El brote, el decimoséptimo de ébola documentado en territorio congolés, se originó en la provincia nororiental de Ituri, una región rica en recursos minerales y asolada por grupos armados, lo que complica el acceso de los equipos médicos y el rastreo de contactos. Según el reporte de la OMS, el virus se ha detectado también en otras cuatro provincias de la RDC, un indicio de dispersión geográfica que rebasa el epicentro inicial.
El jefe de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, advirtió la semana pasada que el brote, en el último mes, «se ha expandido más rápido que cualquier brote previo» de ébola. La cepa identificada es la conocida como Bundibugyo, una variante del virus para la que, a diferencia de la cepa Zaire responsable del brote de 2014-2016 en África Occidental —el más letal de la historia—, no existe todavía ninguna vacuna ni tratamiento aprobados.
Thierno Balde, responsable de la gestión del virus Bundibugyo en la RDC para la OMS, reconoció el martes ante la prensa que «el brote sigue adelantado con respecto a nosotros y aún estamos en una fase de ponernos al día», pese a la intensificación de la respuesta. La declaración matiza valoraciones previas del propio organismo, que en semanas anteriores había sostenido que el brote «no está fuera de control».
El virus se propaga por contacto estrecho con fluidos corporales de personas infectadas, un mecanismo de transmisión que explica en parte la velocidad de propagación en zonas con infraestructura sanitaria limitada y desplazamientos frecuentes de población por el conflicto armado. La OMS ha señalado además que la cifra real de contagios podría ser hasta cuatro veces superior a la calculada oficialmente; según el organismo, más de 1,960 personas resultaron infectadas, una discrepancia que atribuye a las dificultades de vigilancia epidemiológica en zonas de difícil acceso.
Uganda, país fronterizo con la RDC, informó que lleva tres semanas sin registrar nuevos casos, un dato que la OMS interpreta como indicio de contención parcial fuera del epicentro congolés. La mayoría de los contagios ugandeses correspondieron a personas que cruzaron la frontera desde territorio congolés, lo que subraya el reto que representan las fronteras porosas de la región para cualquier estrategia de contención.
La RDC ha enfrentado más brotes de ébola que ninguna otra nación desde que el virus fue identificado por primera vez en 1976, cerca del río Ébola, que da nombre a la enfermedad. El brote de 2018-2020 en la región de Kivu, también marcada por conflicto armado, se prolongó casi dos años, lo que ilustra la dificultad de erradicar el virus en contextos de inestabilidad política y militar.
En el plano de la respuesta médica, la OMS ha destacado «avances alentadores»: sobre el terreno se desarrollan ensayos de dos posibles tratamientos, una vacuna experimental y un esquema de protección posexposición para contactos de casos confirmados. La ausencia de fórmulas aprobadas específicamente contra la cepa Bundibugyo limita por ahora las herramientas disponibles para frenar la cadena de contagios.
El Reglamento Sanitario Internacional, vigente desde 2005, faculta a la OMS a declarar una emergencia de salud pública de importancia internacional cuando un brote representa un riesgo sanitario global; esa decisión recae en un comité de emergencias convocado por el director general y activaría protocolos de cooperación reforzada entre países. Hasta el momento, el organismo no ha decretado esa designación para este brote específico.
Gobiernos y organismos de cooperación mantienen equipos desplegados en Ituri para reforzar la vigilancia epidemiológica, el rastreo de contactos y la atención a pacientes, en coordinación con las autoridades sanitarias congolesas y ugandesas. La OMS no ha precisado un plazo estimado para la contención total del brote, aunque ha reiterado que la velocidad de expansión registrada en las últimas semanas exige intensificar los recursos sobre el terreno.