La península ibérica figura entre los territorios europeos con mayor densidad de infraestructura romana conservada, heredera de más de seis siglos de presencia imperial tras la conquista iniciada en el 218 a.C. durante la Segunda Guerra Púnica. Esa profundidad histórica ha alimentado durante generaciones una tendencia a vincular cualquier puente antiguo de piedra con la ingeniería romana, sin que exista siempre respaldo documental o técnico que lo sostenga.
Moreno Gallo describe el mecanismo del error como casi automático: «Cuando no hay documentación que avale el momento constructivo de un puente de carretera, se le ve antiguo, se le ve de piedra y, claro, de un arco de medio punto o con varios arcos de medio punto, dice: ¿Qué va a ser? Romano, ¿no?», ha declarado. Esa asociación intuitiva, sin verificación posterior, habría generado un catálogo inflado que se mantiene por costumbre más que por evidencia.
El propio investigador atribuye la persistencia del error a la fuerza de la tradición local. Una vez que un puente se identifica popularmente como romano, ese calificativo tiende a fijarse en la memoria colectiva, en la señalización y hasta en registros administrativos, y «se quede como romano durante muchos años», según describe, con independencia de que la evidencia posterior lo desmienta.
La cifra que aporta se apoya en un trabajo académico específico. «Existe una labor de investigación de Manuel Durán, ingeniero de caminos. Es su tesis doctoral: Puentes romanos en Hispania ha llegado a 37 aproximadamente», ha señalado. Se trataría, por tanto, de un recuento sustentado en criterios de ingeniería y no solo en la apariencia externa de las construcciones, lo que le otorgaría, según su argumento, mayor solidez frente a los inventarios tradicionales.
El hallazgo de Espejo y el límite de la cifra
A ese recuento de 37 se sumaría un descubrimiento reciente en la provincia de Córdoba. «Ahora ha aparecido uno recientemente, uno muy pequeñín en Córdoba, en Espejo, en un pueblo, y es probable que aparezca alguno más, porque siempre puede saltar la sorpresa», ha explicado, elevando así el total a 38 estructuras. El propio experto matiza que el margen de crecimiento futuro sería limitado: «Me extrañaría que pasemos de 40, porque es que es lo que hay y lo que queda».
Para distinguir un puente romano auténtico de una atribución errónea, Moreno Gallo recurre a criterios de ingeniería estructural comparada. El método consiste en analizar la técnica constructiva de cada obra y contrastarla con ejemplos de autoría romana plenamente documentada. «De algunos aparece el proyecto de construcción y de otros, pues se emplea lo que se dice la comparación de la técnica constructiva, comparándolo con obras realmente romanas, y ya inmediatamente surge la sospecha», ha detallado.
Uno de los indicios más determinantes, según explica, es el perfil longitudinal del puente. Las construcciones romanas presentarían trazados prácticamente horizontales o con una curvatura mínima, mientras que el llamado lomo de asno —el perfil marcadamente arqueado que popularmente se asocia a lo antiguo— sería, en realidad, un rasgo ajeno a la ingeniería viaria romana. «El lomo de asno es absolutamente inapropiado para una carretera, entre otras cosas porque pierdes la visibilidad con el que te pueda venir enfrente, pero además tienes que subir y bajar innecesariamente», ha argumentado.
La lógica funcional de las calzadas romanas explicaría esa diferencia. Roma diseñó su red viaria, la mayor infraestructura de transporte de la Antigüedad mediterránea, priorizando la continuidad del trazado y la seguridad de la circulación de tropas, mercancías y correo oficial, lo que resultaba difícilmente compatible con obras que introdujeran pendientes abruptas o pérdida de visibilidad en un cruce fluvial.
El segundo criterio técnico tiene que ver con la unión de los materiales. Según explica, la inmensa mayoría de los puentes de autoría romana verificada presentan sillares unidos a hueso, sin argamasa ni mortero, mediante un ajuste de precisión entre las piedras. «Es una característica que se repite en más del 90%, unas uniones casi perfectas», ha subrayado, frente a construcciones posteriores —medievales o modernas— que sí recurren a morteros de cal para fijar la estructura.
La revisión se inserta en una corriente más amplia de estudios de ingeniería histórica que desde hace décadas viene contrastando atribuciones tradicionales del patrimonio español aplicando criterios de datación técnica en lugar de la mera apariencia. Es un debate recurrente en el que la leyenda local y la clasificación académica no siempre han coincidido, y que ha afectado a lo largo del tiempo a acueductos, calzadas y otras obras hidráulicas.
Las implicaciones de esta revisión no son únicamente académicas. La declaración de un puente como bien de interés cultural, competencia que en España recae en las comunidades autónomas al amparo de la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español, puede apoyarse en su datación histórica, por lo que una reclasificación técnica podría tener consecuencias sobre el nivel de protección legal o sobre la promoción turística de determinadas estructuras.
El propio experto reconoce que la investigación sobre el patrimonio romano en España no está cerrada y que cabe esperar hallazgos puntuales adicionales, como el registrado en Espejo, aunque descarta que puedan alterar sustancialmente el balance final. La revisión de expedientes de puentes catalogados como romanos en distintas comunidades autónomas es un proceso que, previsiblemente, seguirá dando lugar a reclasificaciones a medida que se aplique un criterio técnico homogéneo al conjunto del patrimonio fluvial español.


