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Editorial

La tarde de los siete relojes

Siete crisis simultáneas marcan la hora de una España que no puede permitirse el lujo de mirar solo una esfera. El luto de Huelva, la evacuación del Hondius, la deliberación del Koldo, la campaña congelada, la cirugía de Villarejo, el ultimátum de Trump y la negociación nuclear de Mascate compiten por el primer plano de un sábado que ha demostrado que la actualidad española no entiende de fines de semana ni de horarios de descanso.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
19 min de lectura
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La tarde de los siete relojes
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Hay tardes que parecen diseñadas por un relojero loco, un artesano del caos que hubiera decidido colgar siete relojes en la pared del mapa de España, cada uno con su propia estética, su propio mecanismo y su propia hora, y dejarlos sonar todos a la vez para comprobar qué ocurre cuando un país intenta escuchar siete campanadas simultáneas sin perder la cordura. Esta tarde de sábado es una de esas tardes. El reloj militar de cuartel suena en Huelva, donde Grande-Marlaska ha presidido el homenaje a dos guardias civiles que murieron persiguiendo una narcolancha porque alguien decidió que no necesitaban apoyo aéreo. El reloj marinero de latón suena en algún punto del Atlántico, donde el capitán del Hondius ha recibido la orden de adelantar el fondeo porque el mar, que no entiende de protocolos burocráticos, ha decidido ponerse feo el martes. El reloj del juzgado, austero y funcional, suena en la plaza de la Villa de París, donde Marchena escribe una ponencia de trescientas páginas que podría enviar a prisión a un exministro o absolverle, dependiendo de cómo interprete los silencios de Ábalos y las confesiones de Aldama.

El primer reloj, el militar, es el que más duele. Germán tenía 55 años y estaba a punto de jubilarse. Jerónimo se había lesionado el mes anterior en otra persecución y había vuelto al servicio antes de tiempo. Sus nombres se añaden a una lista de agentes del Servicio Marítimo caídos en acto de servicio que ya es demasiado larga para un país que se jacta de invertir en seguridad pero que envía a sus guardias civiles a perseguir narcolanchas de última generación con patrulleras que llevan veinticinco años navegando y comunicaciones que fallan a cuarenta millas de la costa. El expediente abierto por Interior revelará probablemente lo que todos sabemos pero nadie quiere decir en voz alta: que el SERMAR lleva años operando al límite de sus capacidades, que las persecuciones nocturnas sin apoyo aéreo son una ruleta rusa operativa, y que la falta de inversión en medios navales ha convertido a los agentes del Servicio Marítimo en héroes a la fuerza, en personas que asumen riesgos que ningún protocolo sensato debería exigirles. La proposición del PP de doscientos millones es un buen titular, pero falta saber si será un compromiso real o un gesto electoral que morirá en comisión cuando las cámaras se apaguen y Huelva deje de ser noticia.

El segundo reloj, el marinero, marca la hora de la incertidumbre biológica. El Hondius lleva semanas navegando con un virus que la ciencia apenas conoce fuera de los laboratorios sudamericanos y que ha demostrado, contra los pronósticos de los optimistas, que es capaz de transmitirse de persona a persona en un entorno confinado y de matar con una eficiencia que hiela la sangre. La aceleración de la evacuación por el empeoramiento meteorológico añade una capa de tensión operativa a una situación que ya era extraordinaria: en menos de dieciocho horas, ciento cuarenta y cuatro personas deberán ser desembarcadas de un crucero fondeado en alta mar utilizando lanchas de Salvamento Marítimo en un protocolo de bioseguridad nivel BSL-3 que nunca se ha ejecutado a esta escala en Europa. Si algo sale mal, si el viento rola antes de lo previsto o si uno de los pacientes se descompensa durante el traslado, no habrá segunda oportunidad. El reloj marinero no admite impuntualidades.

El tercer reloj, el del juzgado, suena con la cadencia lenta pero implacable de la deliberación judicial. Marchena escribe, y mientras escribe, la política española contiene la respiración. La sentencia del caso Koldo no es solo un veredicto sobre comisiones y mascarillas; es un juicio sobre la naturaleza misma del poder en la España contemporánea, sobre los límites entre la gestión pública y el enriquecimiento personal, sobre la línea que separa al asesor del comisionista y al ministro del cómplice. El PP quiere que el fallo llegue antes del 17-M, como si la justicia pudiera calibrarse con el calendario electoral. El PSOE quiere que llegue después, como si el retraso pudiera evitar el daño. Ambos se equivocan: la sentencia llegará cuando Marchena considere que su ponencia refleja con fidelidad lo que ocurrió en aquella Sala durante catorce jornadas, y ni un día antes ni un día después. Mientras tanto, el Kitchen y la causa contra Begoña Gómez añaden ruido procesal a un paisaje judicial que ya parece un festival de sumarios donde cada juez toca su instrumento sin partitura común.

