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Omella despide su etapa en Barcelona recibiendo al Papa León XIV antes de ceder el arzobispado

El cardenal, con la renuncia presentada hace cinco años al cumplir 80, será anfitrión de la visita papal y apunta a un giro en la práctica religiosa de la ciudad.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Juan José Omella, arzobispo de Barcelona desde 2015 y cardenal desde 2017, ejerce sus últimas funciones de gran calado institucional al coordinar la visita del papa León XIV a la Ciudad Condal.

Protocolo de relevo: qué dice el derecho canónico sobre los 80 años

El canon 401 del Código de Derecho Canónico de 1983 —vigente en toda la Iglesia latina— establece que el obispo diocesano que haya cumplido 75 años está 'rogado' a presentar la renuncia al Romano Pontífice, quien la acepta o la difiere según las circunstancias pastorales de la diócesis. A los 80 años, en cambio, el mismo código priva automáticamente del derecho de voto en el cónclave, señal inequívoca de que la institución considera ese umbral como frontera efectiva del ejercicio pleno del cargo. Omella entregó su dimisión formal hace cinco años, antes de alcanzar ese tope, siguiendo la práctica habitual de adelantarse para que la Santa Sede disponga de margen de maniobra. La decisión sobre su sucesor en la archidiócesis barcelonesa, una de las más pobladas de España con cerca de 2,2 millones de fieles según datos de la propia Conferencia Episcopal Española, recae exclusivamente en el papa reinante.

La archidiócesis de Barcelona gestiona en la actualidad más de 400 parroquias repartidas por la ciudad y los municipios adscritos, un presupuesto consolidado que incluye colegios concertados, Cáritas diocesana y el sistema de capellanías hospitalarias. La designación del sucesor de Omella no tiene plazo canónico fijo: la Nunciatura Apostólica en Madrid recoge las propuestas de la terna elaborada por la Congregación para los Obispos, y la decisión final es prerrogativa exclusiva del Papa, sin participación del Gobierno español más allá de la notificación previa prevista en el Acuerdo entre la Santa Sede y el Estado español de 1979, que garantiza al Ejecutivo la posibilidad de formular objeciones de carácter político en un plazo breve.

Una invitación gestada antes de que existiera el Papa al que va dirigida

La presencia de León XIV en Barcelona tiene una prehistoria diplomática poco habitual: Omella trasladó la invitación original al papa Francisco, fallecido el 21 de abril de 2025, en el marco de las celebraciones previstas para el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, previsto para 2026, y para la bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Família, el remate arquitectónico que cerrará la silueta del templo expiatorio. Cuando Robert Francis Prevost fue elegido León XIV, Omella reactivó el contacto: según su propio relato, le recordó al nuevo pontífice la invitación pendiente en un encuentro directo, obtuvo una respuesta de interés sin compromiso explícito, y posteriormente llegó la carta formal de invitación institucional respaldada por otras entidades eclesiales y por la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona.

Este doble origen —una invitación heredada de un pontificado anterior y reencauzada hacia uno nuevo— no tiene precedente directo en la historia reciente de las visitas papales a España. Juan Pablo II visitó el país en cuatro ocasiones (1982, 1984, 1989 y 1993); Benedicto XVI lo hizo en 2006 y 2010, con la consagración de la Sagrada Família incluida en la segunda; Francisco nunca completó ninguna de las visitas que estuvieron sobre la mesa durante su pontificado. León XIV, cuya elección en el cónclave de mayo de 2025 sorprendió a buena parte de la curia por su perfil más cercano a la teología de la liberación latinoamericana que a la tradición europea, convierte así su primer viaje a España en un gesto con carga simbólica doble: continuidad con la agenda inacabada de Francisco y sello propio sobre uno de los iconos arquitectónicos del catolicismo occidental.

El dato de la demanda: 300.000 conexiones simultáneas como termómetro

Omella ofrece una cifra concreta para respaldar su tesis sobre el cambio de ciclo religioso en Barcelona: en los minutos posteriores a la apertura de la inscripción para la vigilia en el Estadi Olímpic de Montjuïc, los sistemas de registro detectaron aproximadamente 300.000 ordenadores conectados de forma simultánea. Dado que cada solicitud permitía obtener hasta cuatro invitaciones, la archidiócesis estima que el universo de personas interesadas superó el millón. El aforo del estadio —que en su configuración habitual para eventos no deportivos oscila entre 50.000 y 65.000 personas, según los parámetros técnicos del recinto gestionado por el Consorci de l'Anella Olímpica— resulta estructuralmente insuficiente para absorber esa demanda.

Esta brecha entre demanda y capacidad es un fenómeno recurrente en las visitas papales a grandes urbes europeas. La JMJ de Lisboa de 2023, con Francisco, congregó según las autoridades portuguesas a más de 1,5 millones de personas en la misa de clausura en el Parque Tejo, cifra que la convirtió en la mayor concentración de personas en la historia de Portugal según el Governo de la República. Barcelona no aspira a magnitudes similares —la geografía urbana y la escala del evento son distintas—, pero la saturación de los sistemas de registro apunta a que la movilización supera las expectativas iniciales de la organización. La comisión diocesana presidida por uno de los obispos auxiliares, según describió Omella, gestiona la logística con un equipo que coordina seguridad, acreditaciones, accesibilidad y protocolo con el Cuerpo de la Guardia Suiza, el servicio de seguridad vaticano y los Mossos d'Esquadra.

