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Editorial

La noche de los cinco telones

España afronta simultáneamente cinco crisis que se alimentan entre sí: la judicial, la política, la diplomática, la energética y la institucional. El peligro no está en ninguna de ellas por separado sino en su convergencia — y en la ausencia de un liderazgo capaz de mirar a las cinco a la vez.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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La noche de los cinco telones
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Hay noches en las que España parece un teatro con demasiados telones abiertos al mismo tiempo. Esta es una de ellas. Mientras escribo estas líneas — son las 21:30 de un lunes que ha durado lo que otros países tardan en vivir una semana —, cinco cortinas se abren simultáneamente sobre cinco escenarios que comparten público pero no guion, actores que hablan al mismo tiempo sin escucharse entre sí y un patio de butacas que oscila entre el estupor, la fatiga y esa forma española de resignación que confundimos con paciencia.

El primer telón es el judicial. Hoy, el Tribunal Supremo ha declarado visto para sentencia el caso Koldo tras un informe de la Fiscalía que utiliza la expresión «organización criminal» para describir lo que ocurría dentro de un ministerio del Gobierno de España. Simultáneamente, la Audiencia Nacional prepara una semana de testimonios decisivos en el caso Kitchen, donde un comisario operado de urgencia y una ex ministra citada como testigo protagonizan una trama que ya nadie recuerda si es de los tiempos de Rajoy o de los de Sánchez — y esa confusión temporal, esa indistinción entre quién corrompió qué y cuándo, es en sí misma un síntoma de la enfermedad que diagnosticamos pero no curamos —. El jueves, cuando Marchena lea el fallo de Koldo y Cospedal declare en Kitchen, España vivirá un día en el que los dos grandes partidos tendrán, cada uno, un cadáver judicial en la mesa. Y ninguno de los dos tendrá la autoridad moral para señalar al otro sin que el dedo le tiemble.

El segundo telón es el político. El PSOE se desangra por dentro después de Andalucía, con barones que exigen congresos, ministros que reconocen no poder presupuestar y una militancia que mira al suelo cuando le preguntan por el futuro. El PP celebra su victoria andaluza con la cautela de quien sabe que un escaño de más o de menos puede cambiar el argumento — y que Vox, con sus 21 escaños, ya no es un compañero incómodo sino un acreedor que presenta facturas —. Podemos amenaza, Bildu condiciona, ERC negocia y el PNV espera. Nadie gobierna plenamente. Nadie es oposición plenamente. España vive en un estado de interinidad permanente donde las mayorías se fabrican decreto a decreto y las políticas de Estado se sustituyen por acuerdos de supervivencia que caducan antes del siguiente ciclo informativo.

El tercer telón es el diplomático. La petición de un waiver para que Delcy Rodríguez pise Madrid en noviembre es más que una controversia sobre una lista de sanciones: es la radiografía de una política exterior española que intenta mantener simultáneamente la lealtad europea, la relación con Latinoamérica, la distancia con el chavismo y la cercanía con Maduro — cuatro vectores que apuntan en cuatro direcciones incompatibles y que solo pueden sostenerse mientras nadie mire demasiado de cerca —. Alguien mirará de cerca. El PP ya lo está haciendo. Y los 507 votos del Parlamento Europeo son un espejo en el que la diplomacia española debería mirarse antes de pedir excepciones que toda Europa recordará.

El cuarto telón es el energético. El estrecho de Ormuz ha vuelto a demostrar esta noche que la geografía manda más que la diplomacia. Un intercambio de disparos de cuatro minutos ha bastado para subir el Brent dos dólares y para recordar a 450 millones de europeos que su bienestar depende de un canal de agua de 39 kilómetros de ancho custodiado por naciones que no se reconocen entre sí. España, que importa el 99% de su petróleo y el 100% de su gas, es particularmente vulnerable a esta fragilidad. El IBEX lo sabe: ha perdido los 18.000 puntos. El euríbor lo sabe: ha subido al 2,818%. Las familias con hipotecas variables lo saben: pagan 58 euros más al mes que en enero. Pero el Gobierno que debería anticipar esta vulnerabilidad con presupuestos, reservas estratégicas y diversificación energética ha reconocido hoy, por boca de su ministro de Presidencia, que «ahora no es el momento» para presupuestar. Si no es ahora, ¿cuándo? ¿Cuando el Brent esté en 110 dólares y el euríbor en el 3,5%?

