Existe un género de la diplomacia funcionarial que merece estudio: el del viaje que produce comunicado antes que resultado. El encuentro en Panamá encaja de lleno. Dos funcionarios cruzaron fronteras, posaron junto a representantes de Naciones Unidas y regresaron con un botín de sustantivos abstractos —avances, desafíos, alianzas, oportunidades—, sin que ningún verbo de acción concreta sobreviviera al traslado.
Conviene ser justos: estos foros tienen agenda real y sirven, en ocasiones, para destrabar cooperación técnica que meses después se convierte en un programa de vivienda social o en financiamiento para gestión ambiental. El problema no es que el foro sea inútil, sino que el país se entera de su utilidad por fe, no por evidencia.
El texto difundido enumera presencias y apellidos con precisión notarial, pero se vuelve nebuloso justo donde empezaría a interesar a un ciudadano: qué programa se negoció, con qué monto, para beneficiar a qué comunidades. La frase «distintas comunidades del país» podría describir cualquier cosa entre un proyecto de agua potable en Morazán y una capacitación de tres días en San Salvador, sin que el lector pueda distinguir una de otra.
Esa ambigüedad no es necesariamente mala fe: es el idioma nativo de la cooperación multilateral, que prefiere anunciar intenciones antes que comprometer cifras que luego haya que explicar. Pero la Corte de Cuentas de la República —y el contribuyente que paga los viáticos— tiene derecho a preguntar por el destino final de esas conversaciones mucho después de que la fotografía protocolaria deje de circular.
El patrón de la foto sin seguimiento
El vicio no es exclusivo de El Salvador ni de este gobierno: los foros regionales del PNUD y la CEPAL producen, edición tras edición, la misma nota ministerial, con idéntica estructura de encuentro-reunión-oportunidades. Lo distintivo sería que un ministerio publicara el seguimiento: qué pasó seis meses después con lo conversado en Panamá, si Vivienda recibió financiamiento adicional, si Medio Ambiente concretó algún programa con el PNUD en el país. Esa es la nota que no se escribe, porque no hay fotografía que la acompañe.
El Salvador tiene frentes de cooperación internacional abiertos en registros bien distintos: mientras dos ministros conversaban en Panamá sobre alianzas, el país desplegaba una operación militar en Haití para rescatar a cuatro técnicos secuestrados, un episodio con riesgo real y desenlace verificable. La comparación no es gratuita: hay cooperación que se mide en comunicados y cooperación que se mide en vidas, y la ciudadanía tiende a recordar la segunda y olvidar la primera a los tres días.
Nada en el material permite afirmar que el viaje fue estéril; tampoco lo contrario. Esa es la columna vertebral del problema: un gobierno que exhibe con detalle sus anuncios de infraestructura —como el puente sobre el río Paz, pactado desde 2010 e inaugurado por fin— podría aplicar el mismo estándar de transparencia a sus foros internacionales. Si la cooperación con el PNUD se traduce en algo tangible, el país debería conocerlo con nombre, monto y fecha, no con un adjetivo flotante.
El comunicado oficial seguirá siendo el único documento disponible sobre lo ocurrido en Panamá, y dirá que los funcionarios abordaron «programas existentes y nuevas oportunidades de cooperación en beneficio de distintas comunidades del país». Una frase perfectamente verdadera y perfectamente vacía: el molde exacto donde cabe cualquier resultado, incluido el de no haber resultado ninguno.
