La frase no la formula Wilde en primera persona, sino un personaje concreto en un momento concreto de la trama. En el segundo acto, Lady Windermere pide a Lord Darlington que sea su amigo y este responde negando que la amistad entre sexos sea posible; acto seguido, le confiesa su amor. El diálogo funciona como recurso dramático para introducir una idea que ha perdurado en el imaginario colectivo: que detrás de cualquier amistad entre un hombre y una mujer se esconde, tarde o temprano, una intención romántica no reconocida.
La contundencia explica buena parte de la permanencia de la sentencia. No habla de dificultades, posibilidades ni excepciones: afirma directamente que la amistad es imposible y coloca en su lugar una lista cerrada de emociones. Es un rasgo característico del aforismo de Wilde, que llevó a la escena victoriana esa clase de frases rotundas concebidas para sobrevivir al tiempo.
Una investigación publicada en 2012 en el Journal of Social and Personal Relationships abordó directamente esa cuestión mediante un estudio con parejas de amigos de distinto sexo. Los resultados mostraron que los hombres jóvenes declaraban sentir mayor atracción hacia sus amigas que las mujeres hacia sus amigos, con independencia de si alguno de los dos tenía pareja en ese momento. El mismo trabajo encontró que ambos sexos mencionaban la atracción hacia el amigo con más frecuencia como un inconveniente que como una ventaja de la relación.
Ese hallazgo no equivale, sin embargo, a confirmar la tesis de Wilde. Una investigación anterior publicada en la misma revista distinguió varias formas de atracción presentes en estas amistades y concluyó que la vinculada al propio vínculo de amistad era la más frecuente, mientras que la atracción romántica resultaba la menos habitual entre las categorías analizadas.
Otro estudio de la misma publicación se centró en cómo se gestiona la atracción sexual dentro de amistades entre personas heterosexuales. Según sus conclusiones, la atracción puede suponer un desafío para la relación, pero en la mayoría de los casos analizados la amistad se mantuvo incluso después de que esa atracción se hiciera explícita entre ambas partes.
La diferencia respecto al planteamiento de Wilde resulta relevante: el escritor irlandés no admitía grados ni excepciones, sino que sustituía directamente la amistad por una lista cerrada de emociones. Los estudios psicológicos, en cambio, describen un espectro donde la atracción puede estar presente sin que ello determine automáticamente el desenlace romántico de la relación.
Las diferencias individuales complican aún más cualquier generalización. La existencia de cierto grado de atracción, los malentendidos ocasionales o las expectativas distintas entre ambas personas no convierten de forma automática una amistad en una relación de pareja, según se desprende de estos trabajos. La experiencia de una parte de la población, señalan los estudios, no puede elevarse a regla universal aplicable a todas las amistades entre hombres y mujeres.
El interés de Wilde por el lenguaje sigue vigente en otros terrenos: la lengua misma admite hoy matices que antes parecían cerrados, como recordó recientemente la Academia al zanjar que «imprimido» e «impreso» son ambos participios válidos. En la amistad entre sexos, la evidencia acumulada por la psicología social apunta a una conclusión menos categórica que la de Lord Darlington en el escenario original de 1892.

