El Ártico se asocia habitualmente al retroceso del hielo marino y a la subida del nivel del mar, consecuencias del cambio climático. Pero el deshielo tiene también una cara menos conocida: el retroceso del permafrost —la capa de suelo permanentemente congelada que cubre buena parte de las regiones circumpolares— está dejando al descubierto materiales biológicos sellados durante cientos de miles de años. Ese fenómeno es el que ha permitido al equipo de investigación acceder a las madrigueras analizadas en el estudio, en cuyo interior se conservaban coprolitos depositados en distintas etapas geológicas, algunos con una antigüedad aproximada de 700.000 años, según las dataciones incluidas en la investigación.
Las bajas temperaturas sostenidas y la estabilidad del permafrost han actuado, según los propios autores, como un congelador natural capaz de proteger el material genético mucho más allá de lo habitual en otros entornos, donde el ADN se degrada con relativa rapidez. Sobre esa base, la paleogenómica —la disciplina que estudia el ADN antiguo para reconstruir la evolución de especies y ecosistemas desaparecidos— dependió tradicionalmente del análisis de huesos excepcionalmente conservados. El hallazgo del Yukón amplía ese repertorio: los coprolitos, hasta ahora considerados materiales de interés menor fuera del ámbito estrictamente paleontológico, se revelan como archivos genéticos capaces de almacenar información de numerosos organismos presentes en un mismo entorno y momento histórico.
Un archivo genético con múltiples especies
El análisis no se limitó a las ardillas terrestres que generaron los excrementos. Según el estudio, se identificaron restos de plantas, insectos, hongos y bacterias, además de fragmentos de ADN pertenecientes a varias especies de grandes mamíferos que compartieron el paisaje del este de Beringia, la región que conectaba Asia y América durante los periodos glaciales, cuando el nivel del mar era considerablemente más bajo que el actual.
Los investigadores lograron reconstruir genomas mitocondriales no solo de las propias ardillas, sino también de liebres, bisontes esteparios, caballos y mamuts, especies emblemáticas de la megafauna del Pleistoceno desaparecidas de la región hace miles de años. Ese nivel de conservación demuestra que un solo depósito de excrementos fosilizados puede funcionar como una cápsula del tiempo con información genética de un ecosistema entero, y no solo del animal que lo produjo.
Entre los hallazgos más destacados figura la identificación de un linaje de ardilla terrestre hasta ahora desconocido para la ciencia, cuya existencia sería anterior a la diversificación de varios grupos actuales. Los autores sometieron este hallazgo, como el resto de secuencias obtenidas, a controles de autenticidad para descartar contaminaciones con material genético moderno, un problema recurrente en los estudios de ADN antiguo. Según explican, estos depósitos no sustituyen, sino que complementan, al ADN obtenido de huesos, dientes o sedimentos congelados, las fuentes más habituales hasta ahora: su ventaja radica en que capturan rastros genéticos de especies que quizá nunca dejaron huesos fosilizados en ese mismo punto, ofreciendo una imagen más amplia del ecosistema.
La técnica se apoya en avances recientes de la secuenciación genética masiva, que permite analizar fragmentos de ADN extremadamente degradados y de tamaño mínimo. Este tipo de metodologías ha transformado la paleontología, la arqueología y la ecología evolutiva, al permitir reconstruir dietas, migraciones y relaciones de parentesco entre especies extintas a partir de muestras antes consideradas inservibles. El territorio del Yukón, en el noroeste canadiense, forma parte de la Beringia oriental, área clave para entender cómo se poblaron las Américas y cómo evolucionó la fauna que sobrevivió a las glaciaciones. Investigaciones previas sobre ADN ambiental en sedimentos de permafrost de Siberia y Alaska ya habían aportado datos sobre la vegetación y la fauna de la última glaciación, pero el hallazgo en coprolitos añade una resolución temporal y taxonómica que antes no estaba disponible con la misma claridad.
La paradoja del deshielo
El calentamiento del Ártico se produce a un ritmo varias veces superior a la media global, un proceso documentado por organismos como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) y el Servicio de Cambio Climático de Copernicus de la Unión Europea. Ese fenómeno amenaza infraestructuras, ecosistemas y comunidades de la región, pero es, paradójicamente, el que permite a los científicos acceder a material genético que de otro modo habría permanecido sellado de forma indefinida. El deshielo del permafrost conlleva además riesgos añadidos, como la liberación de gases de efecto invernadero acumulados durante milenios. El hallazgo del Yukón no altera esa valoración de riesgo, pero muestra que el mismo proceso que preocupa a los climatólogos abre en paralelo una ventana científica de valor excepcional.
Los autores plantean ahora ampliar el muestreo a otras regiones árticas con permafrost en retroceso, para determinar si el patrón observado en el Yukón se repite en yacimientos de Siberia, Alaska o el norte de Escandinavia. La publicación del estudio en una revista revisada por pares abre la puerta a que otros equipos repliquen la metodología y contrasten los resultados en los próximos años, un paso habitual en la validación de hallazgos de esta naturaleza dentro de la paleogenómica internacional.

