El acercamiento entre ambos países no es nuevo: Marruecos se sumó en 2020 a los Acuerdos de Abraham, el marco impulsado por la primera Administración Trump que llevó a varios estados árabes —Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Sudán, además del propio Marruecos— a establecer relaciones diplomáticas con Israel a cambio de contrapartidas políticas y económicas. En el caso marroquí, Washington reconoció la soberanía de Rabat sobre el Sáhara Occidental, un contencioso territorial abierto desde la retirada española en 1975 y que sigue sin resolución en el marco de Naciones Unidas.
Los nuevos compromisos incluyen cooperación en materia de «seguridad», un término que en la relación bilateral suele traducirse en intercambio de inteligencia y tecnología de defensa. Israel es uno de los principales proveedores mundiales de sistemas de vigilancia y ciberseguridad, un sector en el que Marruecos ha mostrado interés creciente en los últimos años como parte de su estrategia de modernización militar.
Ambas partes calificaron a Trump de «líder visionario capaz de encontrar la paz allá donde nadie más creía que fuera posible», una fórmula que remite al papel que la diplomacia estadounidense se atribuye en la arquitectura de normalización regional entre Israel y los países árabes. La expresión se enmarca en el intento de Washington de consolidar su influencia en el Magreb frente a otros actores con intereses en la región, entre ellos Francia y, más recientemente, potencias como China o Rusia en el terreno económico.
El anuncio se produce en un momento de fricción entre Marruecos y España en torno a Ceuta, ciudad autónoma española colindante con el norte marroquí cuya soberanía Rabat no reconoce. La disputa territorial sobre Ceuta y Melilla, enclaves bajo administración española desde los siglos XV y XVI respectivamente, ha sido fuente recurrente de tensión diplomática, con episodios como la crisis migratoria de mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron la frontera en un contexto de deterioro de las relaciones bilaterales.
El refuerzo de la alianza entre Rabat y Tel Aviv, en paralelo a esa tensión con Madrid, se inscribe en la estrategia marroquí de diversificar apoyos internacionales y ganar margen de maniobra frente a sus vecinos europeos. La política exterior de Marruecos ha buscado en los últimos años combinar el respaldo estadounidense con relaciones estables con la Unión Europea, principal socio comercial del país norteafricano, y con potencias emergentes en el ámbito energético y de infraestructuras.
Los acuerdos de protección de inversiones anunciados buscan dar cobertura jurídica a proyectos conjuntos en sectores como la agroindustria, la tecnología y las energías renovables, áreas en las que Israel ha desarrollado capacidades técnicas exportables y Marruecos ofrece un mercado en expansión y posición geográfica estratégica frente a Europa y el Atlántico.
El movimiento se produce en un contexto internacional marcado por la presión de Washington sobre otros frentes geopolíticos, como muestra la aprobación por el Senado de Estados Unidos de sanciones contra el proyecto gasístico ruso Arctic Yamal LNG, en la línea de una política exterior que combina normalización de alianzas en Oriente Próximo y el Magreb con el aislamiento económico de adversarios estratégicos.


