1980, ya reconfiguraron mercados laborales enteros; la diferencia que atribuye Gates a la IA generativa es su capacidad para incidir sobre tareas cognitivas y de servicios antes consideradas a salvo. El propio ensayo admite que "la idea de la Reserva Humana plantea numerosas preguntas", entre ellas quién determinaría qué empleos califican para la protección y cómo se fiscalizaría su cumplimiento.
La reflexión llega en un momento en que gobiernos de distintas regiones, México incluido, discuten marcos regulatorios para la inteligencia artificial sin que exista todavía una legislación federal específica sobre su impacto laboral. El Congreso de la Unión no ha dictaminado hasta ahora una iniciativa integral en la materia, por lo que la discusión sobre empleos protegidos frente a la automatización se mantiene, por el momento, en el terreno empresarial y académico más que en el legislativo.
Como planteamiento de un particular, la propuesta no obliga a ningún gobierno ni empresa: su eventual traducción a política pública dependería de que algún legislativo la recoja como iniciativa, la dictamine en comisiones y la someta a votación, un recorrido que en México aún no ha comenzado. Mientras tanto, el texto se suma a las intervenciones públicas del fundador de Microsoft, que ha alternado advertencias sobre la desigualdad con expectativas sobre el potencial de la IA para ampliar el acceso a salud y educación en regiones con escasez de personal calificado.