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Un cocodrilo de 7 metros dominó Sudamérica hace 10 millones de años

Un estudio identifica al Purussaurus neivensis como el mayor depredador del Mioceno sudamericano, con una fuerza de mordida estimada superior a la del Tyrannosaurus rex

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Un equipo de paleontólogos ha concluido que el mayor depredador de Sudamérica durante el Mioceno, hace unos 10 millones de años, no era un mamífero carnívoro sino un cocodrílido gigantesco: el Purussaurus neivensis.

Durante décadas, la imagen popular del mayor depredador prehistórico sudamericano se ha asociado a grandes felinos o mamíferos carnívoros, herederos de una fauna terrestre que evolucionó de forma aislada en el continente tras la fragmentación de Gondwana. El trabajo de la Universidad de Helsinki desplaza ese papel hacia un reptil semiacuático que, según los datos publicados, dominaba por completo la cadena trófica y superaba a los mamíferos carnívoros de la época al abatir presas de más de una tonelada.

El Purussaurus neivensis pertenecía a la familia de los caimanes, pero su anatomía se alejaba notablemente de la de sus parientes actuales. Los fósiles estudiados sitúan su longitud media en torno a los 7 metros, con un peso estimado de 1.800 kilos, cifras que, según los investigadores, lo colocan en el límite superior de lo que la biomecánica permite a un reptil semiacuático de sangre fría.

La prueba física más citada por el estudio es el hallazgo de perforaciones dentales compatibles con la dentición del Purussaurus en cráneos fosilizados de grandes ungulados prehistóricos, entre ellos el Pericotoxodon, un herbívoro de gran tamaño que habitaba la región. Esas marcas, según los autores, evidenciarían que el reptil era capaz de matar presas superiores a una tonelada, algo inusual incluso entre los grandes predadores terrestres de la época.

La estimación de la fuerza de mordida del animal, calculada en unas 7 toneladas, se sitúa por encima de las 1,6 toneladas atribuidas al cocodrilo marino moderno y supera igualmente, según el estudio, a las aproximaciones publicadas para el Tyrannosaurus rex. De confirmarse con nuevos análisis, ese dato reforzaría la hipótesis de que los grandes cocodrílidos del Mioceno desarrollaron mecanismos de caza más eficaces que algunos de los mayores depredadores conocidos del registro fósil.

Un pariente cercano, el Purussaurus brasiliensis, habría alcanzado longitudes aún mayores, de hasta 12 metros, según restos localizados en la Amazonia. Ambas especies compartían género y estrategia depredadora, aunque los registros disponibles sitúan al brasiliensis como el ejemplar de mayor tamaño documentado dentro del grupo.

La morfología descrita por los paleontólogos se aleja de la silueta alargada de los cocodrilos actuales. El Purussaurus neivensis tenía un hocico corto y un cráneo masivo, de aproximadamente un metro de longitud, con forma de «U» y crestas óseas reforzadas sobre los ojos, capaces de soportar la presión generada por sus propios mordiscos. El extremo del hocico era especialmente grueso, con un labio superior prominente que le permitía sujetar presas que forcejeaban con violencia. Sus dientes, curvos y de hasta 5 centímetros de corona, no estaban diseñados para cortar carne, sino para perforar y astillar huesos de un solo impacto, una adaptación coherente con las fracturas óseas halladas en los restos de sus presas.

El cuerpo, ancho y rechoncho, estaba protegido por hileras de osteodermos, placas óseas bajo la piel que actuaban como coraza natural. La cola, musculosa y aplanada lateralmente, funcionaba como motor de impulsos explosivos desde el fondo de lagos y ríos de aguas turbias, permitiendo al animal emboscar a los mamíferos que se acercaban a beber, una estrategia de caza que comparten los cocodrilos y caimanes actuales, aunque a una escala muy superior.

La comparación con las especies vivas ilustra el tamaño alcanzado por este linaje. El cocodrilo del Nilo, uno de los mayores depredadores africanos actuales, mide entre 3,5 y 4,5 metros de longitud adulta, frente a los 7 metros estimados para el Purussaurus neivensis, prácticamente el doble. En peso, un cocodrilo del Nilo adulto ronda los 400 o 500 kilos, mientras que el reptil miocénico habría multiplicado esa masa por casi cuatro.

Incluso frente al mayor reptil vivo documentado con precisión, el cocodrilo marino o de agua salada, la diferencia se mantiene amplia. El ejemplar más grande medido de forma fiable, conocido como Lolong y capturado en Filipinas en 2011, alcanzó 6,17 metros y 1.075 kilos. El Purussaurus neivensis lo habría superado en un metro de longitud y en más de 700 kilos de peso. El contraste más elocuente está en el cráneo: mientras el de un cocodrilo actual rara vez supera los 60 centímetros, el del Purussaurus rondaba el metro, con una anchura y masa ósea que explicarían su potencia de mordida.

El Mioceno, periodo geológico que se extendió aproximadamente entre 23 y 5,3 millones de años atrás, fue una etapa de expansión de humedales y grandes sistemas fluviales en Sudamérica, condiciones que habrían favorecido la proliferación de megafauna acuática. Los yacimientos de la cuenca amazónica y de la región de La Venta, en Colombia, de donde procede parte del material fósil, se consideran claves para reconstruir ese ecosistema desaparecido.

El hallazgo se enmarca en una línea de investigación que en los últimos años ha revisado el papel de los grandes cocodrílidos extintos como depredadores dominantes en ecosistemas donde tradicionalmente se asumía la primacía de los mamíferos carnívoros. Trabajos previos sobre otros crocodilomorfos gigantes, como el Deinosuchus norteamericano del Cretácico, ya habían planteado hipótesis similares sobre su capacidad para cazar presas de gran tamaño, aunque en un contexto geológico distinto.

El siguiente paso de este tipo de investigaciones pasa por confirmar las estimaciones de mordida y masa mediante nuevos hallazgos y modelos biomecánicos, así como por ampliar el registro fósil de la cuenca amazónica y de La Venta. La comunidad paleontológica deberá contrastar estas conclusiones en publicaciones sucesivas antes de que el reordenamiento de la cima trófica del Mioceno sudamericano se considere plenamente establecido.

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