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Editorial

La noche de las siete quiebras: cuando España se miró al espejo a las diez de la noche de un domingo de mayo y vio siete grietas que recorrían su reflejo desde Huelva hasta Tenerife, desde Ferraz hasta el Supremo, desde Bruselas hasta los mercados, desde Andalucía hasta el fondo del mar

Editorial de Teresa Gómez. Hay noches que condensan en pocas horas lo que las décadas tardan en fraguar. Esta noche de domingo, España no tiene una crisis: tiene siete. Y cada una de ellas, por separado, bastaría para definir una semana entera de informativos. Juntas, dibujan el retrato de un país que se quiebra por siete puntos simultáneamente mientras sus ciudadanos, agotados de tanto quebrarse, intentan dormir.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid·
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La noche de las siete quiebras: cuando España se miró al espejo a las diez de la noche de un domingo de mayo y vio siete grietas que recorrían su reflejo desde Huelva hasta Tenerife, desde Ferraz hasta el Supremo, desde Bruselas hasta los mercados, desde Andalucía hasta el fondo del mar
ILUSTRACIÓN DE EL HEMICICLO

Escribo estas líneas a las diez de la noche de un domingo de mayo en una redacción medio vacía donde el único sonido es el teclear de tres periodistas que intentan, como yo, poner palabras a una jornada que se resiste a ser contada porque cada vez que terminas de redactar un párrafo sobre una crisis, llega un teletipo anunciando otra, y cuando acabas con esa, la primera ha mutado en algo peor, y así sucesivamente en un carrusel de malas noticias que giran con la velocidad de un tiovivo diseñado por un sádico que ha decidido que España no merece un domingo tranquilo en todo el mes de mayo de 2026: siete quiebras simultáneas, siete fracturas que recorren el cuerpo del país como las grietas de un edificio cuya estructura nadie revisó porque todos estaban demasiado ocupados discutiendo sobre quién era el propietario.

La primera quiebra es la del luto, la más antigua y la más humana. Dos guardias civiles muertos en el mar persiguiendo a narcotraficantes con embarcaciones que tienen la edad de sus hijos. Quince mil personas en un funeral que ha convertido la Catedral de la Merced de Huelva en el epicentro del dolor nacional. Y una procesión marítima de antorchas en Isla Cristina que esta noche ilumina un tramo de océano Atlántico con la luz temblorosa de la memoria popular. La quiebra del luto es la que menos explicación necesita porque es la más primaria de todas: alguien murió haciendo su trabajo y el Estado que le envió a morir no le proporcionó los medios para sobrevivir. Catorce agentes del SERMAR muertos o gravemente heridos desde 2018, dice la AUGC, y la cifra suena a estadística hasta que pones nombres y apellidos — Germán Romero Gallego, Jerónimo Jiménez Martín — y entonces la estadística se convierte en tragedia y la tragedia en escándalo y el escándalo en pregunta: ¿cuántos más tienen que morir para que alguien renueve la flota del Servicio Marítimo? La proposición del PP de 200 millones es un gesto que puede ser sincero o puede ser oportunista, pero lo que no puede ser es suficiente si no va acompañado de una voluntad política que trascienda los ciclos electorales y que convierta la lucha contra el narcotráfico marítimo en una prioridad presupuestaria permanente y no en un arrebato de generosidad post-tragedia.

La segunda quiebra es la del partido, esa fractura que esta noche ha encontrado su expresión más dramática en el balcón del Palacio de Fuensalida de Toledo, donde tres presidentes autonómicos del PSOE han firmado un comunicado que en la gramática interna del socialismo español equivale a una declaración de guerra. Page, Lambán y Gallardo no piden la dimisión de Sánchez — son demasiado astutos para eso, porque saben que pedir la cabeza del líder provoca un cierre de filas de los leales que retrasaría el congreso que necesitan —, pero su exigencia de un congreso antes del 30 de junio con primarias abiertas es, en la práctica, un desahucio con plazo de gracia. La quiebra del PSOE no es solo una crisis de liderazgo: es una crisis de identidad. ¿Qué es el PSOE en 2026? ¿El partido de Sánchez, que llegó a la Moncloa por una moción de censura contra la corrupción del PP y que ahora afronta una sentencia por corrupción propia? ¿El partido de Page, que quiere un socialismo de gestión pragmática alejado de las aventuras identitarias? ¿El partido de Montero, que aspira a representar un feminismo de Estado compatible con la moderación fiscal? La respuesta es que el PSOE es todas esas cosas a la vez y ninguna en particular, una condición que en los partidos políticos se llama crisis existencial y que en las personas se llama, simplemente, no saber quién eres.

