Lara Picton, estudiante de Geología en la Universidad Tecnológica de Queensland, explicó que las depresiones se distribuían en todas direcciones desde el casco hundido y que su forma circular contrastaba con la superficie relativamente plana del resto del lecho marino, lo que las hacía fácilmente identificables desde las cámaras remolcadas por el buque Investigator.
El fenómeno se enmarca en lo que los especialistas denominan bioturbación: el proceso por el que peces y crustáceos remueven y redistribuyen sedimentos mientras buscan alimento, excavan madrigueras o construyen refugios. Maddison Cross, doctoranda en Biología Marina en la Universidad de Sunshine Coast, señaló en el informe de CSIRO que estos organismos funcionan como «ingenieros de ecosistemas» con capacidad para transformar de forma considerable la morfología del fondo oceánico, aunque las imágenes disponibles todavía no permiten establecer con certeza el origen exacto de cada depresión.
Durante las observaciones, Cross registró en repetidas ocasiones ejemplares de perca de roca de manchas doradas utilizando algunos de estos agujeros como refugio. Esa coincidencia llevó al equipo a plantear que estos grandes peces depredadores podrían excavar o remodelar las cavidades para emplearlas como escondites desde los que sorprender a sus presas, un comportamiento compatible con su dieta, centrada principalmente en pequeños cangrejos y peces según los registros de Fishes of Australia.
Quedan, no obstante, preguntas abiertas: los investigadores deben determinar todavía si estos peces excavan directamente las depresiones o si aprovechan estructuras ya existentes formadas por otros procesos, y tampoco está resuelto por qué todas las cavidades presentan un tamaño tan similar entre sí.
Un misterio resuelto tras 74 años
El hallazgo se produjo durante una expedición realizada en septiembre de 2026 a bordo del Investigator, buque operado por CSIRO, la agencia científica nacional australiana, en una travesía que cubrió la ruta entre Brisbane y Fiyi con la participación de 20 estudiantes universitarios del programa de formación CAPSTAN, que combinaron biología marina e investigación de historia marítima.
Ben Arthur, jefe de la expedición de CSIRO, recordó un precedente en el que marcas similares en el lecho marino permitieron localizar un naufragio perdido durante décadas: el SS Macumba, buque mercante hundido por aviones japoneses frente a la costa norte de Australia el 6 de agosto de 1943, cuyo paradero se desconoció durante 74 años hasta que una expedición lo encontró en 2017 al detectar un biólogo depresiones circulares cerca del límite de la zona estudiada, lo que llevó a un técnico de acústica a ampliar la maniobra de rastreo.
«En agosto de 1943, Japón avanzaba implacablemente en el Pacífico. Un año antes, se había producido el primer ataque en suelo australiano. La población vivía con miedo constante, y con razón. El 6 de agosto de 1943, dos aviones japoneses abrieron fuego contra el buque mercante de acero SS Macumba, de 2.500 toneladas, y su escolta, el HMAS Cootamundra. A pesar del fuego antiaéreo de ambos buques, la sala de máquinas del Macumba fue alcanzada», explica CSIRO.
Tres tripulantes murieron en aquel ataque y el cuerpo del ingeniero jefe, William Alfred Lane, nunca fue recuperado. Los supervivientes fueron rescatados, pero ninguna búsqueda posterior logró localizar los restos del Macumba hasta que las alteraciones del sedimento aportaron la pista decisiva, setenta y cuatro años después del hundimiento.
Los especialistas en patrimonio marítimo señalan que este tipo de estudios del fondo marino, en la línea de otros trabajos de cartografía oceánica como los que han permitido rastrear huracanes desde el espacio, pueden ayudar no solo a localizar naufragios desconocidos, sino también a evaluar su estado de conservación y a detectar riesgos medioambientales como posibles fugas de combustible almacenado en los cascos hundidos.


