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Trump advirtió a Netanyahu que podría quedarse solo ante Irán si no moderaba su respuesta

El presidente de EE.UU. revela que frenó una réplica israelí al ataque con misiles iraníes y dice que un acuerdo con Teherán está próximo.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Donald Trump, presidente de Estados Unidos, reveló que advirtió al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, de que Israel podría quedarse sin el respaldo de Washington frente a Irán si no contenía su respuesta al ataque con misiles balísticos que Teherán lanzó contra territorio israelí en octubre de 2024.

La advertencia directa a Netanyahu

La frase atribuida a Trump —«podrías quedarte solo frente a Irán muy pronto»— no es retórica menor. En la diplomacia bilateral entre Washington y Jerusalén, donde la garantía de seguridad estadounidense constituye el eje de la doctrina de defensa israelí desde los Acuerdos de Camp David de 1978, semejante formulación equivale a invocar el peor escenario estratégico concebible para Israel. Fuentes del entorno demócrata que trasladaron el contenido de la conversación no han precisado la fecha exacta ni el formato del intercambio, si fue telefónico o presencial, dato relevante para calibrar su peso protocolar.

Trump habría transmitido este mensaje en el contexto de los deliberados israelíes sobre cómo responder al ataque con misiles balísticos que Irán ejecutó el 1 de octubre de 2024, la segunda ofensiva directa de Teherán contra suelo israelí en menos de seis meses, tras el episodio de abril de ese mismo año. Israel respondió finalmente el 26 de octubre con ataques de precisión contra infraestructuras militares iraníes, evitando blancos nucleares o energéticos, una contención que varios analistas en Washington atribuyeron a la presión coordinada de la administración Biden y de actores externos. La intervención de Trump añade ahora un nuevo elemento a ese cuadro.

El ataque iraní del 1 de octubre: contexto y magnitud

El ataque del 1 de octubre de 2024 supuso el lanzamiento de aproximadamente 180 misiles balísticos desde territorio iraní contra Israel, según datos publicados en su momento por el Pentágono. Fue la respuesta de Teherán al asesinato del líder de Hamás Ismail Haniyeh en Teherán el 31 de julio y a la eliminación del comandante de Hezbolá Hasán Nasralá el 27 de septiembre. La mayoría de los proyectiles fueron interceptados por los sistemas Arrow-3 e Iron Dome, con la asistencia de destructores de la Armada estadounidense desplegados en el Mediterráneo oriental. El coste operativo de una sola intercepción con el sistema Arrow-3 ronda, según estimaciones públicas del Ministerio de Defensa israelí, el millón de dólares por misil, lo que convierte la sostenibilidad del escudo antimisil en una variable financiera de primera magnitud.

Irán posee, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, Military Balance 2024), el arsenal de misiles balísticos más extenso de Oriente Medio, con entre 3.000 y 4.000 unidades de distintos rangos, incluyendo los Shahab-3 y los Fattah-1 hipersónicos cuya capacidad real sigue siendo objeto de controversia técnica entre analistas occidentales. Ese arsenal constituye la palanca disuasoria central de Teherán ante la superioridad aérea de Israel y la presencia naval de EE.UU. en el Golfo Pérsico.

La lógica de Trump: presión como palanca negociadora

El modo en que Trump describe su intervención —moderar la respuesta israelí mientras mantiene abierta la amenaza de desamparo— responde a una lógica negociadora bien documentada en su primer mandato: utilizar la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense como moneda de cambio para extraer concesiones de aliados y adversarios por igual. En 2018, Trump presionó a los aliados de la OTAN con retirar garantías del artículo 5 si no elevaban su gasto de defensa al 2% del PIB, umbral que en aquel momento solo cumplían cinco de los entonces 29 miembros de la Alianza, según datos de la propia OTAN.

Aplicada a Israel, esa misma mecánica implica que Trump no renuncia al vínculo estratégico, pero lo convierte en negociable: Netanyahu necesita a Washington tanto para la defensa activa —el apoyo logístico y de inteligencia es irreemplazable a corto plazo— como para blindarse de resoluciones en el Consejo de Seguridad de la ONU, donde el veto estadounidense ha sido ejercido en reiteradas ocasiones para proteger a Israel. Sin ese veto, Israel quedaría expuesto a instrumentos de presión multilateral cuya eficacia es limitada pero cuyo coste reputacional es real.

