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Hallan a un padre y su hijo asesinados en ataúdes en Navolato, Sinaloa

El doble homicidio de dos hombres llamados Pedro, secuestrados el viernes y localizados el martes, reabre la pregunta por la estrategia de seguridad en Sinaloa.

Por Redacción de El Hemiciclo· Ciudad de México·
3 min de lectura
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Aguapepito, comunidad de la sindicatura de Sataya, en el municipio de Navolato, Sinaloa, se sumó este martes al recuento de la violencia que arrastra el estado. En el patio de una vivienda sobre la avenida Primera, vecinos hallaron dos ataúdes abandonados con los cuerpos envueltos en plásticos negros y atados de Pedro «N», de 50 años, y su hijo, del mismo nombre, de 27.

Hay un elemento de la escena que precede a cualquier indignación: alguien decidió que los cuerpos se entregaran dentro de ataúdes. No enterrados ni ocultos, sino colocados a la vista, con el mueble funerario incluido. La puesta en escena forma parte de una gramática que Sinaloa conoce de sobra y que ha ido normalizándose a lo largo de varios sexenios hasta volverse casi rutinaria en la crónica local.

La cronología, según el reporte de los propios familiares que dieron parte a las autoridades, es de una linealidad brutal: el viernes, padre e hijo fueron privados de la libertad de forma violenta en un poblado distinto de Navolato; los parientes denunciaron la desaparición; y días después, el hallazgo confirmó el desenlace. De acuerdo con la información disponible, ambos fueron torturados y ejecutados a balazos antes de ser abandonados.

La secuencia de los hechos —vecinos que advirtieron los dos ataúdes en un patio de grandes dimensiones, se acercaron a verificar y notificaron a las autoridades de seguridad pública y al ejército— dibuja un patrón en el que la respuesta institucional llega después del hallazgo ciudadano. Personal de la Fiscalía General del Estado levantó las actas y ordenó el traslado de los cuerpos una vez identificados por los familiares. En el material disponible no consta que la denuncia del viernes activara un protocolo de búsqueda que alterara el desenlace.

El episodio se inscribe en un contexto de tensión sostenida. Desde 2024, Sinaloa vive una fractura interna del Cártel de Sinaloa que se ha traducido en un repunte de homicidios y desapariciones en Culiacán, Navolato y municipios aledaños. Hasta ahora, sin embargo, la Fiscalía no ha vinculado públicamente este caso con una facción específica ni ha precisado un móvil más allá de la privación de la libertad y la ejecución. La cautela institucional es, en este punto, la única postura sostenible: atribuir motivos sin pruebas sería tan cuestionable como el silencio.

Un patrón que se remonta a los años ochenta

La violencia asociada al narcotráfico en Sinaloa no nació con la fractura actual del cártel. Se remonta a las guerras entre facciones de las décadas de 1980 y 1990, cuando la prensa nacional empezó a asociar de forma recurrente a Culiacán con el sicariato. Episodios como el enfrentamiento armado de octubre de 2019 en la capital sinaloense —conocido como el «Culiacanazo»— o la crisis desatada tras la detención de líderes del cártel en 2024 muestran la continuidad del fenómeno. Lo que este caso vuelve a poner sobre la mesa no es la crueldad, sino su persistencia a lo largo de generaciones.

El marco institucional para atender estos hechos está definido: corresponde a la Fiscalía General del Estado integrar la carpeta de investigación, identificar a los responsables y, en su caso, ejercer acción penal. La Guardia Nacional y el ejército intervienen en tareas de resguardo y seguridad pública, en un esquema de coordinación que las administraciones federales sucesivas han ajustado sin resolver de fondo la incidencia delictiva en la entidad.

El hallazgo se produjo días después de que las autoridades desmintieran un video atribuido al Cártel de Sinaloa sobre una masacre en Zacatecas, al que calificaron de falso, y detuvieran a tres personas presuntamente vinculadas a esos hechos. El contraste es elocuente: mientras se destinan recursos a rastrear y desmentir contenidos, dos hombres fueron privados de la libertad, torturados y devueltos en ataúdes sin que, hasta el momento, exista una detención vinculada al caso.

No cabe aquí el discurso que convierte cada cadáver en munición partidista. Hay, en cambio, un hecho verificable: un padre y un hijo, ambos llamados Pedro, fueron secuestrados un viernes y hallados muertos días después en un patio de Navolato. La Fiscalía General del Estado investiga; el ejército resguardó la escena tras el aviso de los vecinos. La pregunta que queda en el aire es qué significa la estrategia de seguridad cuando dos personas reportadas como desaparecidas aparecen ejecutadas y exhibidas en tan pocos días.

Lo que sigue, conforme al procedimiento ordinario, es la identificación plena de las víctimas, la integración de la carpeta de investigación y, eventualmente, la judicialización si la indagatoria arroja resultados. Mientras tanto, Aguapepito se suma a la lista de comunidades sinaloenses marcadas por la misma dinámica, y la palabra «estrategia» seguirá sometida al escrutinio de cada nuevo hallazgo.

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