La tercera quiebra es la de la justicia, que mañana a las diez de la mañana pronunciará su veredicto sobre el caso Koldo con 312 páginas que podrían redefinir la historia judicial del PSOE de un modo tan irreversible como la sentencia de Gürtel redefinió la del PP en 2018. La simetría es tan perfecta que parece diseñada por un dramaturgo con debilidad por las ironías circulares: Sánchez llegó a la Moncloa cabalgando una sentencia contra la corrupción del PP, y ahora podría perderla — si no la Moncloa, al menos la paz interna de su partido — por una sentencia contra la corrupción del PSOE. La quiebra judicial es la más peligrosa de las siete porque es la única que no admite negociación política: las sentencias no se enmiendan en los pasillos del Congreso ni se mitigan con ruedas de prensa ni se contrarrestan con campañas de comunicación. Las sentencias son, o deberían ser, la expresión de una verdad jurídica que se impone sobre las verdades políticas con la contundencia de un mazo que no distingue colores de partido, y si mañana ese mazo cae sobre la mesa de Marchena con la fuerza que anticipan las fuentes jurídicas, el PSOE afrontará una crisis que no tiene precedente exacto en su historia porque nunca antes un exministro socialista ha sido condenado por un caso de corrupción de esta envergadura.

La cuarta quiebra es la sanitaria, la del barco fantasma fondeado frente a Tenerife y la enfermera de 34 años de Alicante que esta noche ha dado positivo en PCR porque una alerta tardó cuarenta y siete minutos en llegar a la sala de urgencias donde ella hacía su trabajo con una mascarilla que no era la adecuada. La quiebra sanitaria del Hondius es, en cierto sentido, un recordatorio de que las pandemias no son fenómenos del pasado que la vacunación y la tecnología han relegado a los libros de historia: el hantavirus cepa Andes ha viajado desde la Patagonia argentina hasta las Islas Canarias en el vientre de un crucero de expedición polar, ha matado a tres personas, ha contagiado a ocho confirmadas y ha obligado a la OMS a elevar su clasificación a fase 4 pandémica, y todo ello en un mundo que hace apenas tres años se congratulaba de haber superado la peor pandemia del siglo. La cuarentena del Hotel Abama, con 187 pasajeros encerrados en habitaciones de lujo mientras el room service les deja bandejas selladas en el pasillo, es una metáfora involuntaria de la condición humana en 2026: aislados, asustados y dependientes de un sistema sanitario cuya capacidad de respuesta se mide en el número de mascarillas FFP3 disponibles en el almacén de un hospital provincial.

La quinta quiebra es la comercial, la que Trump agita desde un campo de golf de Florida con tuits que mueven mercados, destruyen empleos y someten a la Unión Europea a una humillación negociadora que los historiadores del futuro compararán con los ultimátum que las potencias coloniales imponían a sus protectorados en el siglo XIX. El 50% sobre automóviles europeos no es solo un número: es la expresión numérica de un desprecio por el orden comercial multilateral que Europa construyó durante siete décadas y que un solo hombre puede demoler con 247 caracteres en una red social. La quinta quiebra es también la más global de las siete, porque sus consecuencias no se limitan a los concesionarios de coches y a las líneas de montaje sino que se extienden a toda la cadena de valor de la economía europea, desde los proveedores de componentes hasta los transportistas, desde los ingenieros de diseño hasta los vendedores de seguros, una red de interdependencias que sostiene millones de empleos y que esta noche tiembla con la vibración de un tuit.

