La moción sitúa al sionismo, el movimiento político que defiende la existencia de un Estado judío, dentro de la categoría de racismo. La votación llega en pleno ascenso de los Verdes británicos, que han ampliado su base y su representación desde que Zack Polanski asumió el liderazgo con un discurso dirigido a aglutinar a la izquierda del Reino Unido, según relató EL PAÍS.
Polanski ha impulsado una estrategia de expansión hacia votantes progresistas descontentos con el Partido Laborista, lo que ha permitido al partido atraer a antiguos simpatizantes laboristas y a nuevos activistas movilizados por causas como el conflicto en Gaza. Ese crecimiento, sin embargo, ha traído consigo tensiones ideológicas que el congreso de este fin de semana puso de manifiesto de forma abierta.
Los miembros con más antigüedad, de tradición centrada en el ecologismo y las políticas medioambientales, miran con reticencia el viraje hacia posiciones identificadas con el activismo propalestino, mientras que los afiliados recién incorporados, movilizados en buena medida por el rechazo a la política occidental en Oriente Próximo, han defendido la moción como una declaración de principios para la formación.
La controversia sobre la equiparación entre sionismo y racismo no es nueva en el debate político europeo. Organizaciones judías y defensores de Israel sostienen que esa equivalencia constituye una forma de antisemitismo, mientras que sectores del activismo propalestino la presentan como una crítica legítima a una ideología política, y no a una religión o a un pueblo.
La definición de trabajo sobre antisemitismo adoptada en 2016 por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), utilizada como referencia por numerosos gobiernos e instituciones, incluye entre sus ejemplos la negación del derecho de autodeterminación del pueblo judío. Distintos partidos y organizaciones la han interpretado de manera dispar a la hora de trazar la frontera entre antisionismo y antisemitismo.
El precedente más próximo en el Reino Unido es el del Partido Laborista bajo Jeremy Corbyn, cuya dirección fue investigada entre 2019 y 2020 por la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos (EHRC) por su gestión de las denuncias de antisemitismo, un episodio que lastró al partido en las elecciones generales de 2019.
La moción de Brighton se inscribe en un contexto europeo en el que varias formaciones de izquierda han debatido posiciones similares respecto al conflicto en Gaza, en paralelo a otros debates que agitan los parlamentos del continente, como el que enfrenta a Gobierno y oposición en España sobre el voto de las protestas por la vivienda.
El texto aprobado profundiza la división interna entre la militancia histórica y la nueva, en un partido que ha convertido ese crecimiento acelerado en su principal activo y, a la vez, en su mayor foco de tensión.