El quinto telón es el institucional, y es el más silencioso pero el más peligroso. Tres años sin presupuestos. Un Congreso cuya presidenta es señalada por la Fiscalía por omisión. Un sistema penitenciario autonómico donde los informes del CNI revocan libertades concedidas por juntas de tratamiento. Una aduana portuaria infiltrada por el narcotráfico. Una ley de inteligencia artificial aprobada en Bruselas que tardará meses en transponerse mientras los deepfakes ya circulan por las redes. Cada una de estas grietas es reparable por separado; juntas dibujan un edificio institucional que funciona pero cruje, que sostiene el peso pero avisa de que no lo sostendrá indefinidamente.

Lo que convierte esta noche en algo más que un catálogo de malas noticias es la convergencia. Las cinco crisis no son independientes: se alimentan mutuamente con una lógica que los politólogos llaman «cascada de vulnerabilidades» y que los ciudadanos llaman, con menos elegancia pero más verdad, «cuando llueve sobre mojado». La crisis judicial debilita al Gobierno, que no puede presupuestar. La ausencia de presupuestos impide responder a la crisis energética. La crisis energética encarece la vida y erosiona la legitimidad del Gobierno. La erosión de legitimidad alimenta la crisis política interna. Y la crisis política impide articular una política exterior coherente frente a Bruselas, frente a Caracas, frente a Teherán. El círculo no tiene principio ni fin, solo movimiento perpetuo.

El liderazgo que España necesita en una noche así no es el de un presidente que resista — Sánchez sabe resistir, lo ha demostrado con creces — sino el de un estadista que explique. Que se plante delante de una cámara y diga: «España tiene cinco problemas graves y este es mi plan para cada uno de ellos.» No un plan perfecto, no un plan infalible, sino un plan articulado que demuestre que alguien en Moncloa entiende que las crisis no se gestionan en silos separados sino como un sistema interconectado donde cada decisión en un frente tiene consecuencias en los otros cuatro. Esa comunicación no se ha producido. Lo que se ha producido es silencio estratégico, circunloquios ministeriales y esa forma peculiar de activismo inmóvil que consiste en estar muy ocupado sin avanzar en ninguna dirección.

La oposición tampoco ofrece una alternativa que esté a la altura de la complejidad del momento. Feijóo exige cuestiones de confianza y vetos a Delcy, pero no ha presentado un programa económico alternativo que explique cómo afrontaría el triple frente de Ormuz, los aranceles y la parálisis presupuestaria. Abascal exige elecciones y ofrece pactos, pero su agenda para Andalucía se limita a tres líneas rojas ideológicas que no mencionan ni la energía, ni la industria, ni la digitalización. Y los partidos minoritarios, que tienen en sus manos la llave de la gobernabilidad, la utilizan para abrir cajones de reclamaciones territoriales, no para construir acuerdos de Estado.

Esta noche, desde la redacción de El Hemiciclo, la vista alcanza cinco telones abiertos sobre cinco dramas simultáneos. Ninguno terminará esta semana. Algunos no terminarán este año. Lo que sí puede terminar — y es lo que debería preocuparnos a todos, gobernantes y gobernados, periodistas y lectores — es la capacidad de atención de una ciudadanía que lleva demasiado tiempo asistiendo a un espectáculo donde nadie sabe cuántos actos quedan ni quién escribió el guion. Las democracias no mueren de un golpe; mueren de cansancio. Y esta noche, España está cansada.

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