Para entender la magnitud de lo que el Supremo debe resolver el lunes conviene reconstruir las tres declaraciones que produjeron las contradicciones que el fiscal Luzón califica de «irreconciliables». La primera fue la de Víctor de Aldama el miércoles 29 de abril, una declaración de siete horas que los cronistas judiciales han descrito como «la más completa y devastadora» del juicio hasta la fecha. Aldama, que desde el principio de la causa ha adoptado la estrategia de colaborar con la Fiscalía a cambio de una reducción de pena, detalló un esquema de corrupción que incluía pagos mensuales de diez mil euros en metálico, comisiones por contratos de mascarillas que cifró entre tres millones quinientos mil y cuatro millones de euros, y una financiación irregular del PSOE a través de donaciones canalizadas por intermediarios que identificó con nombres y apellidos. Aldama habló de Pedro Sánchez como «el número uno», una expresión que el fiscal le pidió que precisara y que Aldama matizó diciendo que «Sánchez sabía lo que estaba ocurriendo porque Ábalos se lo contaba, pero no puedo asegurar que Sánchez diera órdenes directas sobre contratos específicos». Sobre Jésica Rodríguez, Aldama declaró que «no la conocía más que de oídas», una afirmación que colisionó frontalmente con lo que Koldo García diría al día siguiente.
La declaración de Koldo García la mañana del jueves 30 de abril fue más breve — cuatro horas — pero más explosiva en un punto concreto: la relación entre Aldama y Jésica. Koldo declaró que fue Aldama quien le presentó a Jésica en una cena en un restaurante de Madrid a finales de 2020, y que la relación entre Jésica y Ábalos comenzó a partir de esa presentación. Esta versión contradice directamente a Aldama, que aseguró no conocer a Jésica. Koldo añadió un elemento que la Fiscalía considera nuclear para el cargo de organización criminal: el chantaje. Según Koldo, Jésica acumuló información sobre la vida personal de Ábalos — fotografías, mensajes, grabaciones de conversaciones — y utilizó esa información para presionar al exministro cuando este intentó distanciarse de la trama a mediados de 2021. El chantaje, según la versión de Koldo, funcionaba como un mecanismo de retención: Ábalos no podía abandonar el esquema de contratos y comisiones porque Jésica amenazaba con hacerlo público todo, y Koldo y Aldama lo sabían y lo utilizaban para mantener al exministro vinculado. La Fiscalía sostiene que este mecanismo de control y retención es característico de las organizaciones criminales, no de las redes de corrupción convencionales, y por eso mantiene el cargo más grave: organización criminal con penas de hasta doce años.
La tercera declaración, la de Ábalos la tarde del jueves, fue la que completó el cuadro de contradicciones y la que motivó directamente la solicitud de careo. Ábalos negó todos los pagos, rechazó la autoría de una nota manuscrita que la UCO atribuyó a su puño y letra con un 97,3% de certeza, relativizó un WhatsApp en el que pedía a Koldo que «mueva lo de siempre antes del viernes» diciendo que se refería a «trámites administrativos habituales», y cuando el fiscal le preguntó por Jésica, se derrumbó emocionalmente. Los quince segundos de silencio de Ábalos son ya un símbolo del juicio, una imagen — más auditiva que visual — que condensa la contradicción entre el político que negó todo durante cinco horas y el hombre que no pudo articular una respuesta sobre una mujer cuyo nombre bastó para destruir la armadura retórica que su defensa había construido durante meses.
El careo que Luzón ha solicitado incluiría a tres personas: Koldo, Aldama y Jésica, cuya declaración testifical el fiscal ha pedido formalmente. No incluiría a Ábalos directamente, aunque cualquier referencia que los tres hagan a él durante el careo será prueba admisible. La mecánica procesal del careo en el derecho español es precisa: el magistrado formula una pregunta idéntica a dos de los declarantes, cada uno responde por separado, y luego se les pide que se dirijan el uno al otro para mantener o rectificar su versión. El magistrado puede interrumpir para pedir aclaraciones y el fiscal puede formular preguntas complementarias. Las declaraciones del careo sustituyen a las anteriores en la valoración de la prueba si contradicen lo dicho previamente, lo que significa que si Aldama rectifica durante el careo y admite que sí conocía a Jésica, su declaración anterior — en la que lo negó — queda invalidada como prueba de descargo. Esta mecánica explica por qué las tres defensas se oponen: un careo no es un juego de suma cero sino un juego en el que todos pueden perder, porque cualquier rectificación bajo la presión del enfrentamiento directo destruye la credibilidad global del declarante, no solo la del punto específico que se rectifica.
