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La psicología vincula el hábito de disculparse en exceso con la baja autoestima

Estudios de las universidades de Pittsburgh y Waterloo, recogidos por un medio, atribuyen el «perdón» automático a la anticipación del rechazo, no a la cortesía.

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Un artículo de divulgación publicado este domingo, 19 de julio de 2026, recopila varias investigaciones de psicología social que cuestionan una creencia extendida: que disculparse por cualquier motivo, incluso mínimo, sea únicamente una muestra de buena educación.

Un gesto cotidiano bajo la lupa

El comportamiento descrito es reconocible: personas que dicen «perdón» antes de hablar, al pedir la cuenta en un bar o al ocupar un espacio físico o conversacional que nadie les disputa. La fuente atribuye esa costumbre no a la cortesía, sino a un mecanismo de protección frente a un rechazo o una crítica que, en la mayoría de los casos, ni siquiera llega a producirse: se pide perdón por adelantado ante un roce, real o imaginado.

El estudio de Pittsburgh y la percepción social del exceso de disculpas

El material referencia una investigación firmada por las psicólogas Karina Schumann, Emily Ritchie y Amanda Forest, de la Universidad de Pittsburgh, publicada en Personality and Social Psychology Bulletin. El trabajo, sobre las consecuencias sociales de disculparse con frecuencia frente a hacerlo con poca frecuencia, comparó cómo perciben terceros ambas actitudes.

Según recoge la fuente a partir de ese estudio, quienes se disculpan de manera constante son percibidos como personas cálidas, pero también como menos competentes y con menor control sobre su propia vida. La disculpa frecuente generaría así una imagen social ambivalente: simpatía a costa de la credibilidad y la autoridad percibidas.

El umbral que hace ver ofensa donde otros no notan nada

Un segundo estudio, también con participación de Schumann, esta vez junto a Michael Ross, de la Universidad de Waterloo, y publicado en Psychological Science, aporta —según la misma fuente— un dato metodológicamente relevante. La investigación pidió a un grupo de participantes que registrara, durante casi dos semanas, cada supuesta ofensa cometida y si se habían disculpado por ella.

El hallazgo no estuvo en la cantidad absoluta de disculpas, sino en la proporción: el porcentaje de ofensas percibidas que terminaron en disculpa fue idéntico para todos los participantes, un 81%, según los datos que recoge el artículo. La diferencia residía en el umbral de percepción: unas personas interpretan como ofensa situaciones que otras ni siquiera registran, y ese umbral bajo suele acompañar, según los especialistas citados, a niveles reducidos de autoestima.

De la infancia a la sobrecorrección interpersonal

El material cita a los psicólogos clínicos españoles Fernando Azor y Olga Albaladejo, que sitúan el origen del patrón en experiencias tempranas. Crecer en entornos donde los errores o las quejas se castigaban con dureza —afirman estos especialistas, según la fuente— enseñaría a anticiparse pidiendo perdón antes de que llegue cualquier reproche, como estrategia defensiva aprendida.

Ese aprendizaje, sostienen los psicólogos mencionados, puede derivar con los años en lo que denominan sobrecorrección interpersonal: la tendencia a evitar cualquier atisbo de conflicto o rechazo aun al precio de minimizarse ante los demás. La persona llegaría a interiorizar que expresar una opinión, ocupar espacio o hacerse visible ya constituye, en sí mismo, motivo suficiente de disculpa.

Cómo distinguir la cortesía del patrón

El material introduce una salvedad: no toda disculpa frecuente esconde un problema de autoestima. La clave, según los especialistas citados, está en distinguir la disculpa por un error real y verificable de la que responde a la mera existencia, a expresar una opinión o a ocupar unos segundos de atención ajena.

Como recurso práctico, la fuente recoge recomendaciones para sustituir el «perdón» automático por fórmulas que reconozcan la situación sin asumir una culpa que no corresponde: agradecer la espera o la escucha en lugar de disculparse por ellas. El cambio, señalan, no sería meramente lingüístico, sino un entrenamiento progresivo de una percepción distinta del propio derecho a ocupar espacio social.

Un precedente de divulgación con muestras acotadas

La difusión de hallazgos de psicología social en medios generalistas es una práctica habitual desde hace décadas, con antecedentes como la popularización del concepto de inteligencia emocional en los años noventa. En esos casos, la comunidad científica ha insistido en distinguir entre estudios con muestras limitadas —como los citados aquí, realizados con grupos universitarios— y conclusiones extrapolables a toda la población, un matiz que rara vez se traslada con la misma claridad al público no especializado.

Cautela: una única fuente sin verificación cruzada

Mientras no se produzca esa verificación cruzada con las publicaciones científicas originales, el contenido debe leerse como síntesis divulgativa de estudios de psicología social y no como un hecho noticioso confirmado de forma independiente por El Hemiciclo.

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