Un encargo nacido de una visita a la Sagrada Familia
El origen de la relación entre Gaudí y la catedral mallorquina se remonta al 20 de noviembre de 1899, fecha en que el obispo Joan Campins visitó al arquitecto en Barcelona para conocer de primera mano el proyecto de la Sagrada Familia, entonces en plena definición formal. Según recoge la exposición, Campins quedó impresionado por las explicaciones de Gaudí y concluyó que era la persona idónea para afrontar la reforma de la Seu, un templo gótico que arrastraba daños en la fachada ocasionados por un terremoto y deficiencias funcionales como la situación del coro en el centro de la nave y el estado inacabado de varias vidrieras cegadas.
El encargo formal llegó poco después: el 7 de marzo de 1902 el Cabildo Catedralicio de Mallorca encomendó a Gaudí la restauración del templo. El proyecto definitivo se redactó en 1903, tras varias visitas del arquitecto a Palma, y contemplaba una intervención de calado: trasladar el coro gótico, situado tradicionalmente en el centro de la nave, hasta el presbiterio, liberando el espacio central para los fieles y adaptándolo a las nuevas formas litúrgicas.
Una reforma pensada para la liturgia moderna
Detrás de la intervención no había solo un criterio estético, sino una lectura teológica compartida con el obispo. Gaudí y Campins coincidían, según explica la muestra del claustro, en la voluntad de redefinir el espacio litúrgico para favorecer la participación de los fieles, mejorando la acústica y la visibilidad de las celebraciones, una preocupación que anticipaba en varias décadas los principios que el Concilio Vaticano II consagraría entre 1962 y 1965 para toda la Iglesia católica, con la reforma litúrgica que acercó el altar a la comunidad.
El plan de Gaudí incluía retirar los dos grandes retablos que ocultaban el ábside, el gótico y el barroco, dejando a la vista la cátedra episcopal del siglo XIII. El arquitecto llegó a construir una maqueta de madera de todo el conjunto, pieza que no se ha conservado y de la que solo quedan referencias documentales de la época. El altar mayor se desplazó a una posición más adelantada para dar lugar a la sillería del coro.
Cerámica, forja y una iconografía apocalíptica
Las paredes del presbiterio remodelado se decoraron con piezas cerámicas policromadas que combinaban los escudos de los sucesivos obispos de Mallorca con motivos de ramas de olivo dispuestas en composiciones hexagonales, un lenguaje ornamental del modernismo catalán trasladado al contexto religioso balear. Sobre la cátedra episcopal, siete lámparas votivas representan a los siete espíritus ante el trono de Dios que menciona el libro del Apocalipsis, una referencia iconográfica poco habitual en el arte religioso español de la época.
El conjunto se completó con un baldaquino de siete caras suspendido de la bóveda, del que pendían un gran crucifijo y lámparas de estilo abarrocado, además de barandas de forja formadas por cadenas y escudos de Mallorca y Aragón, y mobiliario litúrgico diseñado en hierro y madera. Al desplazar el altar, Gaudí tuvo que resituar los púlpitos renacentistas del templo, para los que proyectó tornavoces acústicos, de los que finalmente solo se llegó a construir uno.
La luz como material de construcción
Uno de los aspectos más singulares de la intervención es el tratamiento de la luz natural. Gaudí ordenó abrir las vidrieras cerradas con mampostería y diseñó un sistema de tricromía, con tres cristales superpuestos, que convertía la luz solar en el propio agente formador del color dentro del templo, un planteamiento de raíz naturalista coherente con el resto de su producción arquitectónica. En el diseño de las vidrieras colaboraron los artistas Ivo Pascual, Jaime Llongueras y Joaquín Torres García, este último llamado a convertirse en una de las figuras mayores del arte latinoamericano del siglo XX.
El año 1905 supuso, según los documentos que recoge la muestra, un punto de inflexión en la relación entre Gaudí y el Cabildo: el arquitecto asumió una autonomía creativa mayor, en diálogo directo con el canónigo Antoni Maria Alcover, filólogo y hombre de confianza del obispo Campins. Fue en esa fase cuando Gaudí combinó electricidad e iluminación natural en el presbiterio, a través de la apertura de vitrales y del rosetón menor, aplicando la técnica de la tricromía. Solo se concluyó una parte del proyecto.
Un proyecto inacabado, como la Sagrada Familia
El material de la exposición no precisa en qué grado se ejecutaron finalmente todos los trabajos previstos, entre ellos los de la capilla de la Trinidad situada en la cabecera del templo. Lo que sí consta es que buena parte del proyecto original quedó inconclusa, un patrón que se repetiría en la propia Sagrada Familia, iniciada en 1882 y todavía hoy en construcción más de un siglo después. La muestra del claustro se propone documentar para el visitante ese paralelismo entre ambos templos, el mallorquín y el barcelonés.
Ni el Cabildo Catedralicio ni la comisión organizadora del centenario han emitido, según el material disponible, una valoración pública recogida por otras cabeceras sobre el alcance definitivo de las obras. La información sobre fechas de encargo, nombres de colaboradores y alcance de cada fase procede del contenido divulgativo de la propia exposición, sin que hasta el momento otra cabecera lo haya corroborado de forma independiente.
Un centenario que reivindica al arquitecto
La muestra se inserta en el calendario de conmemoraciones del centenario de la muerte de Gaudí, fallecido en Barcelona en 1926 tras ser atropellado por un tranvía, un episodio que consolidó su figura como uno de los grandes nombres de la arquitectura moderna. Buena parte de su obra —la Sagrada Familia, la Casa Batlló, el Park Güell y la Casa Milà, entre otros conjuntos— está inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, reconocimiento que sitúa la Seu como una pieza menos conocida de ese legado.
La exposición permanecerá abierta hasta junio de 2027, lo que abarcará dos temporadas turísticas en la isla, un periodo en el que la Catedral de Mallorca recibe habitualmente a un elevado número de visitantes atraídos tanto por el valor patrimonial del templo gótico como, cada vez más, por su vinculación con la obra de Gaudí, cuyo legado en la Seu la muestra busca reivindicar y difundir.