Los antecedentes históricos de careos en el Tribunal Supremo son escasos y todos ellos han tenido consecuencias procesales determinantes. El careo más célebre fue el del juicio del GAL en 1998, pero también hay precedentes relevantes en el caso Filesa (1997), donde el careo entre dos tesoreros del PSOE reveló un sistema de financiación irregular que culminó en condenas de hasta once años. En el caso Gürtel, el tribunal optó por no aceptar un careo solicitado por la Fiscalía entre Bárcenas y Correa, una decisión que algunos juristas consideran que debilitó la acusación en determinados puntos que podrían haberse resuelto con la confrontación directa. El caso Koldo presenta una particularidad que lo distingue de todos los anteriores: la presencia de una mujer — Jésica — que no es acusada sino testigo, y cuya declaración puede alterar radicalmente el equilibrio de la causa dependiendo de a cuál de las dos versiones contradictoras se sume. Si Jésica confirma la versión de Koldo — que fue Aldama quien la presentó —, la credibilidad de Aldama como testigo colaborador queda seriamente dañada, lo que podría beneficiar paradójicamente a Ábalos. Si Jésica confirma la versión de Aldama — que no se conocían —, la credibilidad de Koldo se desmorona y con ella la teoría del chantaje que sostiene el cargo de organización criminal.
La dimensión política del careo trasciende la Sala de Vistas del Supremo y se proyecta directamente sobre la campaña andaluza que arranca este jueves 1 de mayo. Cada declaración del juicio del caso Koldo tiene un impacto demoscópico medible: las encuestas flash publicadas tras la declaración de Aldama mostraron una caída de 0,8 puntos del PSOE en Andalucía, y las publicadas tras la declaración de Ábalos ampliaron esa caída a 1,3 puntos. Si el careo del lunes produce un momento tan dramático como los quince segundos de silencio de Ábalos — y los expertos en derecho procesal consideran que los careos producen casi siempre momentos más dramáticos que las declaraciones individuales —, el impacto sobre la campaña andaluza podría ser devastador para el PSOE. Juan Espadas, el candidato socialista en Andalucía, ha intentado durante semanas construir un cortafuegos entre la política andaluza y el caso Koldo, insistiendo en que «lo que ocurre en el Supremo es un asunto judicial que no afecta al proyecto político del PSOE en Andalucía ni a sus candidatos autonómicos». Pero la realidad demoscópica desmiente esa estrategia: los votantes andaluces no distinguen entre el PSOE federal y el PSOE andaluz cuando ven a un exministro socialista pidiendo agua y guardando silencio ante un tribunal. La correlación estadística es inequívoca: cada día de juicio le cuesta al PSOE entre 0,2 y 0,4 puntos en las encuestas andaluzas.
Desde la perspectiva de la psicología forense, el careo plantea un escenario de presión cognitiva extrema para los tres participantes. Koldo García, que ha adoptado una estrategia de colaboración parcial con la Fiscalía — revelando el chantaje de Jésica pero minimizando su propia participación en los pagos —, se enfrentará a Aldama en un contexto en el que su versión sobre la presentación de Jésica es directamente contradictoria con la del empresario. La presión de mirar a Aldama a los ojos mientras este niega haberle presentado a Jésica obligará a Koldo a elegir entre mantener su versión con una firmeza que puede resultar poco creíble si se percibe como ensayada, o matizarla de un modo que podría interpretarse como una rectificación tácita. Aldama, por su parte, se enfrenta a un dilema simétrico: si mantiene que no conocía a Jésica y Koldo insiste en lo contrario con detalles específicos — el nombre del restaurante, la fecha aproximada, los comensales presentes —, la acumulación de detalles circunstanciales puede resultar más creíble que la negación genérica. Y Jésica, que declarará como testigo y no como acusada, tiene la presión añadida de saber que su testimonio puede inclinar la balanza hacia una condena o una absolución parcial de Ábalos, el hombre con el que mantuvo una relación cuya naturaleza exacta todavía no ha sido establecida judicialmente.
El magistrado deberá gestionar no solo las preguntas y las respuestas sino también los silencios, las miradas, los gestos, los momentos en los que un declarante se dirige al otro para acusarle directamente de mentir — momentos que en la práctica forense se denominan «confrontaciones espontáneas» y que a menudo producen las revelaciones más significativas del proceso —. La decisión del lunes es, en síntesis, una decisión sobre qué tipo de verdad busca el tribunal: la verdad documental, fría y fragmentaria, que se encuentra en los correos electrónicos, las notas manuscritas y los mensajes de WhatsApp; o la verdad humana, caliente e integral, que se encuentra en los ojos de tres personas que se acusan mutuamente y que, bajo la presión del careo, pueden revelar no solo lo que hicieron sino por qué lo hicieron, cómo lo vivieron y qué les queda por confesar. España entera esperará esa decisión mientras celebra — o lamenta — este Primero de Mayo de 2026 que llega envuelto en cuatro tormentas simultáneas: la judicial, la geopolítica, la sanitaria y la electoral.


