España generó 583.000 empleos netos en el último año, pero su economía no produjo más por cada hora trabajada: el PIB creció un 2,7% en el primer trimestre mientras el empleo avanzó un 2,8%, lo que arroja una productividad aparente del trabajo negativa en un 0,2%. Es el cuarto trimestre consecutivo en que ese diferencial se mantiene en terreno adverso, según los datos disponibles. Las organizaciones Funcas y CEOE han advertido que este patrón resulta insostenible a medio plazo.
Cuatro trimestres en negativo
Que la productividad retroceda un trimestre puede obedecer a factores cíclicos: contrataciones anticipadas, rotación en sectores con alta estacionalidad o incorporación masiva de trabajadores en fases de aprendizaje. Que lo haga durante cuatro trimestres consecutivos convierte esa anomalía puntual en una tendencia estructural susceptible de análisis. La productividad —cociente entre el valor añadido generado y los recursos laborales empleados para obtenerlo— es uno de los indicadores que los organismos internacionales utilizan para evaluar la solidez de largo plazo de una economía, por encima del dato bruto de crecimiento del PIB.
La advertencia de Funcas y CEOE
Funcas, el servicio de estudios de las cajas de ahorros, y la CEOE, la confederación empresarial mayoritaria en España, coinciden en señalar que el modelo actual de creación de empleo no se está traduciendo en ganancias de eficiencia. Ambas instituciones sitúan el riesgo en el medio plazo: una economía que crece principalmente por acumulación de trabajo, sin mejoras en la producción por unidad empleada, queda más expuesta ante ciclos de desaceleración, encarecimiento del crédito o pérdida de competitividad exterior. Ninguna de las dos organizaciones niega el valor social de la generación de empleo, pero ambas distinguen entre cantidad y calidad del crecimiento.
El peso del sector servicios y la temporalidad
El contexto estructural de la economía española ayuda a encuadrar el dato. España concentra una proporción elevada de su actividad en sectores de servicios —turismo, hostelería, comercio, cuidados— caracterizados por productividades por hora trabajada inferiores a las de la industria manufacturera o los servicios de alto valor añadido. Históricamente, los ciclos expansivos del empleo en España han ido ligados a segmentos intensivos en mano de obra y con salarios medios moderados, lo que presiona a la baja el numerador de la ecuación de productividad incluso cuando el denominador —el empleo— crece con fuerza.
Precedente: la trampa del crecimiento extensivo
La economía española ya atravesó un ciclo similar en la etapa de expansión previa a 2008, cuando la creación masiva de empleo en construcción y servicios coexistió con un deterioro sostenido de la productividad y una pérdida acumulada de competitividad frente a los socios europeos. Aquel episodio es citado con frecuencia por economistas e instituciones como ejemplo de crecimiento extensivo —basado en añadir factores productivos— frente al crecimiento intensivo, que descansa en la mejora de la eficiencia con los recursos disponibles. La comparación no implica que la situación actual sea equivalente en gravedad, pero sí que el indicador tiene antecedentes reconocibles en la historia económica reciente del país.
Qué miden —y qué no— las cifras de empleo
Los 583.000 empleos creados en un año representan una cifra relevante en términos absolutos y tienen un impacto directo sobre el consumo interno, la recaudación fiscal y la reducción del desempleo. Sin embargo, la estadística de productividad añade una dimensión que el dato de afiliación o de paro no captura: si esos puestos de trabajo generan suficiente valor como para sostener salarios reales crecientes, financiar inversión y mantener la competitividad de los bienes y servicios españoles en mercados exteriores. Es precisamente esa brecha entre volumen de empleo y eficiencia la que Funcas y CEOE consideran problemática.
El debate sobre el modelo productivo
La advertencia de ambas organizaciones reactiva un debate recurrente en la política económica española: la necesidad de diversificar la base productiva hacia actividades con mayor contenido tecnológico, mayor valor añadido y mayor resistencia a los ciclos. Este debate ha estado presente en sucesivos planes de reforma estructural, en las recomendaciones del Banco de España y en los informes de la Comisión Europea sobre la economía española, sin que hasta la fecha se haya producido una recomposición sectorial significativa que altere de forma duradera la tendencia histórica de la productividad.
Lo que los datos no permiten concluir todavía
Con cuatro trimestres de datos negativos, los analistas disponen de una señal de alerta, pero no de un diagnóstico definitivo. La evolución futura dependerá, entre otros factores, de si la inversión empresarial se acelera, de si la incorporación de nuevos trabajadores se produce en segmentos de mayor valor añadido y de si las reformas del mercado laboral en vigor logran reducir la rotación excesiva que fragmenta la acumulación de capital humano. El seguimiento del indicador en los próximos trimestres determinará si España se enfrenta a una corrección transitoria o a una limitación más profunda de su patrón de crecimiento.

