El tratado abrió un mercado conjunto de más de 700 millones de consumidores y cerca de una cuarta parte del PIB mundial, según las cifras manejadas durante la negociación. Para la Unión Europea, los sectores más beneficiados serán el automovilístico, la maquinaria y el vino; para el bloque sudamericano, la miel, el azúcar y sobre todo la carne, un producto en el que Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay figuran entre los diez mayores exportadores del planeta.
En Argentina, el efecto se combina con la estrategia económica del Gobierno de Javier Milei, que ha convertido el superávit comercial en uno de sus indicadores de gestión. El economista argentino Fausto Spotorno enmarca el pacto en un giro de fondo de la economía del país. "Antes era una economía muy enfocada en el mercado interno, con todas las restricciones económicas posibles, lo que le llevó a un estancamiento total", explica, y reconoce que, aunque aún es pronto para un análisis exacto, ya se aprecia "una reacción rapidísima de las empresas argentinas" ante la apertura.
Spotorno subraya una particularidad del comercio cárnico: mientras China y Estados Unidos compran cortes menos valorados, Europa demanda piezas magras y caras, como el lomo. "La carne es uno de los mercados con más potencial del mundo y su industria lo sabe", apunta el economista, que sitúa a Argentina como el país mejor posicionado para capitalizar esa demanda europea de mayor valor añadido. El país sigue siendo, aun así, la economía más cerrada de la región, según su propio diagnóstico.
El acuerdo no ha estado exento de fricciones. El sector agrario europeo mostró reticencias desde el inicio de las negociaciones, alegando riesgos sanitarios y comerciales por la entrada de carne sudamericana sin aranceles. Miguel Schiariti, presidente de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (CICCRA), atribuye esa resistencia a una asimetría estructural entre ambos modelos productivos.
"Los ganaderos europeos reciben un soporte muy fuerte del Estado, a diferencia de lo que ocurre aquí, y si ves los tamaños de las producciones latinoamericanas y de las producciones europeas te das cuenta de que un productor en Europa con 20 vacas vive, en Argentina necesita por lo menos 200", afirma Miguel Schiariti, presidente de CICCRA.
Schiariti añade que lo que rechazan los ganaderos europeos no es tanto el riesgo sanitario como la competencia directa, y defiende que la producción argentina cumple los requisitos climáticos y sanitarios exigidos, incluido un balance de carbono presentado ante organismos internacionales de salud. Es la vieja tensión que ha acompañado a este acuerdo desde que Francia, con el respaldo de las organizaciones agrarias europeas, lo bloqueó durante años por temor a la competencia de la carne y la soja sudamericanas.
Cuotas y salvaguardas para el campo europeo
Para contener el impacto sobre el campo europeo, la UE incorporó al acuerdo un sistema de salvaguardas que permite suspender temporalmente las preferencias arancelarias si las importaciones superan el 5% sobre la media de los tres años anteriores. Se fijó además un tope de 99.000 toneladas anuales de carne que podrán entrar libres de aranceles, una cuota que se ha convertido en el principal foco de disputa entre los propios socios de Mercosur, que compiten entre sí por ocupar ese cupo.
Carlos J. Colombo, presidente del Mercado de Cañuelas —el principal mercado concentrador de ganado vacuno de Argentina y uno de los mayores de América del Sur—, sostiene que la eliminación de aranceles ya repercute en toda la cadena productiva.
"Los aranceles influían en el precio de la carne, que se derramaba en los frigoríficos y el poder de compra del animal en pie, por lo que esto terminará influyendo para bien. Y para Argentina, como país exportador, que se levanten estas barreras es muy importante. Toda la cadena ya lo está notando y el comprador europeo tendrá carne de mejor calidad y más barata", afirma Carlos J. Colombo, presidente del Mercado de Cañuelas.
Colombo reconoce comprender la inquietud del sector ganadero europeo, al recordar un episodio similar vivido en Argentina con la importación de cerdo procedente de Brasil. "Siempre está el miedo de que estas aperturas o estos arreglos opaquen el negocio del ganadero, pero creo que no es la idea y por eso se ha puesto el sistema de cuotas y reglas", señala, en referencia a las condiciones bajo las que finalmente se cerró el pacto.
La exigencia de mayores controles fitosanitarios impuesta por Bruselas ya se ha cobrado su primera víctima dentro del bloque sudamericano. El 3 de septiembre la Unión Europea vetó la importación de carne y productos de origen animal procedentes de Brasil por la falta de garantías sobre el uso de antibióticos en el ganado, según las condiciones sanitarias establecidas en el propio acuerdo. El golpe llega en un momento delicado para el gigante sudamericano, que había agotado buena parte de su cupo de exportación libre de aranceles hacia China, su principal comprador, y competía con el resto de socios de Mercosur por hacerse con una porción del cupo europeo.
El episodio ilustra las tensiones que atraviesan la puesta en marcha del acuerdo: mientras Argentina, Paraguay y Uruguay tratan de aprovechar la ventana abierta por la exclusión temporal de Brasil, la Unión Europea mantiene la potestad de restringir el acceso a su mercado si detecta incumplimientos sanitarios, un mecanismo que Bruselas ha empleado ya en los primeros meses de vigencia del tratado.
La negociación entre Mercosur y la UE, cerrada tras más de dos décadas de conversaciones intermitentes, se suma a otros movimientos recientes de recomposición de alianzas comerciales y diplomáticas, como el anuncio de intercambio de embajadores entre Marruecos e Israel con patrocinio de Trump. El reparto interno del cupo de 99.000 toneladas entre los socios de Mercosur queda ahora como la primera prueba de cohesión del bloque bajo el nuevo marco arancelario.


