Aceptemos la segunda premisa, que es más técnica. Para sacar algo en doce horas no puede uno detenerse en cada objeción, de manera que la plenaria negó en bloque las 800 proposiciones adicionales que se habían presentado por fuera de la propuesta inicial del gobierno. Ochocientas. Imagine usted el tiempo que habría tomado leerlas una por una, discutirlas, votarlas de a una. La votación conjunta, aplicada de manera reiterada, permitió despachar todo de un golpe. Eficiencia pura. Concedido también: quien quiere resultados no se enamora del procedimiento.
Aceptemos la tercera, que ya es de fondo. Dentro de ese artículo 2 que los congresistas llaman, con esa ternura que le tienen a lo suyo, "el excel" del proyecto, se recortó al Ministerio de Hacienda para trasladar $3 billones al sector salud y $100.000 millones a inversión en educación. Salud y educación. ¿Quién, en su sano juicio, va a oponerse a eso? Nadie. Y aquí la concesión es sincera: si de lo que se trataba era de quitarle a Hacienda para ponerle a lo que duele, el pulso fue firme y la dirección, impecable.
Sigamos, porque el mismo excel siguió repartiendo. A la Registraduría Nacional, $100.000 millones del mismo recorte a Hacienda. Al Ministerio de Ambiente, una adición de $26.500 millones. A Invías, otros $100.000 millones con destino específico, no a cualquier parte, sino al departamento de Santander. Y en la Defensoría del Pueblo, un movimiento interno curioso: $30.000 millones que pasaron de la partida de inversión a la de funcionamiento, que es como decir del futuro al presente, de lo que se construye a lo que se gasta en sostenerse. Todo defendible, cada línea con su argumento. Concedámoslas todas.
Queda una cifra, la más pequeña de la lista, y conviene detenerse en ella precisamente porque es modesta: $100.000 millones adicionales para inversión en el Congreso. Divididos, eso sí, con una pulcritud notarial: $50.000 millones para la Cámara y $50.000 millones para el Senado. Partes iguales. Ni un peso de más para ninguna de las dos células, no vaya a ser que una se sienta agraviada. Concedamos, por última vez, que la equidad entre ambas cámaras es una forma de la justicia.
Lo escribió Gómez Dávila, que de estas cosas sabía: "El moderno llama servicio social a los servicios que la sociedad le presta". Guárdese usted la frase, porque aquí es una prueba y no un adorno. La plenaria que recortó a Hacienda para darle a la salud, a la educación, a la Registraduría, a Santander y al medio ambiente, en el mismo renglón, en la misma votación en bloque, en el mismo excel, se recordó a sí misma. Y lo hizo con el pudor de repartirse en mitades idénticas, como quien no quiere que se note que el beneficiario también es el que firma.
Y aquí revienta solo el razonamiento, sin que haga falta empujarlo. Si la premisa era la urgencia —doce horas, votación conjunta, 800 proposiciones negadas en bloque porque no había tiempo de mirarlas una a una—, entonces la urgencia no alcanzó para examinar los reclamos ajenos, pero sí alcanzó para encontrar, consignar y aprobar los $100.000 millones propios. La prisa, resulta, es selectiva: corre para lo de los demás y se sienta, se toma un jugo y hace cuentas cuando se trata de lo de la casa. El ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, agradeció al cierre el "espaldarazo" de la plenaria a la propuesta del gobierno de Abelardo de la Espriella. Espaldarazo es la palabra exacta: la plenaria le dio una palmada en la espalda al Ejecutivo, y de paso aprovechó para darse otra a sí misma.
No es un reproche al monto, que en $635 billones apenas se ve. Es la coreografía lo que conviene mirar de cerca, como se miran los milagros cuando ocurren en un parlamento. Mientras el Senado cerraba el capítulo el lunes, la Cámara apenas arrancaba pasadas las nueve de la noche, tras un receso matutino por falta de quórum, con la bancada del Pacto Histórico interviniendo cerca de la medianoche en un trámite que iba varios pasos atrás. Para el autoexamen hubo quórum sobrado; para el debate paralelo, el reloj se estiró hasta la madrugada. El país lleva repartiéndose así desde el Frente Nacional, cuando también se acordó, con exquisita simetría, que las mitades fueran idénticas para que nadie quedara por fuera del reparto. Cambia el excel, no la aritmética.
De modo que la pregunta no es si el Congreso merece inversión; claro que la merece, como la merecen la salud y las vías de Santander. La pregunta, la que queda colgada entre las partidas de ese artículo 2, es más simple y más incómoda: de las 800 proposiciones que se negaron en bloque por falta de tiempo, ¿cuántas pedían para un tercero lo que los $100.000 millones de inversión del Congreso se concedieron a sí mismos, y quién, con nombre y curul, redactó esa línea del excel?
