La historia del Christina O empieza lejos del glamour con el que terminaría asociado. En 1954, Onassis adquirió por 54.000 dólares —unos 47.000 euros al cambio de la época— los restos de una antigua fragata antisubmarina estadounidense que había participado en el desembarco de Normandía en junio de 1944. Lo que para cualquier otro comprador habría sido chatarra destinada al desguace, el armador griego lo convirtió en el proyecto que definiría su imagen pública durante el resto de su vida.
Tras una reforma de gran envergadura, la nave militar de 99 metros de eslora se transformó en uno de los yates privados más célebres del mundo. Onassis lo bautizó Christina O en honor a su hija, y el barco se convirtió en el escenario donde el magnate exhibía su fortuna y recibía a las personalidades más influyentes de la segunda mitad del siglo XX.
El proyecto también respondía a una rivalidad personal. Onassis competía abiertamente con Stavros Niarchos, otro naviero griego con quien mantenía una disputa de prestigio empresarial y social que se prolongó durante años. La respuesta de Niarchos no se hizo esperar: encargó un yate todavía mayor, el Atlantis II, de 116 metros de longitud, en una carrera de ostentación que resume el clima de la naviera griega de posguerra.
Un interior diseñado para sorprender
Onassis no reparó en gastos para que el Christina O funcionara como una mansión flotante. Los interiores fueron obra del diseñador Apostolos Molindris, mientras que los espacios exteriores corrieron a cargo de Pinnau. El resultado incluía salones con piano de cola, una chimenea revestida de lapislázuli y una colección de objetos y recuerdos vinculados a algunas de las figuras más relevantes de la época.
El elemento más comentado del yate son, sin embargo, los taburetes del bar, tapizados con cuero procedente de prepucios de ballena. Según recoge la tradición sobre el personaje, Onassis solía presentar la pieza a sus invitadas afirmando: «Señoras, están ustedes sentadas sobre los penes más grandes del planeta», un gesto que resume el carácter exhibicionista que marcó su biografía.
La embarcación podía alojar hasta 34 invitados repartidos en 17 suites, con una tripulación de 38 personas dedicada por completo al servicio a bordo. Esa capacidad convirtió al Christina O en una suerte de hotel de cinco estrellas itinerante, capaz de trasladar el epicentro social de una temporada de un puerto mediterráneo a otro en función de los planes de su propietario.
Escenario de la alta sociedad internacional
Durante las décadas de 1950 y 1960, el yate se convirtió en parada obligada para la aristocracia, la política y el espectáculo internacionales. En 1956, Grace Kelly y Rainiero III de Mónaco celebraron a bordo parte de la recepción de su boda, uno de los acontecimientos sociales más seguidos de la época en Europa. Por sus cubiertas pasaron también Greta Garbo, ya alejada del cine, además de Winston Churchill y Elizabeth Taylor.
El yate fue también escenario de los episodios sentimentales más recordados de Onassis, incluida su relación con la soprano Maria Callas y su posterior matrimonio con Jacqueline Kennedy, viuda del presidente estadounidense John F. Kennedy. Esa combinación de poder económico, vida amorosa expuesta y arquitectura naval extravagante consolidó al barco como símbolo de una era.
La familia Onassis mantuvo la propiedad del yate durante años tras la muerte del armador en 1975, antes de que la embarcación cambiara de manos y entrara en el circuito internacional de grandes yates históricos disponibles para chárter y, en determinados periodos, para su venta directa. El precio actual de salida, de 52 millones de euros, supone una reducción de más del 40% respecto a valoraciones anteriores.
Ese tipo de ajustes no es infrecuente en el mercado de grandes embarcaciones históricas, donde el valor patrimonial choca con los elevados costes de mantenimiento, tripulación y adaptación a las normativas marítimas actuales. La singularidad del Christina O, por su vínculo con Onassis y por el estado de sus interiores originales, lo sitúa no obstante en una categoría diferenciada dentro de ese mercado.
No hay constancia pública, por el momento, de que exista un comprador identificado ni de que la operación esté cerrada. El proceso de venta de embarcaciones de estas características suele prolongarse durante meses e incluye habitualmente cláusulas de confidencialidad sobre la identidad de los interesados hasta la firma definitiva.
Con esta nueva puesta en el mercado, el Christina O sigue funcionando siete décadas después de su transformación como un símbolo del lujo de posguerra, un objeto que condensa tanto la extravagancia personal de Aristóteles Onassis como una etapa concreta de la historia social europea, la de la jet set surgida tras la Segunda Guerra Mundial.