La sexta quiebra es la electoral, esa campaña del 17-M andaluz que se ha congelado como un río en pleno invierno y que nadie sabe cuándo ni cómo se descongelará. Moreno gana sin hacer campaña, Espadas pierde sin poder gritar, Gavira suplanta el debate televisivo con vídeos de TikTok, y ocho millones de andaluces se preparan para votar en unas elecciones cuya campaña se ha reducido a un silencio que los estrategas de cada partido interpretan según les conviene. La sexta quiebra es una paradoja democrática: las elecciones son el mecanismo por el cual los ciudadanos expresan su voluntad, pero ¿qué voluntad puede formarse cuando los candidatos no debaten, los mítines se cancelan y las noticias que llegan a los votantes son las de un país que se quiebra por seis puntos simultáneamente? La democracia necesita información para funcionar, y esta noche la información que reciben los andaluces es un aluvión de crisis que no permite la reflexión pausada que el voto inteligente requiere.

Y la séptima quiebra, la del espejo, es la que contiene a todas las demás y las refleja en una imagen que ningún español debería contemplar sin sentir una incomodidad que no es patriótica sino simplemente lúcida. España se quiebra por siete puntos simultáneamente en una noche de mayo y lo hace con una naturalidad que es, quizá, el síntoma más preocupante de todos: nos hemos acostumbrado a que las cosas se rompan. Nos hemos acostumbrado a que los guardias civiles mueran con medios insuficientes, a que los partidos se fracturen sin consecuencias para sus líderes, a que las sentencias judiciales sean eventos mediáticos antes que jurídicos, a que los virus viajen en cruceros de lujo, a que un presidente extranjero nos amenace con aranceles desde un teléfono móvil, a que las campañas electorales se suspendan y se reanuden como programas de televisión que un ejecutivo de cadena decide emitir o no según el rating del día. Nos hemos acostumbrado, y la costumbre es la anestesia que permite que las quiebras se acumulen sin que nadie sienta el dolor necesario para exigir que se reparen. Esta noche, desde esta redacción medio vacía, con el teclear de tres periodistas como única banda sonora, me permito la ingenuidad de pedir algo que probablemente nadie me conceda: que mañana, cuando amanezca y las siete quiebras sigan ahí — porque seguirán, porque las quiebras no se arreglan durmiendo —, alguien, en algún despacho de este país, sienta la incomodidad suficiente como para dejar de acostumbrarse.

Son las diez y cuarto de la noche en Madrid y el reloj de la redacción marca los segundos con la indiferencia mecánica de los objetos que no saben que el tiempo que miden es un tiempo roto. Mañana, a las 10:00, Marchena leerá la sentencia. A las 09:00, Telefónica y Microsoft inaugurarán un centro de datos. A las 08:00, Clavijo abrirá un consejo de gobierno. A las 07:00, la AEMET evaluará si los aviones pueden despegar de Tenerife Sur. A las 06:00, los traders de Tokio mirarán el IBEX futuro. A las 05:00, los pasajeros del Abama despertarán en sus habitaciones de cuarentena. A las 04:00, el Hondius seguirá fondeado frente a Granadilla con sus luces encendidas como un faro de lo que no debió ser. A las 03:00, las antorchas de Isla Cristina se habrán apagado y el mar habrá devuelto los pétalos de los claveles a la orilla. A las 02:00, Sánchez estará despierto o dormido en la Moncloa, y en ambos casos la crisis seguirá siendo la misma. A la 01:00, Page, Lambán y Gallardo habrán apagado sus teléfonos con la satisfacción amarga de quienes saben que su comunicado ha cambiado algo pero no saben exactamente qué. Y a las 00:00, cuando el lunes sustituya al domingo con la discreción de quien no quiere despertar a nadie, España seguirá siendo un país con siete quiebras, un gato dormido sobre un péndulo que ha dejado de oscilar, y la pregunta sin respuesta que esta editorial no puede contestar pero que alguien debería plantearse antes de que amanezca: ¿cuántas quiebras más puede soportar un espejo antes de dejar de reflejar algo reconocible?

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