El ejercicio de Beltrán Bonilla y Valencia tiene el mérito de poner ambos platos sobre el mismo mantel: la macroeconomía saludable que anuncian las proyecciones y la microeconomía familiar que hace malabares con el mismo salario y precios más altos. No es un fenómeno exclusivo del país ni de esta administración; es el viejo arte de medir el bosque y olvidar que hay gente intentando no tropezar con las raíces.
El encarecimiento de la canasta básica, mencionado de forma explícita en el análisis de los periodistas, es el termómetro que no distingue entre proyecciones y realidades, porque se cobra en caja todos los días. Si el crecimiento fuera el indicador que de verdad pesa en el supermercado, nadie tendría que escoger entre la leche y el jabón a fin de mes.
El empleo informal es el otro dato que rara vez protagoniza un anuncio institucional. Es la economía que sostiene a miles de familias sin contrato, sin prestaciones y sin ISSS garantizado. Que el crecimiento económico conviva con ese fenómeno, señalaron los periodistas, no se resuelve repitiendo que la macro va bien: la distancia entre una cosa y la otra merece nombrarse.
El sistema de pensiones aparece en el mismo análisis como otro frente en dificultades. Aquí el contraste resulta particularmente incómodo: una economía que crece, según las proyecciones, debería tener más margen para sostener a quienes ya cotizaron toda una vida laboral. Si ese margen no se traduce en certezas para los pensionados, la pregunta deja de ser retórica: crecimiento, ¿para quién?
El país ha vivido antes este desfase entre el discurso macroeconómico y la vida cotidiana. Desde los programas de ajuste estructural de la década de 1990 hasta los sucesivos anuncios de reactivación de distintas administraciones, la promesa del crecimiento que «ya viene» ha sido una constante que no siempre bajó al barrio. En su editorial dominical de esta semana ya se advertía que buena parte de las decisiones de fondo del país no se discute en el debate público con la profundidad que merece.
Conviene no convertir este contraste en eslogan de campaña, aunque el calendario electoral ya está abierto: según la convocatoria del TSE para las elecciones de 2027, el 28 de febrero se eligen 582 cargos, y con ellos llegarán, previsiblemente, más promesas sobre crecimiento, empleo y pensiones. Los números, para significar algo, tienen que poder tocarse en la mesa de cada casa.
El crecimiento económico, como concepto aislado, explica una tendencia, no una experiencia. Mientras esa distinción no se incorpore al discurso oficial con la misma insistencia con que figura en los comunicados de resultados, la advertencia de Beltrán Bonilla y Valencia seguirá vigente: el país crece, dicen, pero el bolsillo salvadoreño pide que se lo demuestren en la próxima factura del mercado.


