Para estos analistas, la discusión relevante no es si México entrará en contracción técnica en el corto plazo, sino si quedará atrapado en un patrón de crecimiento mediocre que erosione el bienestar de la población de forma más silenciosa. Un país puede evitar la recesión y, aun así, instalarse en una fase prolongada de expansión débil sin llegar a una crisis abierta con caída del empleo y contracción generalizada del consumo.
Este tipo de escenario ha sido documentado en distintas economías emergentes que, tras periodos de expansión acelerada, entran en etapas de crecimiento bajo sin desembocar en un colapso. La lectura de la gestora es que la variable a vigilar no es la caída puntual, sino la persistencia de un techo bajo de crecimiento a lo largo de los años.
Uno de los factores que más pesa en el análisis es la política comercial de Estados Unidos, principal socio comercial de México a través del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). La amenaza recurrente de aranceles desde Washington genera incertidumbre entre empresas exportadoras e inversionistas, lo que tiende a traducirse en menor inversión fija bruta, una de las variables que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) monitorea como termómetro de la actividad y la confianza empresarial. A esa presión externa se suman restricciones internas de carácter estructural, como los cuellos de botella en infraestructura energética y logística y el peso del sector informal en el mercado laboral, que limita la productividad agregada.
Un antecedente en la historia económica reciente
El fenómeno no es inédito en México. El periodo posterior a la crisis de 1994-1995 ofrece un precedente: el país logró estabilizar sus variables macroeconómicas —inflación, tipo de cambio, finanzas públicas—, pero tardó años en recuperar tasas de crecimiento robustas del producto por habitante. La comparación funciona como advertencia: la estabilidad macroeconómica no garantiza, por sí sola, una expansión vigorosa. El mismo dilema reaparece hoy en un contexto de finanzas ordenadas pero crecimiento contenido.
El marco de referencia obligado para las proyecciones es la revisión del T-MEC, mecanismo previsto en el propio tratado para evaluar de forma conjunta su continuidad entre las tres partes. La certeza jurídica para inversionistas extranjeros y el resultado de esa revisión se han convertido en piezas centrales de los diagnósticos sobre las perspectivas de inversión en el país, particularmente en sectores como energía y manufactura de exportación.
La lectura de Franklin Templeton se inserta en un debate político abierto en torno a la conducción económica. El gobierno federal ha defendido en la mañanera que la economía mexicana mantiene fundamentos sólidos, con finanzas públicas ordenadas y una inflación que se ha movido dentro de rangos manejables tras el repunte de años previos. La disciplina fiscal reflejada en el paquete económico, según el argumento oficial, da margen para sostener la inversión pública en sectores estratégicos.
En el Congreso de la Unión, legisladores de las bancadas panista y emecista han recurrido a advertencias como la de la gestora para exigir en San Lázaro mayor claridad sobre las metas de crecimiento de mediano plazo. Legisladores morenistas han respondido que los organismos financieros suelen subestimar la resiliencia de la economía mexicana, como argumentan que ocurrió en análisis previos sobre el peso y la recaudación.
De cara a los próximos meses, el mercado seguirá de cerca los datos trimestrales del PIB que publica el INEGI, las decisiones de política monetaria del Banco de México (Banxico) y el curso de la relación comercial con Estados Unidos. La revisión del T-MEC se perfila como uno de los hitos que podría despejar o profundizar la incertidumbre que pesa sobre las proyecciones de crecimiento, en el eje que la propia gestora coloca en el centro del análisis: no la recesión, sino la duración del bajo crecimiento.