El proyecto, denominado 'Tiburones y rayas en el Parque Nacional Marítimo-Terrestre del Archipiélago de Cabrera', se enmarca en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia y ha sido financiado con una subvención de la Unión Europea al Govern balear, con la colaboración adicional de la Fundación Marilles. Se trata de la segunda fase de una investigación destinada a caracterizar mediante técnicas no invasivas las comunidades de tiburones y rayas del archipiélago, un grupo —los elasmobranquios— especialmente vulnerable por su lento crecimiento, su tardía madurez sexual y su escasa capacidad reproductiva.
La técnica empleada, el análisis de ADN ambiental o eDNA, permite detectar la presencia de una especie sin necesidad de capturarla ni de avistarla directamente. Los animales dejan en el agua pequeñas trazas genéticas procedentes de células de piel, escamas, mucosidad o fluidos corporales. Los investigadores recogen muestras, filtran ese material, extraen y secuencian el ADN presente y lo comparan después con bases de datos genéticas de referencia para determinar qué especies han estado recientemente en la zona.
Para esta segunda fase, el equipo recogió muestras en 12 puntos estratégicos del área de estudio durante los dos años de trabajo de campo, con el objetivo de captar posibles variaciones estacionales en la presencia de estas especies. Se empleó además un robot capaz de filtrar agua directamente en el mar y a distintas profundidades, lo que permitió aumentar de forma notable el volumen de agua analizado y, con ello, la probabilidad de detectar especies poco abundantes o de comportamiento esquivo. Pese a condiciones meteorológicas y marítimas que en algunos tramos fueron adversas, el equipo logró completar los objetivos previstos y reunir cerca de 80 muestras válidas.
Entre los tiburones cuya presencia sí quedó registrada figuran la pintarroja, la tintorera, la musola lisa, la cañabota gris y el tiburón azotador. En el caso de las rayas, los investigadores identificaron la raya látigo común, la raya águila común, la raya pelágica, la raya de espejos, la raya común, la manta de espina y la raya torpedo. Se trata, en su mayoría, de especies de tamaño pequeño o mediano, frente a la ausencia total de rastros de los grandes depredadores que en el pasado frecuentaron estas aguas.
La lista de ausencias resulta, según los propios autores, tan reveladora como la de presencias. No se detectó ADN de mako, cailón, tiburón blanco ni de las distintas especies de martillo, animales citados históricamente en el Mediterráneo occidental. Clua y Morey interpretan esta ausencia como un indicador adicional —no como una prueba definitiva y aislada— de la extrema escasez de estos grandes depredadores en la cuenca mediterránea, y sostienen que los resultados confirman los temores de la comunidad científica sobre el estado de conservación de unas especies gravemente amenazadas.
Los propios autores advierten de una limitación metodológica relevante: el ADN ambiental se degrada con rapidez en el agua, de modo que los resultados solo pueden interpretarse como constancia de presencia reciente, no como un registro histórico ni como prueba absoluta de extinción local. Una especie puede no dejar rastro detectable en el momento del muestreo por motivos estacionales, de comportamiento o de simple azar estadístico, sin que ello implique necesariamente su desaparición del área.
Una biodiversidad concentrada entre Cabrera y Mallorca
Los resultados muestran que la mayor diversidad de elasmobranquios detectada se concentra en el área situada entre la isla de Cabrera y Mallorca, mientras que la montaña submarina de Emile Baudot arrojó una diversidad y una abundancia generales calificadas como bajas por los investigadores. Esta formación geológica submarina, situada al sur del archipiélago, es considerada un punto de interés prioritario por sus características oceanográficas, que favorecen la concentración de nutrientes y de biodiversidad marina asociada. A partir de estos hallazgos, Shark Med y Save the Med reclaman la aplicación de medidas de protección más estrictas, con especial atención a Emile Baudot, y la ampliación de este tipo de estudios de monitorización a otras áreas del Mediterráneo occidental.
Los investigadores defienden que el eDNA debería consolidarse como herramienta habitual de vigilancia, complementaria a los métodos tradicionales de censo pesquero y avistamiento, por su capacidad de detectar especies raras sin necesidad de intervenir sobre los animales. El contexto en el que se inscribe el trabajo no es nuevo: la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha situado a numerosas especies de elasmobranquios mediterráneos en categorías de amenaza que van de vulnerable a en peligro crítico, atribuyendo el declive principalmente a la sobrepesca, tanto dirigida como accidental, y a la degradación de hábitats costeros que actúan como zonas de cría.
El Mediterráneo ha sido señalado como una de las regiones marinas con mayor proporción de especies de tiburones y rayas amenazadas del planeta. La combinación de una cuenca semicerrada, con tráfico marítimo intenso, actividad pesquera histórica y un desarrollo costero acelerado desde mediados del siglo XX ha sido citada reiteradamente como factor de presión sobre estas poblaciones, un patrón que los autores consideran coherente con la escasez detectada en su estudio.
El Parque Nacional Marítimo-Terrestre del Archipiélago de Cabrera, declarado en 1991 y ampliado posteriormente en su superficie marina protegida, constituye uno de los espacios de referencia para la conservación en el Mediterráneo occidental español. Su estatus de protección legal no impide, sin embargo, la circulación de especies migratorias más allá de sus límites administrativos, lo que según los promotores del estudio refuerza la necesidad de coordinar medidas de conservación a una escala geográfica más amplia que la de un único parque nacional.
Los responsables del proyecto no han concretado públicamente un calendario cerrado para nuevas fases de muestreo, aunque han planteado la conveniencia de repetir este tipo de campañas de forma periódica para comparar series temporales y detectar tendencias, algo que un único ciclo de muestreo no permite establecer con solidez estadística. La comparación con estudios similares en otras zonas del Mediterráneo y la eventual incorporación de nuevas tecnologías de detección genética figuran entre las líneas de trabajo que el equipo ha señalado como prioritarias para consolidar estas primeras conclusiones.

