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El vuelco húngaro y la presión de Trump marcan el curso europeo

Peter Magyar, Zelenski, Meloni y Frederiksen protagonizan un año en Bruselas dominado por Ucrania, la migración y la tensión comercial con Washington

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Bruselas cierra el curso político 2025–2026 con un mapa de poder notablemente distinto al del año anterior. El giro de mayor calado se ha producido en Hungría, donde Peter Magyar puso fin en abril a los 16 años de gobierno de Viktor Orbán, un relevo que, según valoraciones atribuidas a la Comisión Europea, ha permitido desbloquear fondos comunitarios y poner fin al veto sistemático de Budapest a las sanciones contra Rusia.

El relevo húngaro que descongeló Bruselas

El cambio de gobierno en Hungría se ha convertido en el episodio de mayor calado institucional del curso. Orbán, que regresó al poder en 2010 y se mantuvo pese a sucesivos litigios con Bruselas por el Estado de derecho y la gestión de fondos europeos, perdió las elecciones de abril frente a una alternativa liderada por Magyar, antiguo cargo del propio Fidesz que rompió con el partido y construyó una candidatura que las encuestas no habían anticipado con claridad. Orbán llegó a encadenar más de una década bloqueando decisiones por unanimidad, un poder de veto que el artículo 31 del Tratado de la Unión Europea reserva a los ámbitos de política exterior y sanciones.

La llegada de Magyar al Ejecutivo habría permitido, de acuerdo con la Comisión, normalizar unas relaciones tensionadas durante más de una década. Budapest habría respaldado desde entonces los paquetes de sanciones contra Rusia que antes bloqueaba y habría dado su visto bueno a la ayuda de 90.000 millones de euros para Ucrania, aunque Hungría continúa sin participar en la emisión conjunta de deuda que sostiene parte de ese paquete. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, resumió el cambio señalando que ganó Hungría, pero también ganó Europa, según trascendió de encuentros institucionales.

Magyar, integrado en el Partido Popular Europeo, ha iniciado además una revisión de la herencia institucional de Fidesz que incluiría la destitución del presidente húngaro vinculado al anterior Ejecutivo. El nuevo primer ministro ha señalado a Vladímir Putin como responsable de la guerra en Ucrania, una atribución que su predecesor evitó durante sus mandatos. Su triunfo ha sido interpretado en las filas del PPE, con dirigentes como Donald Tusk, Alberto Núñez Feijóo o Luís Montenegro, como una prueba de que el conservadurismo clásico puede recuperar terreno frente a la ultraderecha en un momento de fuerte dependencia parlamentaria de esas formaciones en varios Estados miembros.

La guerra en Ucrania sigue marcando el pulso de la política exterior europea. El presidente Volodímir Zelenski ha logrado en los últimos meses una ayuda ampliada de la Unión para el bienio, con prioridad para el suministro de material militar, además de la apertura formal de negociaciones de adhesión, un paso que la UE califica de histórico dado que el proceso de ampliación estaba prácticamente detenido desde la incorporación de Croacia en 2013. Las conversaciones avanzan, según fuentes comunitarias, a ritmo notable, aunque el objetivo de una integración en 2027 se considera excesivamente optimista frente a un horizonte más realista situado en torno a 2030.

Las negociaciones de paz entre Kiev y Moscú, en cambio, permanecen congeladas desde marzo, sin que se haya reanudado un canal de diálogo estable pese a contactos puntuales impulsados por distintas cancillerías europeas y por Washington. La falta de avances en ese frente contrasta con el paso adelante en el proceso de adhesión, y deja abierta la pregunta de si la Unión puede sostener a la vez el respaldo militar a Ucrania y una futura mesa negociadora con Rusia.

Del choque por Irán a la reforma migratoria

La relación con Estados Unidos ha sido otro de los ejes del curso. La Administración de Donald Trump ha mantenido una presión constante sobre los socios europeos en materia comercial y de defensa. El punto de mayor fricción se produjo con la ofensiva estadounidense contra Irán, cuando Washington no encontró el respaldo europeo que buscaba: gobiernos como el español y el italiano impidieron el uso de bases bajo mando de la OTAN en territorio propio para operaciones contra Teherán, una negativa que Trump ha calificado en repetidas ocasiones de decepción y que ha acompañado de amenazas de represalias comerciales contra sus tradicionales aliados.

Ese episodio ha reactivado el debate europeo sobre autonomía estratégica, una discusión que se remonta a los años de Charles de Gaulle y que resurgió con fuerza desde la invasión rusa de Ucrania en 2022. La Unión ha optado por diversificar alianzas: el primer ministro canadiense, Mark Carney, ha estrechado la cooperación con Bruselas como contrapeso a la política arancelaria estadounidense, en una aproximación distinta al tradicional eje Washington-Ottawa.

En el terreno migratorio, Giorgia Meloni se erige como una de las figuras con mejor balance del curso. La Unión ha aprobado una reforma migratoria de calado que, según fuentes comunitarias, abre la puerta a fórmulas de externalización de la gestión de solicitantes de asilo similares a las que la propia primera ministra italiana ha defendido desde 2023 con el acuerdo con Albania. Ese paquete, enmarcado en el Pacto de Migración y Asilo cuya aplicación progresiva arranca en 2026, consolida una línea más restrictiva que ha ganado apoyos incluso entre gobiernos socialdemócratas.

La política comercial ha situado también a otros actores en el centro del debate, como el presidente argentino Javier Milei, cuya relación con Bruselas ha estado marcada por el desenlace del acuerdo de asociación entre la UE y Mercosur, rubricado en diciembre de 2024 tras más de dos décadas de negociación y pendiente aún de ratificación por los parlamentos europeos, un proceso que sigue generando resistencias en sectores agrícolas de Francia, Polonia e Irlanda.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha protagonizado uno de los pulsos más comentados del curso al plantar cara a las pretensiones de Trump sobre Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa con un estatuto de autogobierno reforzado en 2009. Frederiksen ha combinado ese frente exterior con una victoria electoral en Dinamarca que refuerza su posición interna, en un episodio que ha servido de test sobre hasta dónde está dispuesta la UE a respaldar a un socio frente a presiones de Washington sobre territorios de relevancia ártica.

Otros nombres habituales completan el elenco sin protagonizar giros tan marcados: Von der Leyen al frente de la Comisión, Emmanuel Macron gestionando una posición interna debilitada en Francia, el canciller alemán Friedrich Merz consolidando su papel como referencia económica del bloque y Pedro Sánchez manteniendo su perfil en los consejos europeos. Ninguno ha vivido, sin embargo, un cambio de estatus comparable al de Magyar en Hungría o al giro migratorio impulsado por Meloni.

De cara al próximo curso, la Unión afronta varios hitos que determinarán si estas tendencias se consolidan. El calendario de adhesión ucraniana seguirá marcando la agenda del Consejo Europeo, con revisiones periódicas del avance en los capítulos negociadores. La aplicación escalonada del Pacto de Migración y Asilo desde 2026 será otro termómetro de la cohesión interna del bloque. Y la relación con Washington, con la Casa Blanca manteniendo la presión arancelaria, seguirá poniendo a prueba la capacidad europea de actuar con una sola voz frente a un socio que combina alianza histórica y rivalidad comercial.

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