Irán en el tablero: sanciones, programa nuclear y la ventana diplomática

Trump afirma que un acuerdo con Teherán está próximo. La afirmación debe leerse en su contexto institucional: el marco de negociación nuclear con Irán ha transitado por tres grandes hitos desde 2015 —el JCPOA firmado bajo Obama, la retirada unilateral de EE.UU. en 2018 bajo el primer mandato de Trump y los intentos fallidos de reactivación bajo Biden entre 2021 y 2023—. En la actualidad no existe ningún acuerdo en vigor ni ningún proceso formal de negociación activo entre Washington y Teherán, lo que convierte la declaración de Trump en una señal política, no en el reflejo de un proceso diplomático avanzado.

Irán ha elevado su nivel de enriquecimiento de uranio al 60% —por debajo del 90% necesario para uso militar, pero muy por encima del 3,67% que permitía el JCPOA—, según los informes trimestrales del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de 2024. El OIEA ha constatado además que Teherán ha instalado centrifugadoras avanzadas IR-6 en las instalaciones de Fordow, enterradas bajo roca y consideradas prácticamente inaccesibles para un ataque convencional. Este endurecimiento del programa nuclear es la variable que convierte cualquier acuerdo en técnicamente complejo y políticamente costoso tanto para Irán como para EE.UU.

El PIB de Irán se situó en torno a los 401.000 millones de dólares en 2023 a precios corrientes, según el FMI, pero la economía real está severamente contraída por sanciones que afectan a su sector energético, financiero y de transporte. Las exportaciones de petróleo, principal fuente de divisas del régimen, han oscilado en los últimos años entre 1 y 1,5 millones de barriles diarios, muy lejos de los más de 2,5 millones anteriores a las sanciones de 2018. La presión económica es, para la administración Trump, el argumento de que Teherán tiene incentivos materiales para negociar.

Precedentes históricos: cuando Washington frenó a Israel

No es la primera vez que un presidente estadounidense condiciona el apoyo a Israel para gestionar una crisis regional. En octubre de 1973, durante la Guerra del Yom Kippur, la administración Nixon autorizó el puente aéreo de armas a Israel —operación Nickel Grass— pero simultáneamente presionó a Jerusalén para aceptar un alto el fuego antes de que las fuerzas israelíes cercaran completamente al Tercer Ejército egipcio, evitando una humillación que hubiera desestabilizado a El Cairo. En 1991, George H.W. Bush contuvo activamente a Israel para que no respondiera a los ataques de misiles Scud iraquíes durante la Guerra del Golfo, preservando la coalición árabe que había construido. En ambos casos, la contención no supuso ruptura del vínculo estratégico, sino su reencuadre en función de prioridades estadounidenses más amplias.

El papel de Europa y la geometría de la crisis

La Unión Europea no ha sido mencionada en las declaraciones de Trump, pero su posición en esta geometría de crisis es relevante. Los tres grandes socios europeos del antiguo JCPOA —Francia, Alemania y Reino Unido, el llamado E3— han mantenido formalmente activos los mecanismos de verificación del acuerdo, aunque sin efecto práctico desde 2022. La UE ha impuesto sanciones adicionales a Irán por el suministro de drones Shahed a Rusia para su uso en Ucrania, lo que ha complicado aún más cualquier vía de reaproximación diplomática europea con Teherán.

En términos de dependencia energética, Europa ha reducido drásticamente su exposición al gas iraní —que históricamente era marginal— pero sigue expuesta a las perturbaciones en el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo y GNL, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Una escalada entre Israel e Irán que derivara en el cierre o la minación del estrecho generaría un choque de oferta energética cuyo impacto en los precios europeos del gas y el gasóleo sería inmediato, en un continente que aún no ha completado la transición energética que inició tras la invasión rusa de Ucrania.

Qué hay después: plazos y variables a seguir

La secuencia que se abre en las próximas semanas tiene tres vértices observables. Primero, si la administración Trump activa algún canal formal con Teherán —a través de intermediarios como Omán, que facilitó los contactos secretos previos al JCPOA de 2015— o si la declaración de Trump es exclusivamente un globo sonda para presionar a Netanyahu a moderar su postura ante la opinión pública estadounidense, donde la guerra de Gaza genera creciente desgaste político. Segundo, cómo responde Netanyahu públicamente: el primer ministro israelí se encuentra en pleno proceso judicial por corrupción y depende del apoyo de socios de coalición ultraortodoxos y ultranacionalistas que son explícitamente contrarios a cualquier acuerdo con Irán que no contemple el desmantelamiento del programa nuclear. Tercero, la reacción de los países del Golfo —Arabia Saudí y Emiratos Arabes Unidos fundamentalmente— que tienen sus propios canales con Washington y que observan con inquietud tanto un Irán nuclear como una guerra abierta en su vecindad que desestabilice las rutas energéticas del Golfo Pérsico. El verano diplomático de 2025 se perfila como una prueba de tensión para todas esas costuras.

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