El estudio no se limita a medir el pesimismo: rastrea a quién culpan los europeos de él. Y ahí aparece un dato que matiza el relato más simple sobre el euroescepticismo. Los encuestados responsabilizan a sus gobiernos nacionales aproximadamente el doble de veces que a las instituciones comunitarias por la incapacidad de afrontar los grandes desafíos del continente. La desconfianza golpea, por tanto, con más fuerza a las capitales que a Bruselas.
Casi tres de cada cuatro participantes consideran además que Europa gestiona mal sus principales problemas, encabezados por la guerra y la seguridad, seguidos de las dificultades económicas. Un 56% suscribe la afirmación de que «el futuro de Europa está en peligro», frente a solo un 21% que la rechaza. La ansiedad continental se instala en un terreno que ya no distingue entre política exterior y economía doméstica: ambas alimentan la misma sensación de pérdida de control.
El ECFR clasifica a los entrevistados en cuatro categorías: positivos, negativos, inciertos y desconectados. El grupo de los «negativos» es el más numeroso en todos los países del estudio salvo Países Bajos, y representa cerca de la mitad de los encuestados en Francia, Italia y Alemania. Entre estos ciudadanos, la inmigración y la inflación aparecen de forma reiterada como principales preocupaciones, junto con la pérdida de soberanía, el distanciamiento de las élites políticas y una sensación de deterioro cultural y económico.
El informe recoge el testimonio de un ciudadano italiano que atribuye a las élites la responsabilidad de promover políticas verdes, financiar guerras y favorecer una inmigración que, a su juicio, erosiona la identidad europea. Otros entrevistados citan la inseguridad de las fronteras, el repunte de la delincuencia, la subida de precios, el nivel de deuda y el riesgo de guerra como señales de una Europa que consideran peor que la de hace apenas un lustro.
Frontex registra un 35% menos de entradas
La percepción sobre el control de fronteras choca con los datos oficiales recientes: Frontex ha cifrado en 74.000 las entradas irregulares a la UE hasta agosto, un 35% menos que en el mismo periodo del año anterior. La brecha entre el descenso estadístico y la persistencia del miedo migratorio en la opinión pública es uno de los fenómenos que el ECFR trata de explicar: la sensación de amenaza no siempre sigue la curva de los datos.
La geografía del pesimismo no es uniforme. Francia figura como el país con menos esperanza de renovación: solo un 5% de los franceses entrevistados describe la situación europea como un «despertar» o un proceso de recuperación. En el extremo opuesto se sitúa Polonia, donde un 21% considera que las crisis actuales podrían estar obligando a Europa a reforzarse y ganar autonomía estratégica, una lectura coherente con la posición de Varsovia como flanco oriental frente a Rusia desde la invasión de Ucrania en 2022.
Esa disparidad no impide que la mayoría comparta un mismo anhelo. Tres de cada cuatro participantes imaginan una Europa futura marcada por mayor unidad, seguridad y prosperidad. El problema, según el sondeo, no es el deseo sino la credibilidad de la vía para alcanzarlo: muchos encuestados reconocen no ver un camino político plausible hacia ese escenario, lo que el ECFR describe como una brecha entre expectativa y posibilidad percibida.
Una de las quejas más repetidas en las entrevistas apunta al funcionamiento del propio aparato político europeo: exceso de burocracia, decisiones que tardan años en adoptarse, falta de coordinación entre gobiernos y ausencia de una dirección política común. Uno de los entrevistados resume esa percepción con una frase que el ECFR destaca en su informe.
«La UE discute mucho pero hace poco», resume uno de los participantes en el sondeo del European Council on Foreign Relations.
Bloqueos por la unanimidad de los tratados
Otros encuestados, según el estudio, critican que las grandes decisiones europeas quedan bloqueadas por los desacuerdos entre los Estados miembros. El diagnóstico coincide con episodios recientes de parálisis negociadora en migración, energía o gasto de defensa, donde la unanimidad exigida por los tratados de la Unión ha frenado reiteradamente iniciativas de la Comisión.
El propio ECFR reconoce que políticas impulsadas desde Bruselas —sobre inmigración, clima, coste de vida, restricciones a los vehículos de combustión o cuotas obligatorias de reparto de refugiados— están convirtiendo a la Unión Europea en un asunto cada vez más presente, y más polémico, dentro de la política interna de los Estados miembros. Esa politización doméstica de decisiones comunitarias explica en parte por qué el malestar, aun dirigido sobre todo a los gobiernos nacionales, salpica también la legitimidad del proyecto europeo en su conjunto.
El fenómeno no es nuevo: la crisis de deuda de 2010-2012 y el referéndum del Brexit de 2016 marcaron picos previos de rechazo institucional en la UE, alternados con momentos de repliegue soberanista. La novedad del Sentiment Compass 2026 es la combinación de un pesimismo generalizado con una demanda persistente de mayor integración, dos elementos que el ECFR había medido por separado en ediciones anteriores.
Esa combinación —desconfianza en los liderazgos actuales y apego al ideal de una Europa unida— es la que el ECFR presenta como el hallazgo central de su informe: no se trata tanto de un rechazo al proyecto europeo como de una crisis de confianza en la capacidad de sus dirigentes, nacionales y comunitarios, para materializarlo. El estudio se elaboró a partir de las 5.834 entrevistas realizadas entre mayo y junio en Alemania, Francia, Italia, Polonia, Países Bajos y Reino Unido.