La cárcel de Brians y el Raval: la agenda social como mensaje doctrinal

Fuera del perímetro monumental de la Sagrada Família y del Estadi Olímpic, la visita incluye dos paradas que condensan la línea pastoral de León XIV tal como se ha ido perfilando desde su elección: el centro penitenciario de Brians —el complejo carcelario más grande de Cataluña, situado en Sant Esteve Sesrovires, con capacidad para más de 1.800 internos según la Secretaria de Mesures Penals de la Generalitat— y una parroquia del barrio del Raval, en el distrito de Ciutat Vella.

La elección de Brians no es arbitraria en términos simbólicos ni logísticos. Las visitas papales a prisiones tienen precedente directo: Francisco visitó el penal de Rebibbia en Roma el Jueves Santo de 2015 y el de Curran-Fromhold en Filadelfia ese mismo año; Juan Pablo II visitó a su propio agresor, Mehmet Ali Ağca, en la cárcel de Rebibbia en 1983. En el caso barcelonés, la visita a Brians se enmarca en lo que Omella describe como una invitación universal a 'la conversión, al cambio de vida y a la petición de perdón y reconciliación', formulación que en la retórica pontificia trasciende el ámbito penitenciario para alcanzar dimensión política y social. El Raval, por su parte, es uno de los barrios con mayor densidad de población inmigrante de Barcelona y concentra una red de servicios sociales gestionados por órdenes religiosas, entre ellas los agustinos —la orden a la que pertenece el propio León XIV, detalle que Omella subraya con evidente satisfacción—, lo que convierte esa parada en un guiño biográfico del pontífice además de en un gesto pastoral.

Polarización y juventud: el diagnóstico del cardenal sobre el debate público

En la entrevista en la que se basan estas informaciones, Omella aborda la expectativa de que la visita papal contribuya a rebajar la crispación política en España con una cautela que merece atención. No afirma que León XIV vaya a mediar ni a pronunciarse sobre asuntos de política interna española; señala, en cambio, que 'la polarización no es un problema exclusivo de España' y traslada la esperanza de cambio a los jóvenes, a quienes atribuye 'un cierto cansancio' ante la política del titular y el 'y tú más'.

Este diagnóstico generacional coincide, en términos metodológicamente más rigurosos, con datos del Centro de Investigaciones Sociológicas: el barómetro de enero de 2025 situó 'los políticos en general, los partidos y la política' como el segundo problema que más preocupa a los españoles, solo superado por los problemas económicos, con una mención espontánea del 27,4% de los encuestados. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, la desafección institucional medida por el CIS es estructuralmente más alta que en cohortes mayores, aunque paradójicamente también lo es la participación en movimientos sociales y religiosos informales. Es en ese espacio donde la Iglesia española —y en particular la archidiócesis barcelonesa— ha concentrado su esfuerzo de renovación pastoral durante los últimos años, con iniciativas como las Escuelas de Evangelización y los grupos de jóvenes adultos vinculados a parroquias urbanas.

El legado de Omella y el horizonte de la sucesión

Omella llegó a Barcelona en 2015 procedente de Oviedo, donde había sido obispo desde 2004, y fue nombrado cardenal por Francisco en el consistorio de junio de 2017, en el mismo consistorio en que recibieron la púrpura otros 21 prelados de distintas iglesias locales. Su etapa al frente de la archidiócesis barcelonesa ha coincidido con tres fenómenos de gran relevancia institucional: la crisis del proceso independentista catalán y su impacto sobre las instituciones civiles y religiosas, la pandemia de covid-19 y su gestión pastoral —incluida la suspensión de cultos y la adaptación de los servicios de acompañamiento a enfermos—, y lo que él mismo denomina el 'momento de ebullición espiritual y misionera' que, según su análisis, caracteriza a la diócesis en la actualidad.

El juicio sobre ese legado corresponde, en buena medida, a quienes analicen la evolución de indicadores como el número de bautismos, confirmaciones, bodas religiosas y ordenaciones sacerdotales en la archidiócesis durante su mandato. Estos datos los publica anualmente la Conferencia Episcopal Española en su Anuario Estadístico de la Iglesia en España, aunque con un desfase de uno o dos años. Las cifras disponibles hasta 2023 muestran una tendencia de declive sostenido en los indicadores sacramentales en el conjunto de España, que contrasta con el repunte puntual que Omella describe en Barcelona, sin que hasta la fecha se hayan publicado datos desagregados por diócesis que permitan verificar de forma independiente esa afirmación.

Qué ocurre después: plazos y decisiones pendientes

La visita de León XIV a Barcelona está prevista para los próximos meses —los detalles de fecha exacta no han sido confirmados oficialmente en el momento de publicar esta información—, y su celebración precede a la resolución de al menos dos cuestiones de relevancia institucional. La primera es la aceptación formal por parte del Papa de la renuncia de Omella, un acto que puede producirse en cualquier momento y que Roma suele gestionar con discreción para evitar el vacío de autoridad que generaría un anuncio prematuro. La segunda es la designación del nuevo arzobispo, proceso que involucra a la Nunciatura, a la Congregación para los Obispos y, en última instancia, al Papa, y que históricamente se ha resuelto en plazos que oscilan entre varios meses y más de un año desde la presentación de la renuncia.

Mientras tanto, Omella continuará ejerciendo como arzobispo en plenas funciones hasta que Roma comunique la aceptación de su dimisión, momento a partir del cual pasará a ser administrador apostólico —figura transitoria prevista por el derecho canónico para garantizar la continuidad del gobierno diocesano— o bien se nombrará directamente al sucesor. Barcelona, sede episcopal desde el siglo IV y archidiócesis desde 1964, afrontará así una transición de liderazgo en un momento que el propio Omella describe como históricamente singular: con el Papa de visita, la torre de Gaudí a punto de coronarse y la demanda religiosa desbordando los aforos disponibles.

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