El cuarto reloj, el parlamentario dorado, suena con el eco de las promesas electorales. Feijóo en Ceuta proponiendo un estatuto europeo para las ciudades autónomas es una imagen potente, pero la pregunta incómoda es si el PP habría propuesto lo mismo estando en el Gobierno o si se trata de una de esas ideas que suenan mejor desde la oposición porque nadie va a exigir un calendario de implementación. La propuesta tiene mérito técnico: equiparar a Ceuta y Melilla con las regiones ultraperiféricas les abriría la puerta a fondos comunitarios adicionales y a un blindaje jurídico que reforzaría su posición en un Mediterráneo cada vez más inestable. Pero tiene también un problema político fundamental: requiere el acuerdo de los veintisiete, y no todos los socios europeos comparten la interpretación española sobre el estatus de las dos ciudades. Marruecos, que nunca ha renunciado a su reclamación sobre Ceuta y Melilla, ha guardado un silencio elocuente ante el acto de la Plaza de África, un silencio que en la diplomacia magrebí suele preceder a movimientos calculados.

El quinto y el sexto reloj suenan lejos de España pero con consecuencias que llegarán aquí antes que la próxima factura de la luz. Trump y su ultimátum del 4 de julio son la expresión más cruda del nuevo orden comercial global, un orden en el que las reglas del juego las dicta quien tiene el mercado más grande y la voluntad más caprichosa. Europa se prepara para responder, pero lo hace con la lentitud de una burocracia que necesita veintisiete aprobaciones para enviar una carta. Macron y Scholz intentarán en Berlín cerrar las grietas que Trump ha abierto entre París y Berlín, pero las grietas son reales y profundas: Francia quiere represalias, Alemania quiere negociar, y mientras discuten, tres mil cuatrocientos trabajadores de SEAT en Martorell se preguntan si tendrán empleo en junio. En Mascate, la negociación nuclear avanza con la esperanza frágil de los acuerdos que pueden romperse con un tuit. El memorándum iraní de catorce puntos es prometedor, pero la historia del JCPOA nos enseñó que un acuerdo nuclear solo dura lo que dura la paciencia del presidente que lo firmó.

El séptimo reloj, el de la bolsa, parpadea con los números de un mercado que ha pasado la semana intentando descifrar señales contradictorias. Goldman rebaja España, JP Morgan rebaja la banca, el Brent cae, el euríbor sube, y el IBEX, ese termómetro emocional de la economía española, oscila entre el miedo y la esperanza con la volatilidad de quien no sabe si la próxima noticia será una sentencia judicial, un arancel o un virus. Los mercados, que presumen de racionalidad algorítmica, son en el fondo tan emocionales como los votantes: reaccionan al titular, castigan la incertidumbre y premian la certeza, aunque la certeza sea mala. Lo que los mercados no saben hacer es esperar, y esta semana España les ha pedido que esperen a siete relojes que marcan siete horas diferentes.

Hay una imagen que resume esta tarde mejor que cualquier gráfico o dato estadístico. Es la imagen del gato de la viñeta, ese gato recurrente que lleva semanas paseándose por los márgenes de nuestras ediciones con la mirada de quien ha visto demasiado y ha dormido demasiado poco. Hoy lleva siete relojes de pulsera, uno en cada pata, y mira hacia arriba con expresión de vértigo. «Y dicen que el fin de semana es para descansar», dice su bocadillo. El gato tiene razón: en esta España de los siete relojes, el fin de semana es solo un paréntesis de papel donde las crisis no se resuelven, se acumulan a la espera del lunes.

Mañana domingo, Robles visitará Algeciras, Villarejo entrará en quirófano, el Hondius fondeará en Granadilla, los negociadores de Mascate estudiarán los catorce puntos, los mercados asiáticos cotizarán con la incertidumbre europea en los algoritmos, la campaña del 17-M seguirá congelada, y Marchena seguirá escribiendo. Siete relojes que no se detienen, siete crisis que no se resuelven con un fin de semana, siete horas diferentes en un mismo mapa que se parece cada vez más a esa pared llena de relojes de una relojería antigua donde cada mecanismo suena a su aire y el relojero, exhausto, ha salido a tomarse un café y ha dejado un cartel en la puerta que dice: «Vuelvo el lunes. Si es que el lunes llega.»

España tiene más relojes que horas en el día. Esa es la verdad incómoda que esta tarde nos deja. La pregunta que ningún reloj responde es si seremos capaces de leerlos todos a la vez sin perder el sentido del tiempo.

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